El contratista Alan Gross pasó cinco años en la prisión en Cuba. Cinco años es un corto período de encarcelamiento comparado con las largas condenas y años de encierro de los miles y miles (hombres y mujeres) de presos políticos cubanos que han pasado por la prisión, bajo el Gobierno castrocomunista.
Pero, de todos modos, cinco años o cualquier tiempo, en una cárcel y más bajo aquella dictadura, merecía la condolencia y la solidaridad de la opinión internacional, y más cuando esta última supo siempre que la de Ross fue una condena injusta, y en todo caso inadecuada, que aquel Gobierno tendió como la trampa de un rehén para una programada negociación por unos espías convictos, sancionados por la justicia norteamericana, por delitos de una mayor entidad criminal.
En virtud de lo anterior, se llevó a cabo un reclamo internacional por la excarcelación de Alan Gross, en cuya campaña el exilio político cubano anticastrista hizo un gran aporte, continuo y de mucho peso, sumándose a ese campaña.
En medio de todas las turbias negociaciones para el restablecimiento de las relaciones diplomáticas –y de ayuda económica, al final- con el Gobierno castrocomunista, Alan Gross es sacado de la cárcel. Y para sorpresa y desencanto del exilio cubano, de inmediato, el mismo manifiesta su interés de retornar a Cuba, pero ahora para contribuir a las relaciones, y la ayuda económica a Cuba y su dictadura, convirtiéndose así en eficaz vocero de grupos de acción política y económica, que tienen como objetivo recaudar dinero para impulsar los viajes y el comercio con Cuba.
No acabamos de calibrar bien el papel que, en un final, ha jugado Alan Gross en toda esta especie de montaje teatral, en el que ha derivado su caso. ¿A cuál de las partes, en estas relaciones diplomáticas Cuba-EEUU ha servido este personaje. Es algo más que el simple conejillo de indias para canjearlo por unos espías; sino que, descarada y paradójicamente, funciona como un agente de promoción del Gobierno cubano. Y en otro sentido, un pretexto en las turbias y en secreto negociaciones de la actual administración del gobierno norteamericano.
Del exilio cubano anticastrista, del que Gross recibió apoyo y solidaridad, no dijo ni siquiera unas palabras de agradecimiento, sino que manifestó, en cambio, su acomodo al gobierno castrocomunista, enemigo de ese exilio, en ofensiva ingratitud para el mismo.
Gross, a la salida de la cárcel, dejaba detrás, a muchos presos políticos que llevan muchos años de encierro, como son, entre otros: Armando Sosa Fortuny (con más de 35 años en la prisión), Daniel Santovenia (23 años), Humberto del Real (2l años), Miguel Díaz Bouza (21 años), por señalar solo estos casos, entre muchos más, que harían la lista larga.
Alan Gross no miró lo que dejaba atrás –o le dijeron que no mirara-, y no tuvo la menor frase de solidaridad con aquellos presos políticos que, en cierta medida, compartían con él una similar situación.
Al fondo de todo ese montaje teatral, y desconcertante, al caso de Alan Gross señásele su otra imagen de ingratitud y perfidia, que nos duele aceptar.