martes 31  de  marzo 2026
RELATO

Una pregunta recurrente

Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión

Diario las Américas | CAMILO LORET DE MOLA
Por CAMILO LORET DE MOLA

Geonel recupera el casco de piloto y vuelve a sentarse en la cabina de su avión de combate, pero ahora lo hace desde el sillón en que rumia su jubilación en el barrio de Santo Suarez: el militar retirado es recurrente reviviendo los momentos a bordo del MIG 23 que identifica como “el yerro mío”.

Tiene cautivos a los muchachos del barrio que, un día sí y otro también, se arriman al estrecho portal de su casa habanera para escuchar las mismas historias de Angola o de las costosas maniobras militares que el régimen organizaba por los años 80, toda una cruzada de mentirita en las aguas del norte de la isla, la zona desde donde, supuestamente, serían atacados.

Geonel enriquece las historias con el movimiento de sus manos, que reeditan las presumidas batallas o las riesgosas picadas con las que tantas veces, según su testimonio, puso en peligro la vida.

Hoy vinieron más muchachos que de costumbre: resulta que hay aviones espías, globos y hasta helicópteros “yumas” volando cerca de la isla y no hay otro experto en el barrio que les pueda desmenuzar esta novedad.

Para el veterano lo de los vuelos espías no es cosa nueva. “No tengo ni idea de cómo se enteraban, pero siempre teníamos al chismoso vigilándonos, dibujando enormes ochos frente al área donde nos adiestrábamos, vigilándonos”.

Geonel se refiere a un avión cuatrimotor de la fuerza aérea de los Estados Unidos que despegaba desde los cayos de la Florida y los acompañaba en cada una de estas maniobras, volando en la misma ruta, el mismo tramo de ida y vuelta, frente a ellos.

“A veces el chismoso llegaba primero que nosotros al área de operaciones, el apodo se lo pusieron los muchachos del puesto de mando, aburridos de pintar los lazos del avión en la plancheta operativa”, entonces Geonel tuerce el rumbo, desvaría, se va hasta el puesto de mando, se entretiene contándoles de los especialistas de la plancheta, una enorme pizarra de acrílico transparente, donde escribían los datos de las supuestas batallas para los jefes, “estos muchachos eran invisibles, siempre desde atrás, escondidos en el fondo del salón, por lo que se entrenaban para escribir de revés, tanto los números como las letras”.

Luego regresa al tema principal, “Los aviones chismosos eran de hélices, pero tenían combustible como para un día completo, nosotros durábamos cuarenta y cinco minutos en el aire, ellos pasaban horas dando vueltas con solo dos de los motores encendidos”

Dice que se acostumbraron a vivir con la incómoda presencia, que incluso llegaban a usar el avión del enemigo como punto de referencia para determinar ubicaciones, “a veces también venía una fragata americana, los marineros aprovechaban nuestros vuelos rasantes para entrenar con sus cañones de cubierta, era impactante verlos girar las armas hacia los aviones, aprovechando la oportunidad para apuntarnos una y otra vez”.

Geonel expone sus recuerdos a los vecinitos para presentarse como un experto de lo que puede pasar ahora con los vuelos estadounidenses frente a las costas cubanas, pero hay un desfase importante entre la época de los ochenta y los jets de turbinas supersónicas que ahora patrullan el Caribe.

“Usted cree que vengan por fin”, se decide a preguntarle uno de los muchachos que pacientemente ha visto divagar a Geonel entre los combates en Angola y las maniobras en Cuba.

El militar retirado desilusiona al muchacho: no cree que vengan, “eso de la vigilancia es común, siempre ha existido, lo que ahora hacen bulla para el brete, pero esos aviones han sido el pan nuestro de cada día”.

Vuelve a desvariar y ahora les cuenta de un radar soviético, enorme dice, que hay en Santa Cruz del Norte, que es capaz de detectar hasta cuando el Air Force One despega en Washington, los muchachos no entienden para que sirve eso, “el avión de Trump no va a bombardear La Habana”, se burlan.

“¿Ustedes como que están loquitos porque vengan?”, los recrimina el viejo desde su sillón, “eso sería un desastre, aquí coge leña todo el mundo, los buenos, los malos y hasta los regulares”.

Los muchachos le dicen que la leña la están cogiendo ahora, que no hay nada peor que los apagones y la miseria en que los obligan a vivir, incluso se meten con Geonel, le acusan de aguantar bastante leña, que vea como sigue usando los desgastados pantalones del uniforme, obligado a reciclar, aunque lleve años sin el avión de sus recuerdos.

Él, molesto, les bota del portal. Los muchachos no se van, revolotean a su alrededor con los brazos abiertos, haciendo como si fueran una flotilla de los Mig 23, burlándose del sonido del motor al que equiparan con trompetillas.

La hija del piloto sale de la cocina, a gritos los echa del portal, y de paso recrimina al viejo, “que fuera yo la que se hubiera montado en tu avión, que habría dejado una raya… hasta Cayo Hueso no hubiera parado”.

“¡Ah, pero tú también!”, responde airado el viejo que le asegura a su hija estar dispuesto a volar nuevamente si el país lo necesitara, “papi mejor disfruta tu sillón, que esas mierdas rusas ya son chatarra de museo, además quédate tranquilo que no te van a venir a buscar, aunque quisieran no les va a dar tiempo, mira a Maduro, la guerra de ahora es de quince minutos, olvídate de la plancheta, las maniobras y todo el tiempo de ensayo que ustedes se gastaban”.

El viejo enumera las ventajas de la fuerza aérea cubana y las supuestas victorias en Angola, Etiopía, hasta Girón menciona. La hija le dice que tienen batallas inminentes y más importantes a mano y que deje de soñar, “Aterriza y ayúdame a pelar los ajos anda, que estamos contra reloj, a ver si termino de cocinar los frijoles antes de que se vaya la luz”.

Padre e hija son familia de alguien que trabaja con nosotros en Miami y que con asombro nos cuenta la pregunta recurrente de la muchacha cada vez que consiguen hablar telefónicamente. “se porta como los muchachos, ahora lo único que le interesa saber es si Trump por fin va a ir a verlos”. Dice que por detrás escucha al viejo protestar, quizás desde su sillón, el sitio desde donde despega cada tarde para terminar estrellándose en la pista del obligado apagón.

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