Hay una película reciente sobre la vida del intelectual austríaco Stefan Zweig, Farewell to Europe (Adiós a Europa), que refiere ese terrible capítulo de su vida en el que debe abandonar Europa, con toda la familia, ante el empuje nefasto del nazismo.

Quién no ha disfrutado una de esas minuciosas y emocionantes biografías que Zweig hiciera sobre figuras históricas, como Fouché o María Estuardo, por solo mencionar dos entre tantas. Se las recomiendo mucho porque se leen como novelas, son de esos libros difíciles de dejar sobre la mesa de noche.

Ni decir que algunas de sus obras de ficción se han llevado varias veces al cine, pienso en Carta de una desconocida y Veinticuatro horas en la vida de una mujer, que recuerdo mucho por tener a la memorable diva francesa Danielle Darrieux como protagonista.

Los viajes y la propia diversidad cultural de la Europa que vivió sin fronteras, buena parte de su vida, antes de la Primera Guerra Mundial, hicieron de este escritor de origen judío, una persona tolerante, amante de la paz y la armonía, antibelicista en esencia.

Con la avalancha nazista de la Segunda Guerra Mundial fue perdiendo la fe en el género humano. Pensó que no había modo de detener el mal y se quitó la vida junto a su esposa en Brasil, donde había encontrado agradable refugio.

Zweig no fue un hombre ingenuo, ni idealista, pero le tocó vivir momentos estremecedores de la humanidad. Creyó en la posibilidad de cierta utopía impelida por el respeto y una vocación humanista por la paz que, desafortunadamente, se fue disipando en los momentos finales de su vida.

Lo traigo a colación porque desde su muerte, acontecida en 1942, a esta fecha, vamos aprendiendo a vivir juntos pero la experiencia aún debe salvar numerosos obstáculos que nosotros mismos, los seres humanos, hemos erigido en el camino.

En nuestra generosa patria de adopción, la gran unión americana, que ha sentado cátedra en tantos tópicos internacionales a favor de la humanidad, la división política, partidista, se ha hecho patológica y no veo que algún grupo social que emane, hasta ahora, beneficiado de tamaño entuerto.

La más sencilla de las discusiones, el más simple dilema, sufre el azote de la sinrazón que marcan los extremos en cualquier punto de vista. No hay centro, que solía ser la característica envidiada de los Estados Unidos, sino trincheras de combate cavadas a distancia donde la violencia estalla sin aviso.

Creo que debemos llamarnos a la cordura. Miremos a nuestro traspatio para que vean que vale la pena. Otra vez la juventud latinoamericana se desangra en las calles, en el presente caso Nicaragua, pidiendo democracia y libertad, mientras Venezuela sigue padeciendo la inestabilidad que provoca el populismo de recursos dilapidados y sujeto a la represión.

Marquemos el ejemplo para quienes deseen vivir en la prosperidad democrática, donde por supuesto se discute y difiere, pero no en términos nocivos para el sistema que precisamente nos permite el privilegio de disentir, sin arriesgar nuestras vidas.

Miami, sobre todo, prefigura la posibilidad de un Estados Unidos integrado por el bien común. Nuestra comunidad es un laboratorio funcional del gran experimento americano. Pongamos caso, colaboremos para que así siga siendo.

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