JOSÉ ANTONIO ÉVORA
Es muy difícil mezclar realismo y optimismo en un retrato descarnado de Auschwitz, pero Son of Saul, la ganadora ayer del Oscar a la Mejor Película Extranjera, lo consigue
JOSÉ ANTONIO ÉVORA
Esta no es la mirada ingeniosa de La vida es bella, aquella película italiana en la que el personaje de Roberto Benigni le inventa un cuento a su hijo, para hacerle creer que el campo de concentración donde están es en realidad un juego, y que él debe ir acumulando puntos para ganar un premio. Son of Saul (El hijo de Saúl), en cambio, es un retrato descarnado y brutal de dos días de la vida de un judío húngaro obligado a cargar y cremar los cadáveres de otros judíos en las cámaras de gas de Auschwitz.
Sólo se parecen en una cosa: ambos personajes, cada uno a su manera, bordean el terreno de la locura que la deshumanización deja como único camino para la supervivencia. En ese trance brota algo profundamente humano que la fe impone.
Antes de aspirar al Oscar a la Mejor Película Extranjera, Son of Saul había ganado el año pasado el Golden Globe en la misma categoría y el Gran Premio del Festival de Cannes. Desde aquel extraordinario Hanussen de Istvan Szabo en 1988 ningún otro filme húngaro había estado entre los finalistas de la Academia.
Estuve en Auschwitz, y confieso que se me había olvidado qué eran los Sonderkommando. El término alemán significa “unidad especial”, uno de los eufemismos usados por los nazis durante el Holocausto para referirse a los prisioneros usados, bajo amenaza de muerte, en la eliminación de los restos de otros prisioneros. A los cadáveres, por ejemplo, los llamaban “piezas”. Ni que decirlo, los sonderkommando duraban poco y los mataban a los seis meses porque habían sido expuestos a “información sensible”. Algunos sobrevivieron, y por suerte sus testimonios también. De los reunidos en el libro The Scrolls of Auschwitz sacó László Nemes la idea para esta película.
Saúl Ausländer (Géza Röhrig) es precisamente un sonderkommando. En pleno trasiego de cadáveres, descubre un día que un niño sigue respirando entre los cuerpos desnudos amontonados en la cámara de gas. Trata de salvarlo, pero un oficial nazi lo ultima con la indiferencia de un cerdo. A partir de ese momento Saúl dice que es su hijo, evita la autopsia, oculta el cadáver y hace todo lo posible por darle sepultura como Dios manda. Nunca sabremos si de verdad es su hijo o si él lo asume como tal. Esa pregunta es la apelación moral que sostiene la película. En el drama íntimo del individuo ante el terror fascista y la búsqueda de un asidero para no perder la esperanza, Son of Saul es sólo comparable a Ven y mira, del ruso Elen Klimov.
Lo primero que uno advierte es hasta qué punto los realizadores quieren adentrar al espectador en la piel del personaje. La fotografía lo deja todo a un lado y se concentra en el rostro de Saúl, que palideció para siempre y carece de emociones. No, las tiene, sólo que no las exterioriza porque sabe que son la antesala del castigo y la muerte. Pocas veces un actor ha estado tan intensamente expuesto al escrutinio de la cámara, y aún en menos ocasiones lo ha hecho con la maestría de Röhrig, un músico y poeta húngaro nacido en Budapest en 1967, que vive en Brooklyn desde el 2000. Lo de músico y poeta no es un chiste para abrirle paso al loco. Al frente de su banda Huckleberry –nombre que pronunciaban Huck-rebelly y así colaban la palabra rebeldía--, Röhrig fue muchas veces acosado por el aparato de seguridad del régimen comunista. En 1995 y 1997, publicó los poemarios El libro de la incineración y Cautiverio. Precisamente después de una visita a Auschwitz se convirtió en judío jasídico.
Es sumamente difícil mezclar realismo y optimismo en un retrato descarnado de Auschwitz, pero László Nemes lo consigue. El trabajo con la imagen es muy esmerado. Nunca vemos los ojos ni los rostros de los cadáveres, apenas una parte de sus cuerpos, con lo cual la dramatización de la evidencia no ultraja el honor de las víctimas, que a fin de cuentas son una sola: el género humano. Y lo asombroso es que este es el primer largometraje de ficción de Nemes. En el Festival de Berlín querían limitarlo a la sección de Opera Prima. Nemes dio la vuelta, se lo llevó a Cannes y allí le dieron el Gran Premio.
Son of Saul está en cartelera con subtítulos en inglés en el Tower Theater de La Pequeña Habana, la Cinemateca de Miami Beach y Cinema Paradiso en Fort Lauderdale. Verla en Google Play cuesta $15 dólares.
