jueves 14  de  mayo 2026
OPINIÓN

Pedro Roig: la memoria insomne del exilio cubano

Hablar de él es hablar también de esa comunidad cubana en Miami que ha hecho de la memoria una forma de resistencia

Diario las Américas | ZOÉ VALDÉS
Por ZOÉ VALDÉS

Murió en Miami, esa ciudad que es mitad destierro y mitad patria rehecha, Pedro Roig, uno de esos hombres que no se permiten morir del todo porque han vivido como si cada día fuera una trinchera. Se nos ha ido —dicen—, pero en realidad se nos queda, obstinado, como se quedan los que no aceptaron nunca el olvido ni la mentira.

Lo conocí en uno de esos encuentros que el exilio reserva como homenaje secreto: sin solemnidad impostada, con la gravedad de quien ya ha atravesado demasiadas derrotas y, sin embargo, sigue hablando de libertad como si fuera una promesa personal. No era hombre de medias tintas. En su mirada había algo de archivo viviente: fechas, nombres, agravios, sueños. Todo mezclado con esa serenidad de los que han decidido no reconciliarse con la injusticia.

Pedro Roig pertenecía a una estirpe en peligro de extinción: la de los que lucharon y después pensaron la lucha, la de los que no cambiaron la memoria por la conveniencia. Veterano de la Brigada 2506, historiador, abogado, educador, director de Radio y TV Martí: títulos que enumeran, pero no alcanzan a describir todo lo que fue. Porque lo esencial en él era otra cosa: una fidelidad radical a la idea de una Cuba libre, que no se negocia ni se acomoda.

Había nacido en Santiago de Cuba en 1940, en una isla que todavía no sabía el largo túnel oscuro que le esperaba. Y como tantos de su generación, conoció pronto el exilio, ese desarraigo que marca para siempre, pero que en algunos —en él— se convirtió en motor y no en derrota.

En aquella mañana, hace décadas, en Madrid, junto a Orlando Fondevila —ahora recuerdo como si fuera la última, aunque entonces no lo fuera— hablábamos de lo que nunca deja de doler: la historia robada. Me dijo algo que no he olvidado: que el mayor peligro no era el silencio, sino la deformación deliberada de la memoria. Por eso escribía, enseñaba, intervenía. Por eso no se retiró jamás: porque sabía que la historia de Cuba no es un pasado, sino una disputa permanente.

Junto al periodista Álvaro Alba lo entrevisté recientemente —o quizá fue antes porque venía pensando esa entrevista desde mucho; el tiempo tiene esa manera caprichosa de mezclarse cuando alguien se despide—, y allí estuvimos en la casa de un Pedro Roig completo: el hombre que había recorrido todas las estaciones del exilio sin renunciar a ninguna convicción. En esa conversación quedaba claro que su vida era inseparable de la historia contemporánea de Cuba, desde la lucha contra el totalitarismo hasta su papel en instituciones clave del exilio en Estados Unidos. Su delicada y amable esposa nos sirvió un desayuno de campeonato, y al final se dirigió a mí con un regalo muy personal que conservaré siempre. Una familia decente.

Hablar de él es hablar también de esa comunidad cubana en Miami que ha hecho de la memoria una forma de resistencia. Roig no solo participó en la gesta —fallida, pero fundacional— de Bahía de Cochinos; también se convirtió en una de las voces más influyentes del exilio, defendiendo principios democráticos, denunciando la manipulación histórica y apostando por la libertad como horizonte indeclinable.

Nunca fue un espectador. Ni cuando empuñó las armas, ni cuando empuñó la palabra.

Su paso por la Fundación Nacional Cubano Americana, su dirección de la Oficina de Transmisiones a Cuba en Radio Martí, su labor académica en los Seminarios de la Fundación Rescate Jurídico de Santiago Álvarez y Carmen Machado de Álvarez… todo ello responde a una misma lógica: la de combatir el olvido.

Porque Pedro Roig entendía algo esencial: que la derrota política no puede convertirse en derrota moral. Y por eso insistía —con una terquedad luminosa— en preservar “la verdad histórica”, como él mismo la nombraba.

Ahora que ha muerto, abundarán los elogios. Algunos sinceros, otros tardíos. Pero él no necesitaba elegías: su vida era ya un alegato. Un alegato contra la resignación, contra la amnesia, contra el cinismo.

Aquel último encuentro —que ahora sí sé que fue el último, aunque no lo supiera entonces— no tuvo despedidas grandilocuentes. Nos separamos como se separan los que creen que el combate continúa al día siguiente. Quizá por eso su muerte no es del todo creíble: porque hay hombres que han vivido tan de frente a la historia que la historia misma se resiste a despedirlos.

Pedro Roig no fue perfecto —nadie que haya combatido lo es—, pero fue algo más raro y mejor: fue coherente. Y en estos tiempos, la coherencia es otra forma de heroísmo.

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