Un reinicio. Eso es lo único positivo que podría encontrar Cuba después del golpe escalofriante que el huracán Irma infligió al pueblo cubano. Atónitos están todos frente a las imágenes de una isla mortalmente herida. Fotos que van goteando desazón, optimismo, pesimismo, desazón otra vez, en las pantallas del primer mundo. Por un lado, está la inquietud de quienes nunca se han visto frente a frente con una tormenta tan violenta como esta que acaba de azotar a las islas del Caribe, a Cuba y a Florida; en la otra cara de la misma moneda, las reacciones y posturas posteriores. La más común, la de inmediata solidaridad.

Millones de personas sienten el deseo de adherirse a un acto colectivo de respaldo e identificación con quienes sufren una debacle puntual. Hoy son los cubanos y los habitantes de varias islas caribeñas, como en el pasado fue Haití devastado por un terremoto asesino. En esas latitudes, abundan los desastres naturales que cada cierta cantidad de años dejan destrozos cada vez más graves pues se acumulan junto a las secuelas no resueltas de los anteriores.

Así pasa hoy en Cuba. El 5 de septiembre de 2017, cuando Irma ya había sido investido con el título del huracán más poderoso del que se tenga registro en el Atlántico, miles de ciudadanos cubanos seguían clamando frente a las puertas de los establecimientos estatales por un techo, una ventana, algo de material para reconstruir su vivienda afectada por un ciclón de hace cinco años. Es absolutamente probable que los damnificados directos de Irma, sean damnificados indirectos del Matthew que arrasó el oriente de Cuba hace un año. O viceversa y miles de combinaciones más que hacen juego con tormentas impías como Dennys (2005) y Gustav (2008), por poner dos malos malotes como ejemplo.

Porque desde 2001 por Cuba han pasado 11 huracanes. Demasiados. El efecto acumulativo es tan grave, como las magnitudes 4 y 5 en la escala Saffir-Simpson de cualquier ciclón tropical. Porque en Cuba, los apuntalamientos se hacen a base de tablas y clavos, ensamblajes efímeros cuyas tablas van haciendo falta luego para cualquier cosa. Porque el precio de un bloque de concreto o un saco de cemento es prohibitivo para las personas modestas que viven en esas modestas viviendas que llevan más de 60 años sin recibir una evaluación o reparación decente. Porque esas modestas viviendas enclavadas en modestas cuarterías a veces viven tres generaciones en dos habitaciones tipo barbacoa, o en un “llega y pon”.

Las barbacoas se hicieron célebres durante el éxodo del campo a la ciudad que experimentó la Habana en la década de los 80, mientras Cuba se debatía en una fase de “rectificación de errores” que nunca concluyó. Se trata de la construcción de un espacio extra dentro de una casa de puntal alto. Un inserto hecho de materiales ligeros que con el tiempo dañan la estructura del piso, pues su fijación va a paredes de carga. Los “llega y pon” son estancias adjuntas que se van construyendo a partir de paredes exteriores que terminan siendo interiores en la “nueva vivienda” o simplemente cuatro tablas que apenas soportan un techo de zinc o de asbesto, cemento amarrado o pegado con técnicas populares diversas, cuya única solidez es el ingenio con que fueron concebidas.

Pues bien, los propietarios de tales infraviviendas, por probabilidades, terminan perdiendo casi todo lo poco que tienen cada cierto tiempo. Pongamos que es un parque de viviendas ruinoso que dura levantado una o dos décadas. El déficit de vivienda en Cuba se eleva a más de un millón 500 mil. Son familias que viven hacinadas y con bajísimos recursos, en barriadas enteras construidas al golpe ilegal de un martillo y cuatro tablas. En albergues donde la provisionalidad se transmuta en espera eterna ante cada nuevo giro del destino. También entra en juego el llamado desvío de recursos, una fórmula mágica o variante del “resolver” que hallada por no pocos cargos intermedios (responsables de almacenes, directivos, jefes de planta, jefes de distribución, empleados, socios, responsables, etc.) para progresar en medio de un Estado demasiado centralizado e incapaz de establecer políticas públicas verdaderamente eficientes.

Con este panorama en la estructura de gestión más visible del régimen, caben varios cuestionamientos antes de pasar a la urgente acción de ayudar a las familias cubanas en desamparo. Las agencias humanitarias y los gobiernos tienen la obligación de garantizar que los recursos que ya van rumbo a Cuba sean repartidos con justicia, independencia y directamente a los damnificados. Además, otras organizaciones deberían respaldar informes y estudios independientes que consignen y activen políticas de construcción y mejora del parque de viviendas de toda Cuba.

Al gobierno cubano nada de esto le debería tomar por sorpresa. El Doctor en Climatología del Instituto de Meteorología, Ramón Pérez, declaró recientemente a la agencia rusa Sputnik, que "La ocurrencia de siete huracanes intensos en la década 2001-2010 constituye un récord en los últimos 226 años". Para este científico cubano las sociedades deben tomar muy en cuenta las variaciones de la actividad de los huracanes para conseguir una adecuada adaptación a un posible incremento de la frecuencia y de la intensidad de los ciclones. En mayo de este año, en un artículo publicado en el periódico oficialista Granma, el propio Pérez llamaba la atención sobre los peligros de esta temporada de huracanes. El artículo terminaba diciendo “Más allá de la cantidad de ciclones que pueda haber en toda la cuenca del Atlántico tropical, lo imprescindible radica en estar preparados y trabajar de manera constante y oportuna en la reducción de vulnerabilidades. Seamos previsores.” La principal vulnerabilidad y lo que mayor cantidad de muertes causa en Cuba ante un desastre así, es el deteriorado estado de las infraestructuras en general.

La solidaridad deberá ser bien gestionada

Mientras los pavorosos estertores de Irma seguían azotando al centro y occidente de la Isla, muchos líderes, diplomáticos y representantes de organismos humanitarios internacionales, iniciaron una ola de mensajes de solidaridad con “el pueblo de Cuba”. Si hay paciencia para leer uno por uno, verán que coinciden en una idea-frase, “confianza en la fortaleza y solidaridad del pueblo de Cuba para enfrentar situaciones difíciles”. No es posible que todos hayan cortado y pegado una frase así que, por instinto es lo mínimo que puede hacer un pueblo que se las ha visto solo desde el año 89 con la caída del Muro de Berlín. Los cubanos acumulan ya 28 años de expertise en situaciones sumamente difíciles. Cualquiera de ellos posee un currículum ganador en situaciones extremas de supervivencia.

Cada vez que un fenómeno meteorológico transforma la orografía, el curso de los ríos, rompe los sistemas hidrológicos, arrasa viviendas y golpea las infraestructuras de un país pobre, las muestras de solidaridad se multiplican en los medios. Los usuarios de redes sociales también se han incorporado a esta ola humanitaria con cierta candidez. No existe mecanismo en el mundo capaz de abarcar y canalizar los recursos de una ola solidaria de gran envergadura que provenga exclusivamente del civismo y de la fraternidad voluntaria de la ciudadanía.

Venezuela, Ecuador, Panamá, El Salvador, Nicaragua, Colombia se alistaron para el envío de materiales, comida y productos básicos a Cuba. Que nadie se llame a engaño, no será suficiente. Son países abrumados por la recesión económica y la pobreza. Tampoco que el presidente ruso, Vladimir Putin, haya manifestado estar listo para ayudar “en todo lo que haga falta” para la reconstrucción post Irma. Hace solo unos meses Rusia volvió a instalarse como el primer socio comercial de Cuba para la reactivación de rubros económicos tan importantes como la industria azucarera, la recuperación automotriz y, de paso, la modernización de armamentos y elementos de defensa.

En el caso concreto de Cuba, los apaleados por cualquier ciclón tardarían demasiado en recibir poco más que tres productos enlatados más por mes. No tanto por la indiferencia del macro Estado burocrático -que casi-, como por la falta de mecanismos viables de gestión real de una crisis humanitaria como la que hoy tiene frente a sus narices. La Defensa Civil de Cuba, fue una de las mejores del mundo en prevención de pérdidas humanas, de eso no hay dudas. Sin embargo, tanto el paulatino deterioro del parque viviendas, como la excesiva militarización de la gestión turísticas, lastran sus esfuerzos. Ahora los mismos que deben evacuar la población, están muy preocupados por preservar la integridad de las instalaciones e infraestructuras del turismo. El propio ejército sería también el encargado de entregar los productos, alimentos e insumos a la población necesitada en un momento de crisis. Un ejército cuyo modelo de gestión es un oligopolio al estilo occidental llamado GAESA.

En el comunicado del gobernante Raúl Castro al pueblo cubano divulgado esta semana, se le dedicaban tres oraciones a la estrategia de reconstruir las infraestructuras turísticas de la cayería norte de Cuba y ni una mención a soluciones a corto o medio plazo para la construcción de viviendas dignas y resistentes. Literalmente dice que cuenta con los recursos humanos y materiales para levantar en tres meses la infraestructura hotelera destruida por el huracán. Los daños aún se están contabilizando, pero ya es sabido que son cuantiosos y complejos. Puentes, pedraplenes, un aeropuerto, carreteras y una lista larga de elementos que resultaron dañados de forma colateral, pero que intervienen directamente en el desarrollo del turismo.

GAESA, la empresa militar multimillonaria encargada de gestionar prácticamente la totalidad de los recursos turísticos de la Isla, es una asidua importadora de frutas y vegetales a un país en el que cualquier semilla podría crecer silvestre. Es la misma empresa que se encargará de la reconstrucción turística. GAESA ya existía antes del huracán Irma y el turismo iba viento en popa. Entonces, qué tiene que ver el turismo como “una de las principales fuentes de ingreso de la economía nacional” con las familias cubanas que llevan años esperando soluciones habitacionales.

De solidaridad no vive el pueblo

Y claro que los cubanos son resistentes, son dignos, son solidarios. Lo son. Claro que parecen un pueblo alegre la mayoría de las veces con un plato de chícharos en el estómago o una cajita de arroz congrí y carne de puerco, da igual. Pero Irma ha rociado con las aguas una pátina enorme de desesperanza. Los habaneros que se abrían paso ayer en las calles inundadas no estaban simplemente mirando la virulencia del agua salada. Antes había algunas válvulas de escape, pies mojados-pies secos, negocios familiares, normalización de relaciones EEUU-Cuba. Ahora no hay nada. Las jornadas de apagón que aún les quedan por delante dará para reflexionar mucho y caer en cuenta de que están en un callejón cíclico del que solo se sale actuando.

Es posible que la mente se vaya por veredas nuevas. Qué salida van a encontrar para los suyos, más allá de recibir unos cuantos dólares de vez en cuando para gastarlos en las tiendas del Estado gestionadas por GAESA donde cualquier producto de la canasta básica cuesta el triple que en cualquier país en el que el salario es cien veces superior al de cualquier cubano. Qué han hecho ellos para merecer eso. Qué futuro pueden construir si el inhumano embargo de Estados Unidos continúa socavando a un gobierno obcecado en seguir prácticas socialistas neoliberales –paradoja que necesita análisis profundo-.

Hallando paradójico también que, aquellos históricos alzados en armas para dar a los pobres y quitar a los ricos, son quienes viven ahora en aquellas mejores casas de los pudientes de antaño y crean sub-comodidades para garantizar sub-lealtades sus más cercanos súbditos. ¿Rebelión en la granja? No es aconsejable ante un Estado represivo de un país incomunicado. ¿Rebelión en las urnas? Quizás este crudo momentum creado por Irma, deje poso y el equilibrio supra Estado - familia trabajadora comience a compensar a los más necesitados de verdad. Pongamos sobre la mesa del dominó una teoría utópica ahora que también es tiempo de elecciones en la Isla. Si en el 50% de circunscripciones fuese elegido(a) un delegado(a) que priorice las verdaderas necesidades del pueblo, por encima de las necedades que desvirtúan el fin último de la economía de un país, puede que dentro de una década haya esperanza para esos cubanos que ayer amanecieron sumergidos en la parte de abajo de sus barbacoas, o que no encuentran ni una tabla de su “llega y pon”. Ese sería un verdadero reinicio.

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