En noviembre de 2024, tras la victoria de Donald Trump, escribí que había ganado por la economía del bolsillo, por esa “felicidad microeconómica” que la gente mide en la bolsa del supermercado y no en los indicadores de Washington. Cerré aquella columna con una apuesta. “¿Logrará Trump hacer todo lo prometido? Ojalá. Por ahora, tiene el viento a favor: las dos cámaras del Congreso y una Corte Suprema conservadora”.
Dos años después, el viento de cola cambió de dirección. El martes, los demócratas recuperaron la Cámara de Representantes y el Senado en una de las derrotas más amplias para un presidente en elecciones de medio término.
Trump perdió el rumbo que anunció en 2024. Prometió alivio inmediato y se encerró en la gran estrategia. Apostó a los aranceles hasta que la propia Corte Suprema conservadora los declaró ilegales. Mientras luchaba por un premio Nobel de la Paz, se enfrascó en una sorpresiva guerra con Irán, sin autorización del Congreso, en la que ya se han gastado más de 47.000 millones de dólares. El petróleo se disparó y arrastró consigo el precio de la gasolina, los insumos básicos y la inflación.
En 2024, Trump se llevó votos que los demócratas creían suyos, los de obreros, jóvenes, latinos, negros y mujeres. Pero confundió aquel depósito de confianza con un cheque en blanco, sumándose a una guerra cultural entre el movimiento MAGA y lo woke y, al hacerlo, se olvidó de que las urnas pedían combatir los precios y la inflación. Esta semana, esas mismas mayorías le dieron la espalda, comprometiendo la suerte de los republicanos en 2028 si no vuelve a sus promesas de 2024.
La presidencia de Trump fue tan estridente que eclipsó lo esencial. Nunca quedó clara la frontera entre las cuentas del Estado y las de su familia. Gobernó como si los estados fueran un estorbo, como cuando prohibió regular la IA en contra de lo que había votado el Senado. “Cazó” inmigrantes, puso su nombre en edificios, cambió los nombres de emblemas geográficos y se metió en cosas banales como el estanque frente al monumento a Lincoln, mientras la canasta del supermercado traicionaba los bolsillos de los votantes de ambos partidos.
Habrá que apretarse el cinturón en los próximos dos años. A Trump las derrotas nunca lo amedrentaron y la confrontación siempre le fascinó. Ahora tendrá enfrente las dos cámaras que antes le cubrían las espaldas, así que es fácil imaginar que tratará de gobernar con más decretos, que los insultos volarán a diestra y siniestra, y que habrá más batallas en los tribunales.
Los demócratas no deberían arroparse de triunfalismo. Ganaron, pero también por las circunstancias, como lo demuestra el péndulo electoral en cada elección de medio término. Aunque pudieran creer que tienen un cheque en blanco, el público tampoco les da su confianza a ciegas. Una encuesta de NBC News, publicada días antes de la elección, mostró que apenas el 29 por ciento de los votantes tiene una opinión favorable del Partido Demócrata. Los electores votaron más en contra de Trump que a favor de los demócratas. Sería un contrasentido que pasaran dos años poniendo trabas y abriendo investigaciones, o se quedaran librando la batalla cultural, en vez de entender que Biden perdió en 2024 y Trump en 2026 por olvidarse de la economía.
En aquella columna de 2024 escribí que la felicidad tiene muchas acepciones, aliadas con el bienestar, la salud, la educación, la libertad, la familia y un mundo sin guerras, y que también tiene una dimensión individual que se mide en el bolsillo. Hoy esa felicidad básica se mide en la bolsa del supermercado, en el precio exorbitante de la salud y en las gasolineras. Trump ganó por entenderla y perdió por olvidarla.
Los demócratas y los republicanos tienen dos años para demostrar que escucharon lo que gritaron las urnas, la búsqueda de la felicidad básica. Esa agenda exige dejar atrás la guerra cultural, porque el precio de la gasolina, de la leche o de los medicamentos lo pagan por igual rojos y azules, blancos y negros, mujeres y hombres, creyentes y ateos, profesionales y obreros.