viernes 20  de  febrero 2026
RELATO

Navegando rumbo al sur

Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión

Diario las Américas | CAMILO LORET DE MOLA
Por CAMILO LORET DE MOLA

Roberto llegó espantado del Copacabana, el hotel donde, en La Habana, Cuba, de vez en cuando, conseguía colarse sin pagar, para jugar “cancha”, esa versión del frontón vasco que se inventaron en el Vedado Tennis durante los años de la república y que ha perdurado como deporte favorito entre tantas generaciones.

Pero en aquella tarde de los años 90 Roberto había quedado boquiabierto: luego de conseguir burlar al portero y atravesar a paso doble corto el lobby, ya rumbo a las áreas deportivas y justo a la altura de la piscina, se dio de bruces con Lucius Walker, el ministro bautista estadounidense que tanto salía en televisión.

Casi ni le reconoce porque el tipo no lucía su cuello cerrado y saco negro de pastor, sino unos shorts y camiseta coloridos, como correspondería a cualquier turista dispuesto a compartir tragos y comidas con las jineteras de turno.

“Tremenda borrachera los pastores por la paz, parece que se estaban desquitando de la supuesta huelga de hambre”, me contaba contrariado.

Roberto se sentía jodido, “me volvieron a pescar compadre, yo que siempre estoy en guardia contra el departamento de orientación revolucionaria y resulta que me tragué el cuento de los religiosos consagrados a enfrentar el bloqueo, ¡una banda de putañeros es lo que son!, como cualquiera de las chusmas extranjeras que viene a curdear y fornicar”.

El sueño de aquellos días de periodo especial era la ayuda que en forma de donaciones nos llegaría de otros países, incluso de los Estados Unidos donde estos “hombres de Dios” arriesgaban hasta sus vidas para traerles a los pobres cubanos computadoras, medicinas y cuanto artículo “el cruel bloqueo” obstruía en su paso hacia “la isla de la libertad”.

El noticiero era prolijo en imágenes de los pastores con sus ropas oscuras, enfrentando físicamente a los agentes de aduana que intentaban arrebatarles de sus manos los monitores por los que forcejeaban. El enfrentamiento llegó a tal punto que los pastores se declararon en huelga de hambre hasta que las mercaderías de segunda mano fueran liberadas y se les permitiera el paso a México. Todo el reportaje siempre aparecía en nuestro televisor aderezado con la música patriótica reservada para los grandes momentos revolucionarios.

Incluso más de una militante cubana, (siempre de la tercera edad), lloraron en pantalla por la suerte de los guerreros de la fe, como si los conociera de toda la vida, “el pobre Lucius”, decían entre sollozos y al borde la histeria partidista, “que todo lo que hace es por amor”.

Y resulta que después de habernos comido los sesos con la historia, de sufrir en masa por la abstinencia solidaria de Lucius and Company, el régimen comete el craso error de dejar a los pastores “despelotarse”, Havana Club mediante, con un bando de muchachitas necesitadas, en una piscina a la que podían tener acceso las víctimas de la desinformación oficial.

“Siempre la cagan estos mentirosos, pero por el camino nos arrastran un poco”, sentenciaba Roberto quien recordaba a Fidel en persona negándole a la periodista Barbara Walters que Robert Vezco estuviera escondido en Cuba, cuando todos sabíamos que vivía en el reparto Siboney y que la casa era protegida como si de una embajada se tratara.

Años después nos pasaría igual con Salinas de Gortari, el expresidente de México que aparecía esporádicamente por las tiendas y restaurantes de lujo de La Habana cuando el dictador en jefe se las gastaba de asegurar que por allí pasó pero que no se quedó.

“Los pastores por la dieta”, como los bautizara mi difunto amigo Sergio Restano, me vienen a la cabeza ahora que se anuncia la creación de una nueva flotilla internacional para burlar el embargo y llevar ayuda solitaria a la isla.

Con el cambio generacional lo de la flotilla de marras, a la que han nombrado “Nuestra América”, parecerá algo nuevo y loable para muchos, pero los que peinamos canas sabemos que es un invento de La Habana, un intento, repetido ya tantas veces, para tratar de socavar la presiones que casi les ahogan. Que estos tipos de la inteligencia castrista no crean nuevas estrategias, es la marcha medieval contra la muralla, una y otra vez y en la misma formación de siempre.

De seguro encontraran suficientes tontos útiles para montarse en esos botes, o quizás consiguen a los émulos de los pastores de Lucius, los nuevos oportunistas que se enrolen soñando con la recompensa de unos tersos muslos o unos turgentes senos al final del camino, como merecido premio por hacerle el juego a la tiranía.

Estaría bien que se concretara la idea que algunos representantes del exilio han echado a rodar: crear nuestra propia flotilla, que si ellos alcanzan ¿por qué nosotros no podemos llevar ayuda entonces?, de seguro que encontramos a muchos dispuestos también a embarcarse, pero sin discurso político, o con el discurso contrario.

Hasta yo me apunto, hasta ayudo a acopiar, presto a navegar a riesgo de que nos hundan, a imponernos al bloqueo real, al cerco verde olivo que no nos deja acercarnos al litoral que nos vio nacer.

Vayamos a dejarlos en evidencia. Naveguemos juntos, mezclemos botes, los de ellos con los de nosotros.

Veamos como sufren los cancerberos obligados a sacar sus Griffin de los muelles, así llaman a sus lanchas guardacostas, famosas por la cantidad de combustible que gastan. Un favor indirecto para los cubanos de a pie porque el petróleo tendría que desviarlo de sus patrullas, de su represión callejera diaria.

Los imagino en altamar, intentando entresacar los marineros que les convienen de los que vamos con el corazón.

Presionemos al moribundo sistema, que sin combustible ni cómplices hoy se juega las cartas de la represión interna y de la provocación de supuestas flotillas independientes como recursos finales de subsistencia, intentando ganar tiempo, rezando porque “pase algo que nos borre de pronto”.

Aunque esta vez “la luz cegadora” o “el disparo de nieve” estén dirigidos contra ellos.

Echémonos al mar, pongamos proa al sur, llevemos ayuda material y de espíritu, busquemos a Ramón Saul Sánchez, con quien he tenido el placer de patrullar las aguas de los cayos en busca de balseros cubanos.

Él de seguro se apunta, organiza, se amarra al frente de la idea, pone todo lo que tiene y lo que no tiene en función de este sueño que... quien sabe... quizás más que una utopía se convierta en el golpe de gracia que necesitamos todos, los de allá y lo de acullá.

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