LUCERNA.- TANIA QUINTERO / ESPECIAL DLA
LUCERNA.- Los días previos a la nacionalización de las compañías extranjeras fueron muy tensos
LUCERNA.- TANIA QUINTERO / ESPECIAL DLA
El lado grato era atender la biblioteca, ayudar a la Mora a encargar comida en La Fama China o ir al correo a comprar sellos para la correspondencia que se enviaba a provincias y al exterior.
El lado ingrato yo lo veía en el revolico y la incertidumbre en que habíamos empezado a vivir los cubanos en la isla entera. Pese a mi juventud y mi inexperiencia política, me daba perfecta cuenta de que por aquel local de Carlos III y Marqués González,
donde laboré desde agosto de 1959 hasta febrero de 1961, pasaba todo lo que en ese momento se sazonaba y cocinaba en el fogón de la revolución.
Los días previos a la ley de nacionalización de las compañías extranjeras, estadounidenses en su mayoría, César Escalante tuvo una actividad febril, junto a otros miembros del Comité Nacional del PSP. Lo recuerdo ir y venir desde sus oficinas a las
nuestras, serio, apurado. Fueron dos días con sus noches muy tensos y de mucho correcorre, con reuniones continuas, llamadas, idas y venidas, imagino que para deliberar con los hermanos Castro. Y yo, claro, mecanografiando, cambiando párrafos,
rehaciendo cuartillas.
El colofón sería el acto en el Stadium del Cerro (actual Estadio Latinoamericano). Por si no bastara su repercusión, tuvo un ingrediente mediático extra: en medio de su discurso, Fidel Castro enmudeció. De aquella Ley trascendental, la imagen que me ha
quedado es el caminar apresurado de César Escalante, Fidel afónico, los americanos encabronados y yo muerta de cansancio.
Si en aquel potaje la "especialidad" de César era la ideología, la de su hermano Aníbal era el rumbo político de la revolución. O al menos eso era lo que a mí me parecía, pues Aníbal era el enlace entre la dirección nacional del PSP y Alejandro, seudónimo de
Fidel Castro. Cada vez que un mensaje escrito debía ser enviado a Alejandro, Guerrero me hacía dejar lo que estuviera realizando y me llevaba para la oficina de Aníbal, al fondo del local.
En una Underwood situada en un rincón, Aníbal me mandaba a sentar, mientras él, dando zancadas de un lado a otro, empezaba a dictarme. Y yo tiquitiquitiquiti. Hacía una pausa y me decía: "A ver, léeme qué has puesto ahí". "Aníbal, puse lo que usted me
dictó", le decía. Y él: "Vamos, vamos, lee y no hables".
Y yo le leía. Si le parecía bien, seguía dictando, si no, me hacía sacar el papel, él lo rompía y empezaba a dictar de nuevo. Aníbal me decía las comas, puntos y aparte, punto y seguido, aunque no se necesitaban demasiadas reglas ortográficas: siempre eran
mensajes cortos y apremiantes.
Desde que veía a Guerrero venir hacia mí como un gallito culeco, para mis adentros decía: "Uf, ahí viene Guerrero para un corta y clava de Aníbal".
Ninguna de esas urgencias me causaban mayor preocupación. Era joven y aquellos dimes y diretes políticos no me quitaban el sueño.
Tenía 17 años, pero no era tonta. Y me daba cuenta de que tenían razón los enemigos incipientes de la revolución, cuando comenzaron a decir que "la revolución era como un melón, verde por fuera y roja por dentro". Sin sonrojarse, Fidel los desmentía y
aseguraba que era "más verde que las palmas".
Sí, que las palmas del Soviet de Mabay: el 13 de septiembre de 1933, dirigidos por el comunista Rogelio Recio, los campesinos del ingenio Mabay, en el poblado del mismo nombre, en la antigua provincia de Oriente, decidieron unirse y fundar un gobierno
popular, bautizado con el nombre de Soviet de Mabay. Ese día, en lo más alto del central azucarero ondearía la bandera roja con la hoz y el martillo.

video