Publicado en Semana por Luis Carlos Velez
Esto no es únicamente el resultado de un doble movimiento sísmico. Es la expresión final de la desidia de un régimen que destruyó Venezuela
Publicado en Semana por Luis Carlos Velez
Nunca había visto algo así. En La Guaira, a tan solo horas del terremoto, todo era un infierno en vida. Los edificios derrumbados, la gente corriendo, las víctimas atrapadas, los buenos ayudando, los malos robando, las autoridades aturdidas y nosotros, los periodistas, confundidos. Dantesco.
Después de haber cubierto el terremoto en Haití, pensé que estaría preparado para cualquier episodio. Pero nada me había alistado para lo que registré en Venezuela. Tras más de 16 años de aquel devastador episodio que quedó grabado en mi mente para siempre, nunca imaginé ver algo de esa magnitud, y mucho menos peor. La devastación en la zona costera aledaña a Caracas es como Haití, solo que diez veces peor.
Mi mente sigue procesando. Cierro los ojos y veo los pies blancos de un cadáver. Es la tía de una pareja de niños sentados sobre lo que queda de los asientos, al lado de una piscina que hacía horas era escenario de juegos y que ahora está convertida en una fosa verdosa, sin agua y resquebrajada, junto a un “pancake” de losas de concreto. Mi mente deambula. Otro flash: dos torres de por lo menos 25 pisos, a punto de caer, sosteniéndose la una a la otra. Luego otra imagen: un hombre corriendo con una soldadora, tratando de cortar el hierro de una placa con la intención de que esta ceda y caiga encima de la otra. Está sobre el hierro retorcido. Solo pienso que, si logra su cometido, la placa cederá y él caerá sobre ella y quién sabe sobre quién o qué más. Unas cuadras más adelante, dos Farmatodo saqueados; unas calles después, una camioneta de platón con dos personas sosteniendo la caja de un televisor nuevo. Todo el mundo grita.
Informes de televisión, edición, noticiero, en vivo: habla. Corre nuevamente la adrenalina al máximo, dos cafés. Nos vamos a la calle. Es hora de recorrer Caracas. Chacao, otrora corazón comercial de la ciudad, hoy es una ruleta de edificios por caer. Las retroexcavadoras trabajan, los equipos de rescate se mueven, las familias esperan, los civiles colaboran, la gente solloza. Un rescatista se acerca a una joven; ella tiene una gorra y una camiseta negra. Le hablan suavemente y ella grita, se quita el sombrero y se aferra al cabello. Un “no” largo y desgarrado hace eco en las paredes agrietadas. Respiro. Reporto. Me duele. Sigo.
Es temprano. El piso se mueve. La gente corre y las sirenas vuelven a sonar. Miro alrededor y me aseguro de no tener nada encima. Tengo una cámara al frente, respiro. Reporto. Todo es rápido. Rezo.
Dos niñas en el suelo estudian en medio de las carpas. No tienen casa; no saben cuándo volverán a su vida. Sus padres piden ayuda. Un profesor les da clase. Una quiere ser maestra. Todos quieren sobrevivir. Unas cuadras más al centro, junto a lo que queda de un edificio de interés social, unos niños se ríen a carcajadas; un joven les hace juegos con globos como si nada hubiera pasado. La vida se impone a la muerte. Lloro.
Pausa. Escribo en mi cuaderno. Esto no es únicamente el resultado de un doble movimiento sísmico. Es la expresión final de la desidia de un régimen que destruyó Venezuela. Las construcciones son débiles porque se hicieron sin regulación, baratas y a las carreras. Siempre que vengo a esta nación, mi impresión es la misma: está detenida en el tiempo. Es como si, de un día a otro, nadie hubiera podido sostener, mejorar, invertir o desarrollar. ¿Y qué pasa cuando todo se deja envejecer? Se debilita y se vuelve vulnerable. ¿Y qué pasó, finalmente? El país colapsó y no literalmente. En la calle la gente está furiosa. Reprocha la falta de una respuesta rápida o empática del Gobierno. Mira a los militares con la misma desconfianza y resentimiento de hace años. En sus caras se ve desprecio.
La cereza del pastel de este desgreño –al que, dicho sea de paso, en Colombia íbamos en carrera franca– es esta tragedia. Así termina esta etapa. Pero esta calamidad no lo hará más fácil.
Estados Unidos está ayudando de manera excepcional a Venezuela, pero es consciente de que, si antes el país era una granada a punto de explotar, ahora es un campo minado. Pedir calma en este momento es irracional, pero no hay otra. Venezuela tendrá que labrar, día tras día, su futuro. Y para lograrlo tendrá que encontrar maneras de sanar, más que su infraestructura, su corazón.
