¿Quién es Paquito D'Rivera? En realidad, muchos que le conocen saben quién es este gigante del jazz, pero muchos otros quizás no sepan de dónde viene; sólo quedaron impactados con sus composiciones para jazz y para música de concierto, además de verlo en el escenario deleitando a medio mundo con su brillante saxofón y su amaderado clarinete. Hablar de Paquito es evocar un soplo ancestral, un viento con memoria, nacido en Cuba, que atraviesa geografías, se posa en los grandes teatros del orbe y hace que cada oyente cargue, aunque inconscientemente, con un fragmento espiritual de la isla.
Todavía sigo sin encontrar cuál es la causa y lo que da origen a este cúmulo de talentos nacidos en esa isla de Cuba. Paquito es uno de ellos y no es casualidad. Estudió desde los cinco años bajo la tutela de su padre, el también saxofonista clásico Francisco Lorenzo Rivera Sánchez, quien le introdujo al jazz. También lo llevaba al club Tropicana, a conciertos de banda y orquestas. Aquella infancia, impregnada de sonoridades que oscilaban entre la exquisitez de un jazz refinado y el bullicio tropical de una Habana palpitante, fue modelando un oído destinado a convertirse en inconfundible: el de un maestro predestinado a trascender fronteras. Luego estudió en el Conservatorio Alejandro García Caturla, tocó con la Orquesta Sinfónica Nacional, es fundador de Irakere y lo demás es historia.
De todos los grandes del jazz contemporáneo, D'Rivera es sin duda un universo en sí mismo. Trabajador incansable, lo vemos continuamente haciendo giras por el mundo, conciertos “boutique”, como yo los llamo, pues son esos que poseen instrumentaciones singulares, texturas inéditas y repertorios innovadores dentro del género. En cada escenario, Paquito parece convocar fuerzas invisibles: su música exhala humor refinado, nostalgia entrañable, virtuosismo fulgurante y un desenfado casi teatral. No toca: relata, evoca, provoca, seduce. Sus notas son constelaciones que se reconfiguran ante la mirada asombrada del público.
Risueño y carismático, así puedo describir su interacción con el público, después de verlo en un concierto en Madrid. Paquito presentaba un proyecto musical muy interesante, recogido en su nueva producción La fleur de Cayenne, nominada al GRAMMY Latino y al GRAMMY norteamericano este año. Este disco, que reúne a jóvenes talentos del jazz, brinda una plataforma esencial a estos herederos de la tradición para que su legado se mezcle en los oídos, grabaciones y memorias de quienes lo escuchan. Desde el escenario se desplazaba con la levedad de quien domina su arte y con la ternura consciente de que la música es también un gesto de generosidad. No era solo un concierto: era una liturgia, una continuidad sagrada entre maestro y discípulos.
Verdades musicales emergen de la campana de su saxofón: nada de medias tintas, sólo pureza, seguridad, madurez; toda una vida colmada de experiencias que comienzan en Cuba y hoy pertenecen al patrimonio universal. Cuando sopla, Paquito destila la esencia de décadas de tránsito: La Habana perdida, el exilio fecundo, las grandes salas del mundo, los encuentros fortuitos con músicos de todos los rincones. Su sonido porta el vértigo del viaje y, simultáneamente, la serenidad de quien se sabe dueño de su identidad artística.
Rara vez escucharemos a un músico capaz de conectar el jazz y lo clásico con un toque de cubanía sin recurrir a ritmos o clichés; esta música sobrevive al tiempo y a las modas; es universal. Paquito no necesita evocar tambores para convocar a Cuba: en él, la cubanía es un pulso íntimo, un gesto armónico, un fulgor interior. La isla vibra en su fraseo, aunque no haya conga ni bongó. Es música enraizada en lo profundo, pero proyectada hacia lo infinito.
Mi historia personal
A Paquito lo conocí en el programa de Miami “Luna Verde”, dirigido y presentado por el entrañable Marcos Miranda. Yo tocaba el piano, y un día llegó esta estrella para tocar el saxofón y yo le acompañé. Fue un momento hermoso y él brilló con una interpretación que transformó el estudio. Ese encuentro, aunque breve, bastó para entender que su presencia artística transfigura incluso los espacios más modestos: donde él toca, el aire cambia, la atmósfera se vuelve densamente musical.
Otro encuentro musical ocurrió en 2008, cuando se estrenó mi obra Suite Cubana en Montreal, Canadá, y para mi sorpresa, también se interpretó allí su quinteto de viento madera Aires Tropicales. Su música y la mía quedaron suspendidas en los oídos de un público que esperaba la voz de compositores cubanos. Ese día comprendí que la diáspora, aun dispersa, persevera en dialogar consigo misma, que las voces de Cuba, aunque partan hacia múltiples destinos, terminan encontrándose en partituras reveladoras.
En el año 2018, en La Habana, Cuba, la maestra Zenaida Romeu y su emblemática Camerata Romeu estrenaron mi obra Clave para cuerdas y percusión. Aquel concierto, en el que también resonaron las creaciones de Paquito D'Rivera, la obra A Farewell Mambo to Willy”, dedicada a Guillermo Álvarez Guedes, se convirtió en un diálogo musical entre generaciones y estéticas que honran la riqueza de nuestra identidad sonora.
Paquito, al igual que tantos otros, encontró a Cuba demasiado pequeña para su vastedad artística y muchos de nosotros nos hemos perdido fragmentos de su prodigiosa historia. Pero gracias a las nuevas tecnologías podemos recorrer su extensa discografía y contemplarlo en vídeos de antaño y en presentaciones recientes. Este es, sin duda, el saxofonista cubano que más ha impactado el jazz en el mundo; su sonido se funde en una obra discográfica que será brújula y legado para generaciones de saxofonistas y músicos en general. Ya no pertenece únicamente a Cuba: pertenece al imaginario global, a esa constelación singular de artistas que dejan una huella indeleble allí donde soplan, donde caminan, donde suenan.
Gracias, Paquito.