Como que a veces surge la interrogante sobre qué contribuye más al calentamiento global, si los gases de efecto invernadero o la proliferación de tuits de primeros mandatarios de última generación y de candidatos en fuga. Decididamente los de Trump y los de Bolsonaro, más los que aporta Cristina Kirchner, producen un recalentamiento noticioso que bordea el embotamiento.

Este 2019 que acaba de comenzar y que lo hizo nada menos que con la asunción de Bolsonaro (¿habrá que agregar todas las veces “el ultraderechista”?), promete mucho barullo y mucha confusión debido a que no se llegan a explicar y comprender todavía los variados acontecimientos políticos recientes, en lo que incide, además, el peso o la comodidad de manejarse dentro de lo “correctamente político” que impide ver todo el bosque.

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Muchos expertos, analistas y académicos se muestran extrañados por este vuelco a la derecha en el continente y no terminan de explicárselo, o quizás aceptarlo. Sin embargo no parece muy complicado si uno mira hacia atrás y acepta aquello de que a toda acción sigue una reacción. Ese efecto boomerang que le marca el ritmo a los ciclos políticos.

Pasó a principios de los '70 con el avance de “la izquierda” con Allende, en Chile; Torres, en Bolivia; Velazco Alvarado, en Perú; Caldera, en Venezuela; Fidel Castro, en su mejor momento y “metiéndose” a gusto y gana en asuntos internos de toda América Latina, y Perón, desde Madrid, coqueteando con entusiasmo con la izquierda. En fin, parecía infrenable ese avance y sin embargo, en pocos años la región se plagó de dictaduras militares de signo contrario, decididamente antimarxistas. Y pasaron los años y a los regímenes militares sucedieron las democracias tradicionales que se defendieron como pudieron –y demasiadas veces pudiendo muy poco–. Tras esa transición aparecieron los populismos socialistas y progresistas a los que les abrió las puertas de par en par la inacción de las democracias tradicionales y les ayudó muy mucho el crecimiento de los precios de los productos primarios. Y parecería como que ahora se da otra vuelta de tuerca y al “progresismo populista” lo desplaza una “derecha” de diferente grados. Una derecha medio indecisa que no es novedosa en Argentina, otra derecha no vergonzante, ordenada y estable en Chile, un derecha vociferante en EEUU y ya una “ultraderecha” (¿está bien así?) desafiante en Brasil. También es parte de ese “vuelco a la derecha” lo que ocurre en Nicaragua y Venezuela en donde regímenes de izquierda muy apadrinados por Cuba se mantienen en el poder a fuerza de represión, ignorando cualquier tipo de norma constitucional y desconociendo y violando derechos civiles y humanos. Y lo mismo, aunque menos sangriento y con menos palos, lo de Bolivia, donde Evo Morales vuelve a burlarse de la constitución para seguir en el poder.

Notoriamente el avance tecnológico ha generado cambios y la irrupción de las redes ha dado lugar a múltiples interpretaciones del porqué de los hechos y por sobre todo ha sumado un elemento muy fuerte que por lo novedoso y revolucionario, confunde. No obstante todo ello, y más allá del ruido y recalentamiento que provocan las redes y los tuits en manos de los presidentes, más peligroso que un mono con metralleta, aceptemos aquello de que la historia se repite.

Es claro que en estos días cómo que falta calma para poner un poco las cosas en orden, salvo que sea parte de una estrategia gramsciana, que no hay que descartar, alimentada por la estupidez, el esnobismo y la soberbia de demasiados comunicadores.

La cuestión es hacer hincapié en que Bolsonaro es “el ultraderechista”, mientras se pasan por alto otros hechos harto llamativos e interesantes para el análisis de esta recalentada realidad, como es el caso de que en Argentina –un país grande también– Cristina Fernández de Kirchner tenga muchas posibilidades de volver a ser presidenta. Esto es, que gane las elecciones de fines de este año. Marcaría un ciclo muy corto para la “derecha indecisa” de Mauricio Macri, y al tiempo, un hecho bien difícil de desentrañar: la elección de una candidata acusada y con mucho fundamento de ser la jefa de una asociación iIlícita para delinquir, entre otras cosas, además de traición a la patria. Y en este caso, y siguiendo el método utilizado para Bolsonaro –el ultraderechista–, como habría que informar, la “progresista ladrona" presidenta o la “traidora” mandataria “progresista”.

Todo puede suceder en el marco de este aceleramiento de los ciclos y el recalentamiento global de la gente alentado por las redes, que admite menos demoras que el calentamiento de la tierra.

Que Lula, también preso por corrupto, no pierda las esperanzas: en cualquier momento vuelve a la presidencia de Brasil.

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