Pareciera que Nicolás Maduro hubiese soltado un tanto la cabuya a los mandatarios regionales para él concentrar su esfuerzo en remozar su aporreada imagen en la capital, pero ese relajo es solo apariencia porque no ha frenado su látigo ni detenido amenazas públicas a los gobernadores opositores tal como las que lanzó en una de sus tediosas intervenciones contra el gobernador del Zulia, Manuel Rosales porque no le había atendido el teléfono. El despecho decantó en el lamento de no tener en ese estado “un protector” que le informe sobre lo que ocurre por allá. La verdad es que él necesita que le cuenten porque él no puede viajar. No lo dejan y tiene miedo. Los sucesos con los drones y su paranoia dirigida por los cubanos y potenciada por Jorge Rodríguez lo convierten en un ser de movimientos limitados ante el peligro de ser víctima de un atentado.

En todo caso, el volumen de la amenaza contra Rosales mitigó luego de la llamada telefónica a Miraflores del veterano dirigente opositor a quien de todas maneras el venenoso y eficiente aparato propagandístico de la dictadura ya le tiene lista -solo esperando la orden de activar- una campaña que lo acusa de estar en el exterior en lugar de atender los problemas de su pueblo.

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Es asunto de tiempo. Maduro tarde o temprano decapita a quien no se doblega a prestarle servicio, por las buenas o por las malas. En todo caso hay que aplaudir -aunque termine en calistenia política- el intento democrático opositor de organizar elecciones primarias para las presidenciales de 2024. Ya han aparecido decenas de postulaciones, muchas de ellas -por supuesto, estimuladas desde el régimen-, pero otras dignas de considerar y para ello se debe discutir un procedimiento.

En cambio, la relación de Maduro con los gobernadores del PSUV tiene el mismo tipo de perversión que ha construido con los militares y en general con cualquier sector del país sobre el cual el régimen necesita garantizar el control: les estimula su voracidad, aunque muchos de ellos parecieran no haber necesitado ayuda para convertirse en corruptos y desfalcar las arcas de la región.

La fórmula es obvia y así lo presenta de manera contundente una reciente investigación de la asociación civil Transparencia Venezuela que demuestra por ejemplo en tanto las empresas, como un importante porcentaje en las regiones opera bajo total opacidad. La lectura de los números permite inferir que parte del objetivo es engrosar las cuentas de propietarios, intermediarios y funcionarios, bajo el compromiso de garantizar la permanencia en el poder.

El titular es ineludible: las gobernaciones son instrumento de la corrupción. El trabajo de Transparencia Venezuela bajo soporte estadístico de Vendata, precisa que de 910 empresas propiedad del Estado, 218 son dependientes de gobiernos regionales, con una peculiaridad y es que cuando al régimen admite su derrota política en alguna región, diversidad de empresas son ilegalmente redirigidas hacia otros estados porque ese poder regional opera conectado con los empresarios de la zona en distintas áreas y los del régimen no se pueden permitir que la caja registradora de la corrupción deje de sonar para ellos.

Todo esto se ejecuta sin rendimiento ni eficiencia. Suena redundante decirlo, pero hay que insistir. A Maduro le importa un comino el beneficio de la población. Lo suyo es mantenerse en el poder y que eso genere lo que necesita la cleptocracia.

De vez en cuando los estrategas de Maduro le dirigen su discurso hacia el tema de la corrupción regional. De más está decir que la razón no viene del impulso de las buenas intenciones de diafanidad administrativa. Ocurre porque los cubanos le advierten de posibles peligros de perder el control sobre sus subordinados. Está visto que algunos mandatarios regionales han hecho evidente sentirse con fuerza para vuelo propio -entre ellos Rafael Lacava en Carabobo- quien le jura lealtad, pero en ocasiones escapa de sus manos. También está el peligro de otras fuerzas internas cuyas cuentas comienzan a descartar a Maduro en su futuro. A esos adversarios Maduro les ha asomado “la reestructuración orgánica de gobiernos regionales y municipales” e insiste en adaptar la experiencia de gobiernos comunitarios cuyos antecedentes solo refieren la oscuridad de la violencia, el control social y el miedo.

La corrupción es el código que impera dentro del madurismo que como el salitre todo lo corroe.

Por eso quienes defendemos la democracia debemos mantener encendidas las alarmas. Porque entre otras vilezas, la cooptación está en pleno apogeo.

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