Hace fortuna en la España política la coletilla “no admito lecciones de nadie” en tal o cual área temática. Cuando un líder la pronuncia suele ser para desacreditar a su rival, con la excusa de acreditarse él mismo. La plaga se ha extendido y hoy son cientos los periodistas, los actores, los escritores o los usuarios de redes sociales, que se adhieren a tal ejercicio de soberbia y arrogancia. Si fuera simplemente postizo diría que es una grosería. Pero no. Se ha convertido en verdad profunda. Hay demasiadas personas en el mundo que no admiten lecciones de nada ni de nadie. Son los perfectos. Los inmaculados. Líbrenos Dios de cruzarnos con ellos, ni tropezar en sus infinitas virtudes.

En similar grado de arrogancia encontramos a otra legión de sobrados amadores de sí mismos: los que aseguran que “no tienen nada de qué arrepentirse en la vida”. Estos no sé si causan risa o lástima. Si no tienes nada de qué arrepentirte en la vida, comienza a sospechar que tal vez el problema es que tienes demasiado para elegir.

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Quieren los apóstoles de la psicología low cost de las redes sociales empoderarnos, como dicen los cursis. Mujeres empoderadas, hombres empoderados, niños empoderados, adolescentes empoderados. Idiotas empoderados sin fronteras. Idiotas que no saben de su idiotez. Ganadores aburridos de ganar. Felices que no encuentran su felicidad. Sonrisas de anuncio de dentífrico y lagrimones a puerta cerrada en el baño de los juguetes rotos.

Se ha escrito demasiado que la soberbia origina todos los pecados y muy poco sobre que constituye una fábrica de majaderos en serie. No hace tanto que nuestros viejos llegaban a los últimos suspiros pidiendo perdón por su vida, por el inevitable y humano sentimiento de admitir el error propio; las últimas camadas generacionales sólo están dispuestas a admitir el amor propio. Será trágico verlos en los últimos estertores, entre confusos y fatuos. Temen no estar lo bastante seguros de sí mismos, lo bastante narcotizados por el virus relativista, prédica habitual de los mediocres, que asumen antes la igualdad en la mediocridad que el esfuerzo o la lucha por ideales nobles.

Es buen momento para recordar que necesitaría varios millones de horas para lograr reunir siquiera la mitad de las hazañas detestables, de los desaciertos, de los descuidos, de los errores cometidos. Buen momento para retar al soberbio que nos aflige y recordar al mundo que sí, que claro que acepto lecciones, que no reparto carnets de afinidades, que juzgo con creciente moderación las acciones individuales de quienes desconozco su circunstancia –sea esto leído con la mirada cínica del lector de columnas de prensa-.

La vida sin lecciones sería un aburrimiento. Nos empobrece no dejarnos aconsejar. Nos envilece exagerar las propias convicciones. Nos aflige dinamitar la herencia del sabio que solo sabía que nada sabía. Hay algo en el ejercicio de la humildad que afina la inteligencia, que eleva la sabiduría, que hace más fácil la vida en sociedad. Hay algo en el gran desengaño, en la consciencia de nuestra nadería, que hace que hasta los más jactanciosos puedan resultar, por primera vez, interesantes.

A menudo pienso que nuestra soberbia, esa que nos hace ser como pulgas, tan diminutas como vanidosas, en la inmensidad del firmamento, tan solo alcanza a despertar la risa paternal de Dios. A fin de cuentas, todos sabemos que nuestros huesos serán pasto de la tierra y ahí quedarán igualados para la eternidad. Entonces sí. Y eso debería darnos alguna pista sobre nuestra verdadera dimensión en la gran comedia de la vida. O vivimos aprendiendo o no aprendemos a vivir.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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