Alberto Scharffenorth
Especial
Las pruebas de Google con autos que se conducen sin ayuda humana pudieran marcar el inicio de la “Singularidad Tecnológica”
Alberto Scharffenorth
Especial
Hace más de un siglo, cuando los carruajes llevados por caballos comenzaron a compartir caminos y veredas con sus nuevas versiones propulsadas por plantas de poder, primero a vapor y finalmente a combustión interna, la denominación que estos artefactos se ganaron fue la de “automóviles” y seguidamente “autos”. Nadie imaginaba que tal denominación iría a tener una cualidad descriptiva tan acertada como la que los últimos acontecimientos y tendencias están poniendo de manifiesto. Ni siquiera los creadores de la popular serie de dibujos animados de los 60, “Los Supersónicos”, consideraron que antes de que los vehículos personales pudieran volar se conducirían sin la ayuda de sus tripulantes.
El transporte mecanizado y auto propulsado cambió tanto la faz de la civilización durante el siglo XX como las telecomunicaciones y la informática lo están haciendo en el XXI. Ahora parece inevitable que la fusión entre estos tres inventos formidables marque tal vez el momento en que ocurra lo que los estudiosos de la futurología llaman “Singularidad”. Ese día en el que las máquinas dejarán de requerir de la intervención de los humanos para funcionar, mejorarse, mantenerse y reproducirse.
Lo mejor para la miopía son unos lentes
Cualquiera hubiera supuesto que los primeros automóviles capaces de transitar por calles y avenidas sin que una persona estuviera tras los mandos serían el producto de la división de investigación y desarrollo de alguno de los grandes fabricantes del status quo. El primer vehículo autoconducido se habría distinguido con una estrella, un óvalo o dos óvalos entrelazados. En su lugar, un grafismo que todos conocemos como el símbolo universal de las búsquedas en la red ha sido el portador de este nuevo hito en el viaje de la civilización hacia la Singularidad.

Se inicia la era de los automóviles autoconducidos. (Cortesía)
Uno de los más reconocidos casos de estudio en el mundo del mercadeo, desarrollado y publicado en el Harvard Business Review por Theodore Levitt, en 1960, relata la historia de la decadencia del negocio ferroviario con el advenimiento de los sistemas de producción masiva de automóviles. La tesis de Levitt, universalmente probada, sostenía que las organizaciones que se concentran en sus medios de producción más que en aquello que necesitan los consumidores de un producto, están condenadas a fracasar. Del mismo modo se plantea sin mayor sorpresa que sea una organización destacada por sus soluciones de búsqueda, posicionamiento geográfico y enrutamiento quien lleve la delantera resolviendo a los consumidores lo que verdaderamente necesitan de un automóvil: ser llevados de un lugar a otro, cómoda, segura, rápida y eficazmente.
Quién será mejor conductor
De acuerdo con datos de la Organización Mundial de la salud, en 2012 fallecieron 1,31 millones de personas en accidentes de tránsito. Es el equivalente a 2,2% del total de las muertes. Esto no sería tan alarmante, dado que todos debemos algún día encontrarnos con nuestro Creador, si más de la mitad no hubieran ocurrido en personas de 15 a 44 años de edad como lo reportan los registros, lo que constituye una plaga espantosa que ataca a personas en plena edad productiva. Pero igualmente atroces son las cifras de morbilidad por esta causa ubicadas entre 20 y 50 millones de individuos cada año, y estos números han empeorado con la reciente costumbre de usar los teléfonos conduciendo.
LEA TAMBIÉN: El número del Seguro Social no es tan seguro
Ese es el punto central de Elon Musk, cofundador del fabricante de autos eléctricos Tesla, quien en marzo pasado asomó en una conferencia en California que llegaría el momento en que los vehículos conducidos por humanos podrían convertirse en ilegales. Según Musk esto ocurrirá en el momento que se demuestre que los vehículos conducidos por sistemas automatizados son capaces de herir y matar a menos gente que aquellos guiados por sus inventores.

Un conductor de la Universidad Tecnológica de Braunschweig (i) y el copiloto del Centro Científico de Tecnología de vehículos de Baja Sajonia, prueban a ‘Leonie’ un VW Passat que se mueve sin ser operado
por un conductor y puede llegar a los 60 kilómetros por hora, en Braunschweig. (EFE ARCHIVO)
Quizás ese momento pueda estar más cerca de lo que se piensa ya que Google asegura que en los 11 episodios de choques leves o “fender benders”, ocurridos desde que en California se autorizó la circulación controlada de vehículos sin chofer en septiembre pasado, ninguno ha resultado responsable el vehículo autoconducido.
El final de un tórrido romance
La relación entre los vehículos y sus conductores va mucho más allá de una simple cuestión de utilidad práctica. Los hombres y mujeres han amado sus automóviles con pasión desde el mismísimo momento de su invención. Esa combinación de poder, libertad, potencia, riesgo y estética casi no encuentra paridad en ninguna otra experiencia humana ni en la relación del hombre con objeto distinto alguno. Tanto así que aquellos que no tienen la oportunidad de poseerlos proyectan su deseo en el fanatismo a las carreras y el gusto por las películas que muestran eternas persecuciones motorizadas, incluyendo las generosas cantidades de autos destrozados, sublimados en formidables explosiones, volcados, aplastados y lanzados al vacío por horrendos precipicios.
LEA TAMBIÉN: La censura mediática prolifera en los países con dictaduras
El inicio de la era de los vehículos autoconducidos anuncia una ruptura que no puede dejar un sentimiento distinto a ese que se siente cuando se pierde un gran amor. La gente del próximo siglo tal vez nos vea como unos trogloditas perdidamente irresponsables. Lo harán mientras saborean una rica barra alimenticia marca Toyota.
Alberto Scharffenorth es experto en Mercadeo Tecnológico, empresario de telecomunicaciones y Creador de la Fundación Aldea Digital
@digitalaldea
