viernes 16  de  octubre 2026
RELATO

Una mujer, un perro y un incendio

Diario las Américas | CAMILO LORET DE MOLA
Por CAMILO LORET DE MOLA

“Ni al Papa le importamos, viene de visita a Latinoamérica, a recuperar fieles y no incluye a Cuba en su itinerario, parece que le preocupan los espíritus vivos y nosotros clasificamos como almas muertas”.

Distingo la referencia a Gogol, rastros de literatura rusa en el comentario de Juana, mi antigua profesora universitaria que, muy a pesar de los apagones, insiste en mantener operativo su sitio de internet sobre cultura universal. Pese a sus esfuerzos Juana no consigue muchos seguidores, pero no le importa, su página es el balón de oxígeno con que sobrevive.

“Somos el Gregorio Samsa del mundo, pariente molesto que la familia prefiere ignorar. Nos borran hasta el día que morimos y entonces nos dedican unos quince minutos de recordación”

Según la profesora ya no servimos ni para un titular en los periódicos, “sin Fidel y con un Raúl minusválido, ¡ni miedo damos!, así que mejor esperar, con paciencia, a que nos matemos unos a otros, o terminemos muriendo de hambre, antes que mandarnos la séptima flota”

Juana tiene un Collie, un perro de raza, el recuerdo de otra época en que conseguía viajar, asistir a conferencias y moverse por el mundo catedrático. El perro vino de Polonia, un regalo de amigos, profesores que mantuvieron su claustro en la Varsovia posterior a la caída del socialismo, quienes, además de libros y revistas, le hicieron llegar el cachorro.

Konrad, así lo llamó, en homenaje al polaco célebre, autor de cierto corazón en tinieblas en medio del Congo. “Lo he regalado tres veces y siempre me lo devuelven, no tengo como alimentarlo, pero ya no lo regalo más, porque se lo van a comer”

Juana cree que es el turno de los perros: ya se comieron los gatos, las palomas, algún que otro animal de zoológico, ahora le toca al mejor amigo del hombre terminar en la olla.

“Por eso, famélico y triste, pero vivo, se queda aquí, compartiendo mi desgracia, aunque de vez en cuando se enrede con un hueso que algún vecino me regala y al que, previamente, limpio de toda traza de tejido masticable”

Juana le cambió el nombre al perro, ahora lo llama Viernes, como el indio de Robinson Crusoe, “somos dos náufragos en esta isla de desastre”

Viernes hace su parte también, “al menos ladra, y espanta a los ladrones que se arriesgan a meterse en el patio, los robos están a la orden del día”

Según Juana para un ladrón cualquier brillo es motivo, “me queda un cenicero checo, un tapete mexicano y unas matrioscas magulladas, nadie los quiere en el mercado, pero para los capos clasifican como botín, ellos primero entran y después buscan”

¿Por qué no pide ayuda a sus amigos catedráticos internacionales?, de seguro le pueden mandar paquetes y no necesariamente con perros de raza.

“¿Cómo pueden suponer que todavía respiro?, ¿En qué techo pinto el SOS para que puedan verlo?, si estoy jubilada, sin publicaciones, ni conferencias, sin internet. Tengo apagones y un teléfono local que a duras penas suena,”

Se niega a darme su dirección, no quiere que le mande nada, no es orgullo, dice.

Está segura de que conmigo se alimenta de otra forma: cuando conseguimos conectarnos “nos bañamos en literatura” me comenta, “y la literatura es un jabón en desuso por estos lares”

No hay arreglo... no me revela donde vive, ni con la promesa de mandarle los libros de Celine o la novela En la corte del Lobo, de Mantel.

“En esa corte me levanto yo todos los días, no necesito leerla”, dice entre risas. Sigue orgullosa, me la imagino con el porte con que, en los ochenta, dominaba el auditorio y acallaba la cháchara de los alumnos.

“De aquello solo queda el temple, soy un fantasma, apuntalando un mundo que se niega a existir, el otro día le insistí a un vecino: ser cultos para ser libres, y me comentó que Martí primero almorzaba antes de ponerse a escribir”

Juana se describe como el Cristóbal Colón carpenteriano del Arpa y la Sombra: gradualmente incorpórea hasta llegar a la invisibilidad y no por los pecados precisamente, más bien por su virtud, por defender su universo cultural, misión cuasi inútil, que nunca consigue transformar en picadillo o plátanos.

Bromea con que quisiera ser Rip Van Winkle para acostarse y despertar veinte años después, yo la siento condenada al otro sueño, al de Marlow... el eterno... el de Chandler.

Me manda a colgar, con la voz de Karen Blixen o Isak Denisen, como si hablara desde las cenizas de esa granja que con tanto esfuerzo levantó durante toda su vida. Pero a diferencia de la autora de Out of Africa, Juana no sobrevivirá a las llamas que devastan su universo.

“Ostras, uvas blancas y champán” me dice antes de cortar la comunicación, lo que parecía un delirio era también otra referencia literaria, una que tuve que buscar en Google para identificar que personaje excéntrico ajustaba su dieta a esos tres alimentos.

Esa última frase me dio alegría, Juana sigue soñando, juega a la esperanza mientras acaricia el cuerpo huesudo de su perro habanero, ahora Viernes... pero antes Konrad.

Temas

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Deja tu comentario

Te puede interesar