La reciente captura de Nicolás Maduro, señalado como “narco dictador”, ha generado una oleada de entusiasmo tanto dentro como fuera de Venezuela. Sin embargo, esta acción no equivale necesariamente a la liberación total del país. La situación política venezolana, marcada por más de dos décadas de autoritarismo, influencia extranjera y alianzas complejas, exige un análisis más profundo y cauteloso.
Durante años, se ha sostenido que la guardia personal de Nicolás Maduro estaba compuesta por poderosos agentes cubanos, leales al régimen de La Habana y entrenados para resistir cualquier intento de derrocamiento. Si efectivamente fue Delcy Rodríguez en combinación con esta guardia la que facilitó la captura de Maduro y de su esposa, Cilia Flores, resulta lógico preguntarse sobre los verdaderos motivos detrás de esta acción, pues toda esa guardia quedó al campo. ¿Fue una decisión autónoma de La Habana a la que poco importa sus soldados hasta el punto de negar su existencia, o una jugada estratégica para salvar sus propios intereses o parte de una negociación internacional más amplia?
La comparación con el caso de Salvador Allende en Chile (1973) —lo que yo denomino Operación “Allende/Chile 2.0”— sugería desde el inicio lo que ya es sabido: la evidente traición interna, facilitada no tanto por antiguos aliados sino por sus más cercanos, bajo la presión o el incentivo de influencias externas. La hipótesis de un acuerdo entre La Habana, Washington, Moscú y Kiev añade un nivel de complejidad, insinuando que la política venezolana sigue estando profundamente entrelazada con intereses internacionales dentro de un nuevo orden planetario.
Un elemento que genera suspicacia es la aparente continuidad en el poder de figuras clave del régimen, como Diosdado Cabello y la traidora nombrada presidente, Delcy Rodríguez, quienes, hasta él instante en que escribo esto, siguen ejerciendo autoridad y tomando decisiones. Lo que podría indicar que, más allá de la caída de Maduro, la estructura del poder chavista permanecerá intacta y que la transición se ha gestionado desde dentro, bajo parámetros preacordados, de más de lo mismo.
En medio del entusiasmo generalizado, surgen interrogantes sobre el futuro político inmediato. ¿Cuál es la posición de líderes opositores como Edmundo González y María Corina Machado? ¿Respaldan el accionar de los actores internacionales y de la supuesta nueva dirigencia? La falta de información clara sobre su paradero, opiniones menos sentimentales o acciones concretas políticas siembra dudas sobre el verdadero alcance de este cambio y sobre la legitimidad del proceso de transición valiéndose de unas elecciones que como ha dicho Marco Rubio no fueron legítimas.
Asimismo, la postura del presidente electo y su vicepresidente, galardonada con el Premio Nobel de la Paz, respecto a estos acontecimientos, es fundamental para entender si las acciones recientes cuentan con el aval de las fuerzas democráticas o si responden a una dinámica de imposición negociada entre élites al tener que aceptar la negociación con la segunda de Nicolás Maduro.
El clima de entusiasmo que se vive actualmente es comprensible, dado el desgaste y sufrimiento de la sociedad venezolana. Sin embargo, la experiencia demuestra que en política es fundamental mantener la cabeza fría y analizar los hechos más allá de la emoción. La captura de Maduro, aunque simbólicamente importante, podría no ser suficiente para garantizar la auténtica liberación de Venezuela. Los factores internos —como la permanencia de figuras potentes del chavismo— y externos —el posible juego de intereses entre La Habana, Washington, Moscú y Kiev— obligan a la ciudadanía y a la comunidad internacional a mantener la vigilancia y la exigencia de transparencia en los próximos pasos.
La historia reciente de Sudamérica enseña que las transiciones políticas rara vez son lineales o desprovistas de acuerdos entre bastidores. Por ello, el verdadero reto para Venezuela será lograr un cambio radical que responda a los intereses y aspiraciones de su pueblo, y no sólo a los de las élites nacionales o extranjeras, y a una opoficción, como la que también se ha preparado para Cuba con la intención de pactar con lo que va quedando del régimen.
En cualquier caso, agradezco al presidente Donald Trump y a su gobierno por este gran paso. El resto le toca ahora a la sagacidad política de los venezolanos.