Para obtener una vida más allá de lo que imaginaste, a lo mejor tendrás que hacer lo que pocos están dispuestos. Algo que no te hace quedar bien.
Lloré mi primera semana como “hostess” en un restaurante mientras limpiaba mesas junto a los meseros. Elegí ese trabajo nocturno para poder reservar mis horas de oficina
Para obtener una vida más allá de lo que imaginaste, a lo mejor tendrás que hacer lo que pocos están dispuestos. Algo que no te hace quedar bien.
Tal vez luzca más o menos así:
Lloré mi primera semana como “hostess” en un restaurante mientras limpiaba mesas junto a los meseros. Elegí ese trabajo nocturno para poder reservar mis horas de oficina —y mi capacidad mental— para construir mi nueva empresa de producción. Pero tomar la decisión correcta no siempre significa que no dolerá.
Después de más de 20 años en corporaciones de medios reconocidas, después de ganar un Emmy, después de ser una reportera en quien se confiaba para historias tan importantes como la que me llevó a Cuba para cubrir los primeros vuelos comerciales estadounidenses a la isla en seis décadas... y tan triviales como aquella vez que estuve frente a un hospital rural a las 11 p.m. transmitiendo en vivo sobre una cuidadora de zoológico a quien un tigre (supuestamente por accidente) le mordió un dedo... estaba lista para seguir mi camino.
O sea, hasta la cuidadora había seguido su camino. Le dieron de alta (con el dedo intacto) horas antes de que yo saliera al aire. Pero bueno, mis productores tenían un noticiero que llenar.
Llevo cuatro años en este tren de la reinvención. Reinventarse suena valiente. Pero aquí les va la verdad:
Nadie te va a celebrar. Por lo menos no hasta que ese huevo que estás incubando finalmente se rompa. Y eso puede tomar años. Mientras tanto, agárrate fuerte del pasamanos—[un guiño a mis pasajeros del subway de Nueva York]—porque nadie va a venir a darte su aprobación.
Desde que lancé mi empresa, he hecho todo tipo de trabajos ocasionales y mucho discernimiento estratégico para refinar la visión de lo que estamos construyendo como compañía. Hemos logrado bastante: producir nuestro primer documental, crear activos de marca, lanzar nuestras redes sociales, armar un equipo, incluso salir de gira de prensa. Y aún... nos falta mucho camino por recorrer.
Lo más admirable, quizás, es que la mayoría de ese trabajo lo hice desde mi cama. Literalmente.
Como madre soltera viviendo en una casa multigeneracional cubana—con cuatro generaciones de mujeres bajo un mismo techo—no había espacio para un escritorio. Así que durante años, era solo una Nathalia en forma de L sobre el colchón, intentando mecanografiar sobre una de esas bandejas para el desayuno-en-cama, y persiguiendo bolígrafos entre los pliegues del edredón.
Decir que ha sido difícil (o más bien, suave) es quedarme corta. Y aún así, nada me ha detenido—ni siquiera el dolor de espalda o la tendinitis en el brazo.
Aquí les va otro secreto: algunos de mis seres queridos intentaron detenerme. No solo con dudas—sino con obstáculos reales. Construir una empresa no solo ha requerido agallas en el mercado. Ha requerido agallas en la sala de mi casa. Ha habido miradas de reojo, comentarios cuestionables y esfuerzos pasivo-agresivos para frenar mi progreso—de personas que amo.
Y aún así, seguí marchando.
Después de mucha reflexión y oración (¿Se puede mencionar la oración en LinkedIn?) aprendí a ver sus reacciones con compasión. Entendí que la resistencia de esas personas nace del amor. Y del temor. Me di cuenta que intentan protegerme del fracaso. De hacer el ridículo. Del sufrimiento.
Porque imagínate… ver a tu hija, una mamá soltera, con educación universitaria, con más de 40 años—quien ya apenas sobrevive—decidir alejarse de la seguridad de un salario estable en los medios corporativos.
Luego, verla tomar trabajos esporádicos como productora freelance. Luego ayudante de coordinadora de bodas. Luego repartidora de DoorDash. Luego anfitriona en un restaurante. Todo eso mientras construye su empresa soñada desde la casa de su abuela. O sea…
Fácilmente podría parecer que ha perdido la cordura. Pero la verdad es que nunca he estado tan centrada. Tan aterrizada.
Elegir el camino no glamoroso ha sido una de las decisiones más formativas de mi vida. Después de décadas en el ambiente prestigioso —y sí, superficial— de la televisión, un trabajo de bajo estatus me enseñó lecciones que ninguna sala de redacción, ni set de producción me podría haber enseñado. Me ha forjado una virtud que no se puede fingir, y a la que no se puede acceder hasta que te la ganas.
La industria del restaurante, por ejemplo, me ha mostrado facetas de la condición humana —la mía propia incluida— que nunca había visto. E irónicamente, eso me ha hecho una mejor periodista. No tuve que ir al Medio Oriente para sentirme corresponsal extranjera. Solo tuve que trabajar un turno de cena en un pequeño bistro francés en el vecindario más antiguo de Miami.
Nos encanta celebrar a quienes hacen cosas difíciles para lograr un sueño, siempre y cuando esas cosas difíciles encajen en un molde pre-aprobado. Solo celebramos algunos procesos "duros" como escalar montañas, correr maratones, pero rara vez admiramos el proceso de una ex reportera convertida en trabajadora de restaurante.
Y está bien. Porque cómo me vean los demás no es asunto mío.
Mi asunto es mi empresa, Natush Media.
Y sea que me admiren o me juzguen, mi misión sigue siendo la misma: crear contenido que informe e inspire—en inglés, español... y espanglish, cuando sea apropiado.
Ah… y ahora quizás un poquito de francés. Mentira… solo sé decir, “Bon soir”.
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