Los recientes acontecimientos de violencia, muerte y destrozos materiales en Chile y Ecuador con la intención de desestabilizar o derrocar sus gobiernos legítima y democráticamente constituidos, y las protestas masivas ocurridas en Bolivia donde Evo Morales trataba de perpetuarse en el poder, primero violentando la Constitución y después mediante un fraude electoral, son muestras inequívocas de lo frágil que aún son las democracias latinoamericanas. Existe en la región un peligro real de pérdida de gobernabilidad y del estado de derecho.

Si a esas realidades le agregamos que Cuba y Venezuela, así como otros países hermanos, se encuentran bajo tiranías totalitarias plagados de corrupción y con sus pueblos sometidos a la opresión política y a la pobreza material, no hay la más mínima duda de que se necesitan esfuerzos serios y urgentes para apoyar e incentivar a las democracias que quedan en la región. La más simbólica quizás sea Costa Rica.

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Con una visión general y reconociendo las diferencias de cada país de América Latina, se puede identificar un factor común en muchos de ellos: La ausencia de un modelo de desarrollo propio integral, asequible y exitoso, que sirva de referencia.

En otras partes del mundo, por ejemplo, Taiwán tiene un modelo que convirtió a una isla, escasamente poblada y subdesarrollada, en una exitosa nación con un envidiable desarrollo económico, un sistema democrático de cinco poderes balanceados y una sociedad abierta, diversa e integrada donde se respetan y protegen los derechos fundamentales del ser humano.

En honor a su elevado y creciente desarrollo social, los planes y proyectos gubernamentales de Taiwán son hoy comparables a los de las naciones más desarrolladas y prósperas del mundo. La República de China en Taiwán ha dejado una estela ejemplar de progreso y abundancia en aquellos países que le han abierto las puertas, sin exigir subordinación ni pérdida de soberanía de los mismos.

Lamentable y paradójicamente, en los últimos años la América Latina se ha ido alejando de Taiwán, con su modelo democrático de desarrollo sostenible, y acercándose a la República Popular China. La República Popular China constituye el gobierno totalitario más poderoso sobre la faz de la tierra, adverso a las libertades y la democracia esenciales para la América Latina.

Durante su crecimiento como nación, Taiwán fue incorporando diversos elementos de civilización de otros países. Por esa razón, es hoy una sociedad abierta y con visión de futuro, como deben ser las naciones de América Latina. En resumen, Taiwán desea recompensar a la comunidad global por el estímulo y apoyo que recibió de ella y, a la misma vez, hacer un aporte importante para el avance del sistema democrático porque está convencida de que ese sistema genera, no solamente estabilidad nacional, sino paz internacional, un elemento imprescindible para toda la humanidad.

Taiwán comenzó mostrando su buena voluntad de colaboración con otros países en su propia región, el sureste de Asia, con la “Nueva política hacia el sur”, iniciada hace tres años por la Presidenta, Tsai Ing-wen, con la que busca un futuro de prosperidad común mediante la sustitución de la competencia por la colaboración. Además, comparte con otros países del sur de Asia la excelencia médica y los avances tecnológicos de su excelente sistema de salud. Por ejemplo, Viet Nam logró que sus cirujanos realizaran su primer trasplante exitoso de pulmones, el año pasado, luego de recibir entrenamiento en Taiwán.

Otro ejemplo de buena voluntad es que el año pasado Taiwán recibió a más de 51.000 estudiantes del sur de Asia que vienen atraídos por el alto nivel educacional taiwanés. La “Nueva política hacia el sur” incluye programas en diversas ramas como la agricultura, la prevención de enfermedades infecciosas, el intercambio académico y el turismo, entre otros.

América Latina puede beneficiarse enormemente de este ofrecimiento de Taiwán.

Un resumen de las cifras estadísticas, los éxitos y niveles alcanzados por Taiwán en numerosos renglones económicos, sociales, políticos y culturales no dejan espacio a la duda sobre lo valioso del modelo taiwanés:

Taiwán es el 6to mayor exportador mundial. Fabrica el 75% de los circuitos integrados que se producen en el mundo (los circuitos integrados constituyen el corazón de todos los equipos electrónicos). Su producto interno bruto pasa de $573.000 millones de dólares. Exporta para un valor de $317.000 millones (2017) e importa por $259.000 millones (2017) lo que permite un superávit comercial anual de $57.000 millones. Su economía crece al 2.8% (2017). Taiwán acumula reservas en divisas extranjeras por un valor de más de $451.000 millones. Su ingreso per cápita anual es de $54.000.

El sistema educativo de Taiwán es de excelencia. La educación es obligatoria hasta el grado 12. Con solo 36.000 kilómetros cuadrados y con una población de 23 millones y medio, Taiwán tiene 144 universidades y la impresionante cifra de que el 45% de la población mayor de 15 años de edad, tiene un título de educación superior. El talento de la fuerza laboral taiwanesa es la base de su prosperidad económica.

La cultura y los medios de difusión son pródigos también. En Taiwán hay 65 compañías de televisión por cable, 171 estaciones de radio, 247 compañías editoriales de periódicos, 1.239 compañías editoriales de revistas, 115 compañías de transmisión vía satélite y 32 agencias de noticias.

Toda la juventud taiwanesa, cerca del 98%, tiene celulares inteligentes.

El reencuentro entre Taiwán y nuestra región, sin dudas, puede ser un nuevo comienzo para América Latina, esta tierra nuestra que frecuentemente oscila entre la esperanza y la frustración.

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