LA HABANA.- Corre una brisa ligeramente húmeda y fría cuando Antonio, después de beber un sorbo de café más bien amargo, con su caretilla de madera y ruedas de acero oxidadas, se desplaza a un surtidor de agua situado en la calle Manglar, muy cerca de un antiguo campo deportivo en el superpoblado barrio de La Victoria, en el corazón de La Habana.

Encima de la carretilla lleva acoplado un par de tanques metálicos cilíndricos que pueden cargar 55 galones de agua cada uno. A las siete de la mañana, cuando en la ciudad se escucha como una sinfonía desafinada un reguero de alarmas de relojes despertadores y los habaneros se preparan para ir al trabajo o la escuela, Antonio descarga decenas de cubos a varios clientes en el barrio de San Leopoldo.

“Hace dos años, por llenar un tanque de 55 galones cobraba 50 pesos -equivalente a dos dólares- ahora por la sequía, que está provocando cierta escasez, el precio ha subido a 60 pesos por cada tanque”, explica Antonio, mientras en una cafetería particular almuerza una ración de arroz congrí, bistec de cerdo y ensalada de col y pepino.

Después de la cinco de la tarde vuelve a recorrer los barrios del centro de la capital para vender el agua. En un día puede ganar 500 pesos, alrededor de 20 dólares. “Además de ganar dinero me mantengo en forma”, dice, y muestra sus bíceps entrenados tras casi veinte años cargando cubos de agua.

En La Habana hay más de 170.000 núcleos que no reciben agua potable en sus domicilios. Algunos por roturas en las instalaciones hidráulicas y otros porque con chapas de aluminio y trozos de cartón y chapas han levantado espantosas chabolas sin baños y carentes de las más elementales condiciones para la vida humana.

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Para los cubanos se ha vuelto más que habitual el acopio de agua en los lugares más disímiles.
Para los cubanos se ha vuelto más que habitual el acopio de agua en los lugares más disímiles.

Según un funcionario de la estatal Aguas de La Habana, “esas personas deben recibir el agua en camiones cisternas. Pero bien por la reducción de combustible, la sequía que afecta al país o por simple corrupción, pues los “piperos” les venden agua a quienes la puedan pagar, miles de familias no reciben el agua en tiempo y forma”.

En Cuba, producto de la disfuncionalidad del gobierno y baja productividad que genera escasez, cualquier cosa suele ser un negocio. El agua no podía ser menos.

Desde aguateros, como Antonio, que recorren las calles cuarteadas de la parte antigua de La Habana vendiendo agua, hasta camiones cisternas de empresas estatales que también lucran con el preciado líquido.

“Una pipa completa en estos momentos cuesta entre 25 y 30 pesos convertibles (cuc), equivalente al dólar. Y la demanda supera la oferta. La compran los dueños de negocios gastronómicos o de hospedajes, los que tienen piscinas en sus casas y en edificios donde hay déficit de agua y la gente hace colectas en moneda dura”, expresa el conductor de un camión cisterna.

El problema del abasto de agua en la capital es de vieja data. Por falta de una política hidráulica coherente, el régimen se ha visto desbordado en algo que es tan imprescindible como el agua.

Con una población que supera los dos millones y medio de habitantes, La Habana sigue teniendo como su principal abastecedor el añejo Acueducto de Albear, una obra maestra de la ingeniería industrial que se comenzó a construir en 1858 y fue inaugurado en 1893, para una ciudad de 600.000 residentes.

Cuando Fidel Castro ocupó el poder en enero de 1959, y tras el paso en octubre de 1963 del huracán Flora, que dejó más de 1.000 fallecidos en la región oriental de la isla, se construyeron cientos de presas y reservorios de agua que multiplicaron por cinco las capacidades de almacenamiento hidráulico.

En 1987 se inició la construcción del acueducto El Gato en la zona sureste de La Habana. Pero por falta de mantenimiento en las redes de acueducto y alcantarillado, más de la mitad del agua que se distribuía se perdía por salideros y roturas de las cañerías.

En medio de la actual sequía, que azota el 81% del país, considerada la peor que sufre Cuba en los últimos cien años, las autoridades que administran los recursos hidráulicos han endurecido las medidas para impedir el despilfarro del agua.

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La fuente de dónde obtener el agua en Cuba puede encontrarse en cualquier espacio, incluso, a ras de la tierra.
La fuente de dónde obtener el agua en Cuba puede encontrarse en cualquier espacio, incluso, a ras de la tierra.

El director de atención a la población de Aguas de La Habana, Manuel Manso, explicó que un cuerpo de inspectores integrado por 108 trabajadores intenta actuar de manera más directa con los consumidores, ya sean empresariales o residenciales. Unas de las disposiciones es la aplicación de multas, que en el caso de los privados ya se han impuesto 870, con un monto de hasta 1.000 pesos (unos 42 dólares).

A pesar de que el régimen ha invertido cerca de 9 millones de dólares en la rehabilitación de 748.6 kilómetros de redes hidráulicas en la capital, el esfuerzo parece ser insuficiente.

“La empresa repara un tramo, pero entonces la presión de agua avería otro tramo que aún no ha sido reparado. Además, la calidad de los arreglos no siempre es buena. Y la obsolescencia tecnológica y el tiempo que esas redes llevan sin recibir mantenimiento complican la cosa. Es como arar en el mar”, detalla un ingeniero.

A una especialista de Higiene y Epidemiología, lo que más le preocupa es “que el déficit de agua en el sector residencial pueda repercutir en el surgimiento de nuevos focos de criaderos de mosquitos Aedes Aegypti, propagadores del dengue, chikungunya y otras enfermedades mortales. A eso súmale la proliferación de ratas y cucarachas. La escasez de agua, la limpieza deficiente en calles y espacios públicos y la irresponsabilidad de ciudadanos que vierten desechos en cualquier esquina, han convertido a La Habana en una de las urbes más sucias de América Latina”.

De persistir la sequía, la deficiente labor de higiene en la ciudad y problemas en el abasto del agua, que provoca que las familias reserven agua en depósitos inapropiados sin la protección adecuada, la llegada del verano pudiera ser el caldo de cultivo para una epidemia a gran escala.

“Todos los años corremos el mismo peligro, por no regularizar la labor profiláctica y por falta de higiene en la ciudad”, indica una funcionaria. Y es que caminar al borde de un precipicio siempre encierra riesgos.

Todavía no ha llegado lo peor. Pero las condiciones están dadas.

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