viernes 28  de  agosto 2026
RELATO

Una ciudad con la hierba muy alta

Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión

Diario las Américas | CAMILO LORET DE MOLA
Por CAMILO LORET DE MOLA

“Se han perdido, ¿te das cuenta?”, me dice Luis mientras desde la cabina de su camioneta otea en todas direcciones

“Antes con solo aflojar la velocidad te agobiaban, venían corriendo, con herramientas y todo, casi que se te metían por la ventanilla”

Soy el testigo excepcional de lo difícil que se le ha puesto a Luis encontrar trabajadores informales. Esos que antes le esperaban, arracimados, debajo de los árboles. “Si aparecieran al menos cuatro”, insiste, apremiado por remover los sacos de escombro que ha ido acumulando en mi patio.

Luis es el albañil a cargo de la remodelación de mi casa, él culpa a Trump de las nuevas condiciones, “imagínate, ha sido tanto el fuete que le ha dado a los ilegales que acabaron por extinguirse, ahora estoy obligado a cargarlo todo y en mi camioneta para colmo”

Recorremos despacio, una por una, las líneas del estacionamiento. De repente Luis desiste, acelera un poco la camioneta, lo suficiente para romper la marchita de cortejo fúnebre con que nos movíamos, y enrumba hacia la salida del lugar, “me vas a tener que ayudar”, me dice con cara de consternación, “si quieres me lo descuentas del pago”.

Belinda, la viuda de al lado, me está esperando para que la ayude con el manual en inglés de cierto equipo de jardinería que se ha comprado. La señora está espantada, vio a los guardias de ICE llevarse al jardinero mientras trabajaba en su casa, “el camión con todos los equipos quedó frente a mi casa por más de un día, hasta que apareció un supuesto sobrino con una cara de descarado”, me cuenta, “claro que sospechaba del muchacho, pero no tenía como chequear y terminé dejando que se llevara el camión, aunque le tiré una foto a su licencia por si resulta un ladronzuelo aprovechado”

Belinda me muestra el abandono de hojas secas en el frente de su puerta, “del jardinero no hemos vuelto a saber”, me aclara.

La señora se ve ridícula con una segadora mecánica en sus manos, una especie de barra con un motor en un extremo y en el otro un pedazo de cuerda de nylon. Intenta ponerla en marcha tirando de un cordón, pero termina por lanzarlo al suelo en medio de un grito cuando el motorcito de combustión se activa.

Se aleja, con pasitos rápidos y mal equilibrados, como si huyera de un animal peligroso, dejando el artilugio ronroneando entre las rosas desatendidas.

Belinda se ríe conmigo de su absurda pretensión de convertirse en su propia empleada, “¡qué va!, prefiero quedarme con la hierba alta”.

Se sacude las manos que nunca se ensució y me pregunta si conozco algún jardinero emergente, “de los baratos, los que una vieja jubilada como yo puede pagar”

De regreso a mi casa Diógenes se burla de Luis y de sus quejas por la falta de mano de obra, lo acusa de explotar a los pobres ilegales del Home Depot, “trabajadores si hay, lo que te cuestan, si buscas en tu teléfono ahora mismo encuentras muchísimos recogedores de escombros”

Diógenes es electricista y tiene un ayudante nicaragüense, como él, vinieron a finales de los 70 y desde entonces trabajan como contratistas en casas privadas. “Las deportaciones no son exclusivas de Trump, siempre las tuvimos”, me cuenta el electricista, “con Obama había tantas deportaciones como ahora, lo que la prensa le tiraba menos”

Entre saco y saco de escombros Luis se toma un pequeño descanso para rebatir a Diógenes, “lo de ahora no se ha visto nunca, incluso están cerrando escuelas porque los niños no se presentan a las aulas, se fueron o están escondidos”

Luis asegura que los trabajadores por la izquierda ayudaban a controlar los precios del mercado, “pero ahora todo está disparado porque no hay quién les haga contrapeso”

Diógenes no está de acuerdo, los precios han subido en todas partes, “la guerra de Irán, el petróleo, la crisis, nada que ver con los ilegales de Home Depot”.

Luis lo ignora y sigue con el tema de los niños, “los parques de Orlando están medio vacíos, en los pasillos de los moles se puede patinar sin problema, ya no se ven muchachos en las calles de mi barrio”

Diógenes se vira con una conclusión inteligente, “acostúmbrate porque esta es la nueva realidad y por experiencia te digo que, en el mejor de los casos, la cosa se queda igual, porque nunca volveremos al estado anterior”

Otro lugar que se ha visto resentido es el campo de tiro de Tamiami, antes teníamos que esperar como veinte minutos entre ronda y ronda, ahora somos tan pocos que podemos consumir un turno detrás del otro.

“El calor y los precios que subieron demasiado”, asegura Oscarito mientras recarga su escopeta para dispararle a los discos.

Le insisto que nadie puede negar que han desaparecido unos sesenta tiradores que se habían incorporado en los últimos años y que escalonadamente dejaron de asistir. “Era el team de la I 220 A, estaban tratando de legalizarse y no pudieron, así que tuvieron que correr y sabrá Dios a donde fueron a parar, porque para Cuba seguro que no volvieron”, me cuenta Oscarito antes de gritar “vaaa” para que el operador le libere dos discos a la vez, que vuelan en direcciones diferentes. Oscarito los persigue con dos disparos precisos, primero tumba el de la izquierda, luego regresa el cañón del arma como un relámpago para alcanzar el segundo disco, instantes antes de que consiguiera esconderse detrás de la caseta de la izquierda.

Le recuerdo que había venezolanos y centroamericanos entre los nuevos tiradores, Oscarito los califica como los TPS, “también tuvieron que perderse”

Noel, otro de los pocos tiradores que quedan me cuenta que le va muy mal en su negocio de aire acondicionado porque hay pocos clientes comprando, “los que quedan prefieren reparar el viejo y no comprar el nuevo, el verano siempre me garantizaba una buena venta, ahora tengo las máquinas metidas en sus cajas, cogiendo polvo en el almacén”

Le pregunto si ha subido los precios, “claro que sí, todo me ha subido también, tengo que treparme o no subsisto”

Noel dice que no ha abandonado el vicio de venir a tumbar discos, pero sí ha espaciado las visitas, “no tengo problemas de residencia, lo que tengo es problema con el bolsillo”

El que conocemos como David “el profesor”, se incorpora al grupo, “está vendiendo la escopeta nueva, la Beretta que acaba de comprar”, me advierte Oscarito ante la presencia del cuarto tirador, “dice que está detrás de un arma mejor, pero yo creo que es indocumentado y se le acabó el oxígeno”

David saluda con desgano al tiempo que saca su escopeta del forro y me la ofrece, mucho más barata de lo que yo sé que le costó, la aguanta con la punta de los dedos y la estira en mi dirección

Si proponérselo el profesor ha adoptado la misma pose de Belinda con la cortadora mecánica, me rio de lo ridículo que se ve estirando los brazos y alejando de sí la escopeta, lo único que le falta es lanzarla al suelo para que ya fuera un Dejavu perfecto.

La otra diferencia es que Belinda se reía de su desgracia, David, por el contrario, se ve muy triste, deprimido.

Oscar culpa a la lluvia por lo alto de la hierba en el campo de tiro, yo comienzo a sospechar de alguna visita de ICE, él dice que no, que son los mismos empleados los que manejan el carrito, “y esos muchachos sí son ciudadanos”, me advierte en un susurro para que David no le escuche.

Temas

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Deja tu comentario

Te puede interesar