MIAMI.- "En Venezuela no hay una guerra económica, hay una economía de guerra, que lo sepa el mundo”. Fue la declaración de Henrique Capriles quien, con este juego de palabras, describe la situación límite que están viviendo los venezolanos. Ya nadie duda de que, a día de hoy, Venezuela es una olla a presión en la que los ciudadanos se encuentran asfixiados por la pérdida de rumbo político por un lado y por la falta de horizonte en lo que se refiere a la más mínima subsistencia.
La caída del petróleo y el desabastecimiento plasmado en un país que se ha convertido en una cola eterna, son la evidencia más clara de que algo tiene que cambiar en el país más pronto que tarde. Y no se trata de alimentar el fuego del golpismo o de poner un altavoz al ruido de sables. El descontento no es patrimonio de un sector de la población o de un grupo de opositores. Como demuestran las encuestas, casi nadie está contento con la gestión que de la rampante crisis está haciendo Nicolás Maduro.
En medio de este desgobierno, Capriles destacaba ayer la fase terminal del proyecto chavista mientras María Corina Machado, Leopoldo López y Antonio Ledezma hicieron un llamamiento mediante un comunicado “a todas las fuerzas democráticas a construir juntos, dentro del mayor espíritu de unidad nacional y actuando estrictamente apegados a la Constitución nacional, una alternativa que saque al país del rumbo de colapso en que la incompetencia, la corrupción y el dogmatismo ideológico de un fracasado modelo extranjero lo han colocado”.
Es la hora de la unidad de los demócratas frente a los que han devaluado el concepto de democracia haciendo un uso fraudulento e ilegítimo del significado de tan preciada palabra.