Admito que vivo un poco a la antigua. Para saldar mis cuentas todavía voy al banco. Allí también suelo tomar café y saludar a toda empleada con caminar de malabarista, por estar trepadas en tacones tan altos.
No obstante, quedan muchísimos otros nichos por cubrir con progresos en pos del desarrollo necesario. Haría falta que más innovaciones se vuelquen, por ejemplo, a la cura de afecciones humanas. Es paradójico que estemos rastreando distintos parajes siderales, mientras nuestro propio cerebro aún nos es un laberinto
Admito que vivo un poco a la antigua. Para saldar mis cuentas todavía voy al banco. Allí también suelo tomar café y saludar a toda empleada con caminar de malabarista, por estar trepadas en tacones tan altos.
En las ventanillas siempre respondo: “no hago mis transacciones por Internet”. Temo que por un dedo atorado en una tecla, se me vayan mis escasos capitales por el Camino Viejo.
Sin embargo, ya me advirtieron espabilarme con los próximos cambios. Podré seguir yendo a beber café con crema –me dijeron-, pero apenas habrá trabajadores a quienes darles los buenos días. “Pronto pondrán máquinas, porque la entidad está recortando gastos”.
O sea, una de las firmas beneficiadas por el Gobierno Federal en septiembre del 2008, con aquel fondo compartido de 700 mil millones de dólares para la compra de activos tóxicos, está por despedir a gran número de personal en todo el país para tener mayores ganancias.
Así pues, por culpa de la avaricia y el mal uso de la tecnología, otros miles de gente calificada estarán en la calle, haciendo más ardua la puja por el trabajo, cuando con fortuna lo que se consigue -al menos en nuestros alrededores- son puestos con menos de 40 horas semanales y salarios frisando la tasa mínima oficial.
Bastante son quienes han sufrido en todos estos años la pérdida de plazas y hasta de sus profesiones, por fallos puramente economicistas.
En la televisión, un sinnúmero de técnicos han sido cesanteados por la introducción de equipos robóticos. En muchas radioemisoras ya no existe el redactor. La mayoría de las noticias e informaciones se brindan con el “corta y pega” de periódicos en el ciberespacio.
Varias aerolíneas, en sus vuelos cortos, casi han eliminado a las aeromozas y sobrecargos. Hay trenes sin conductores. Y ya se habla de autos que prontamente circularán sin choferes.
Al paso que vamos, ¿cómo nos ganaremos el pan de cada día? ¿Para qué extender la esperanza de vida, si ya a su mitad muchos estamos sobrando?
Se hace propicio que los estados mundiales monitoreen más de cerca la introducción de tecnologías que suplanten empleos. Y llegado el caso, regulen sus aplicaciones, porque tal como dijo el presidente Ronald Reagan, con toda su fama de neoliberal, “la primera obligación del Gobierno es proteger a la gente”.
En definitiva, son las autoridades, con las contribuciones fiscales de los ciudadanos, quienes deben afrontar el peso de las cesantías. Y no siempre tienen a mano todas las soluciones a largo plazo.
¿Cuán lógico es que un inventor o compañía se hagan más ricos con ciertas innovaciones, cuando pueden empobrecer el entorno social por el mal manejo de esas propias invenciones?
Asimismo, existe la tendencia de chapotear en una tecnología trivial, de rápida remuneración, cuando todavía existen montones de trabajo bruto por doquier.
No hay más que ver la recolección de frutos y vegetales, realizado mayormente por inmigrantes, como hace tres siglos. También tareas de construcción. Incluso, el lavado de utensilios de cocina, vajillas, mantelería y ropa de cama en los hoteles.
Es penoso observar cómo tantas personas dedican sus vidas en esas cargantes faenas, sin superación individual y poca paga. Y lo peor es que tales quehaceres nunca serán atractivos, de perdurar el criterio de costos vigente que impide poner en ellos el más simple know-how.
Por suerte, hay avances de encomio. En eso resaltan hoy los recientes drones, evitando el riesgo de los pilotos al explorar líneas enemigas y siendo eficientes herramientas en tareas policiales. Asimismo, están los robots sofocando incendios, detonando explosiones o hasta deambulando por superficies astrales.
No obstante, quedan muchísimos otros nichos por cubrir con progresos en pos del desarrollo necesario. Haría falta que más innovaciones se vuelquen, por ejemplo, a la cura de afecciones humanas. Es paradójico que estemos rastreando distintos parajes siderales, mientras nuestro propio cerebro aún nos es un laberinto.
Con todo, el indetenible avance humano no puede marchar a tontas y a ciegas, ni ser aplicado a golpe y porrazo. Suficientes daños se le ha causado a la naturaleza. Y ahora, está en juego la propia subsistencia del Hombre, como ente animal y socialmente-productivo.
