El año 1999 la única dictadura en las Américas era la Cuba castrista que se salvó y expandió con el proyecto castrochavista, llevando a Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador al grupo de las dictaduras del socialismo del siglo XXI. Hoy existen “las dos Américas”, la democrática y la dictatorial, la que tiene libertad con oposición política real, que permite la alternancia en el poder, y la que tiraniza estrechos espacios solo para mantener fachada de democracia con fraude electoral. Para recuperar la democracia es necesario sincerar la política estableciendo claramente que en las dictaduras castrochavistas no existe posibilidad de oposición, y actuar en consecuencia.

Las dictaduras del siglo XXI en las Américas podrán manipular y eventualmente retener el poder casi indefinidamente si los defensores de la libertad y la democracia en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador siguen creyendo o haciendo juego a la “simulación de democracia”, convencidos de que son “oposición”, que “tienen libertad e igualdad” política frente al régimen, que actúan en base a “reglas claras”, que pueden “ganar elecciones” y llegar al poder, que el gobierno debe “respetar los resultados electorales”, que por medio de la “conquista de espacios locales o municipales” se avanza a la derrota del régimen, o que las autoridades elegidas “pueden ejercer libremente sus funciones”.

En democracia, “oposición” es el ejercicio de la “libertad fundamental” de pensar, disentir, organizarse para acceder al poder político; representa al grupo de personas, partidos u organizaciones políticas con pensamiento, ideología o programas diferentes al grupo que ostenta el poder; es esencial al sistema democrático, y una oposición real debe “tener la posibilidad de acceder al poder por los mecanismos democráticos”. En cambio, en las dictaduras castrochavistas se llama oposición a los grupos que permanecen tolerando el sistema, aceptando todas las restricciones a la libertad, a la participación y la transparencia, admitiendo procesos electorales y políticos “sin que existan condiciones de democracia”, tolerando amenazas y limitaciones impuestas por la “metodología del miedo” instaurada por el régimen.

No hay democracia parcial ni a medias. No hay democracia bajo el miedo de que si los dirigentes o miembros de la llamada oposición no hacen lo que el régimen quiere o pide pueden ser enjuiciados, perseguidos, presos políticos, forzados al exilio o extorsionados con amenazas sobre su familiares, secuestros, torturas, o presiones sobre los bienes y el patrimonio propio y/o de sus parientes, como ha sucedido y sucede en Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua. NO hay democracia en regímenes que con un pretexto antiimperialista forman grupos armados paramilitares para atacar al pueblo. NO hay ni democracia ni posibilidad de oposición sin libertad de prensa, con perseguidos, presos y exiliados políticos.

NO existe oposición sin “condiciones de democracia”, que son: “respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales”, vigencia del “estado de derecho”, “separación e independencia de los poderes públicos”, “elecciones libres y limpias” y “un régimen plural de partidos y organizaciones políticas”, los elementos esenciales de la democracia contenidos en la Carta Democrática Interamericana.

En esta situación es urgente “sincerar la política”. Esto es reconocer la realidad objetiva y “aceptar la verdad” señalando a los regímenes de Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador como dictaduras del castrochavismo. Se trata de un cambio estratégico vital porque el objetivo de ganarle el poder al régimen dictatorial por medio de elecciones, y en un sistema que él manipula y controla, se cambia por el objetivo de RESTITUIR, RECUPERAR, RESTAURAR O RETORNAR LA DEMOCRACIA, con la consecuencia inmediata y esencial de fijar solo dos opciones y saber quiénes están de parte de la dictadura y quiénes de parte de la recuperación de la democracia.

Sincerar la política en los países con dictaduras castrochavistas no quiere decir dejar de luchar. Todo lo contrario. Quiere decir luchar mejor y con claridad. Se trata de que los políticos y los partidos reconozcan que su lucha por espacios de poder en el sistema controlado por la dictadura es una quimera y trabajen juntos para, primero, recuperar la democracia. Es una estrategia en dos tiempos. Primero, volver a tener democracia y luego, en condiciones de democracia, disputar el poder con estado de derecho, igualdad, libertad, respeto a los derechos humanos, transparencia, división de poderes, prensa libre, sin presos ni exiliados políticos… Es como si un invasor hubiera ocupado la Patria, frente a lo que todo el pueblo, sin distinción de ideologías, de credos o de posición económica o social, se une para enfrentar y derrotar al invasor, pues lo que importa es recuperar la libertad. De eso se trata.

Hoy la dictadura de Venezuela, con un Nicolás Maduro amenazante, manipula y extorsiona como quiere a la llamada oposición que ha logrado desacreditar. El dictador Evo Morales en Bolivia digita sus órganos judiciales para obtener su reelección indefinida, usando su constitución plurinacional de facto y reclutando apoyos –directos de compromiso o indirectos bajo amenaza– de la proclamada oposición. La dictadura de Daniel Ortega y su cónyuge en Nicaragua prepara elecciones manipulando la fracción de oposición que le conviene. Lenín Moreno en Ecuador tiene la oportunidad de sacar a su país de la condición de dictadura, pero hasta ahora solo parecen discrepancias con pocas o ninguna acción, mientras el régimen dictatorial de Rafael Correa se mantiene y opera con una oposición que parece calcular.

*Abogado y Politólogo. Director del Interamerican Institute for Democracy

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