Van juntos, pero sin darse la mano, demasiado jóvenes para inspirar respeto, demasiado tiernos para esconder el miedo.
Vivencias que toman forma de relatos y conducen a la refexión
Van juntos, pero sin darse la mano, demasiado jóvenes para inspirar respeto, demasiado tiernos para esconder el miedo.
Armando se los encuentra siempre de frente, entre la segunda y la tercera vuelta a la manzana y como a esa hora no hay nadie en la calle, están obligados a mirarse.
Sospecha que se ha convertido en una referencia para la pareja, el mismo gordo sudoroso que entre las cinco y las siete de la mañana se ejercita con ese pasito cómico que no llega a ser un trote, además carga al hombro el regalo de un sobrino: un bate ridículo y anaranjado, que supuestamente blandirá para defenderse si es atacado por algún delincuente.
Él saluda durante el cruce breve, pero ellos no responden, van atolondrados, desesperados por meterse debajo del exiguo techo de la parada de buses a donde el joven la acompaña y despide cada amanecer.
A Armando se le antoja que son recién llegados, de seguro viven en un efficiency de la zona, uno de esos garajes adaptados que ahora se rentan por más de mil dólares y que ayudan a pagar el sueño americano de los dueños de casas. Pensar que estas habitaciones improvisadas se conseguían en trescientos dólares mensuales cuando Armando llegó con la misma cara de espanto a Miami, hace unos 20 años ya.
Ella es bella, tierna y mal vestida, pero bella. Él “está mechando”, así le dicen los nuevos a ejercitarse con pesas. El joven se mira los brazos cada tanto, quiere lucir peligroso, aunque su cara muestre lo contrario. Parece que ella ya está trabajando y la misión del joven es acompañarla hasta la parada. A veces, en la tercera vuelta Armando lo ve regresando solo, incluso los ha visto despedirse en la escalerilla del bus. Le choca que el muchacho no suba con ella, que no la escolte hasta el trabajo.
Armando lleva dos días preocupado por el cambio de rutina de sus “anónimos conocidos”, ahora se la encuentra sola, caminando hasta la parada, con el mismo espanto en la cara, pero moviéndose más rápido. Quizás terminaron, o él comenzó a trabajar, o ganaron confianza para andar cada uno por su cuenta.
Ayer la abordó y en una decisión inesperada le regaló el bate naranja, como prueba de buenas intenciones, en un empeño por evitar que lo confunda con un acosador o con otra cosa peor. Ella no corrió ni gritó, pero se alejó rápido, mascullando un agradecimiento, prometiendo que caminaría por la parte iluminada de la acera como Armando le sugería.
No le quedó de otra que dejarla ir, que sobreviva sin su ayuda, aunque sabe que le escuchó y de seguro cuando pase el susto de la acometida, entienda sus buenas intenciones. La miraba de lejos, ridícula con su lonchera colgada al cuello, equilibrando una bolsa y arrastrando el bate que le regaló.
Hoy no la vio, ni en la segunda ni en la tercera vuelta, el chofer del bus se llevó la misma sorpresa, paró por costumbre y hasta esperó un ratico por si aparecía. No tiene que echarse la culpa, no hay que pensar en lo malo. Intenta darse ánimo, quizás se compró una de esas motos eléctricas por las que se comienza ahora. O tal vez le cambiaron el horario, o encontró un trabajo mejor. Armando voltea la cabeza una y otra vez, a lo mejor anda tarde, se quedó dormida, o le hizo caso y va por alguna acera iluminada.
Hoy toca recogida de basura, los vecinos sacan sus tanques a la calle, los colocan desorganizadamente hasta en el medio de la acera, esquivarlos es parte del ejercicio matutino.
Algo desentona en la hilera de plásticos verdes que interrumpen su marcha: Armando distingue un anaranjado familiar, aflorado por un costado de un tanque repleto y semidestapado.
Es su regalo que brilla como lanza vertical, encajada en la humanidad del tanque, sobresaliendo entre las infladas bolsas de nylon que casi desbordan su interior.
