LA HABANA. Encorvado y con una talla más grande de uniforme militar, ayudado por su nieto, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, también jefe de la escolta personal, Raúl Castro se paró de la butaca de cuero beige de la mesa presidencial y con paso de anciano exhausto, se dirigió al estrado para pronunciar el discurso final del cónclave.

Colocó una carpeta con varios folios en un panel situado debajo del micrófono, se acomodó las gafas doradas y con su voz áspera comenzó a leer la alocución que clausuraba la octava legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, una imitación de un Parlamento occidental, pero sin voces opositoras.

La intervención de Castro duró poco más de treinta minutos. Mientras hablaba, Melissa, estudiante de bachiller, hacía ejercicios en la sala de su casa frente a la pantalla plana de un televisor de 32 pulgadas. En el patio, el padre y tres amigos jugaban dominó. Cuando le preguntan sobre lo que dijo, la joven se encoge de hombros y sonríe.

“Es que tenía puesta la tele sin audio. Estaba esperando a que Raúl terminara para ver la novela. A mí no me interesa la política y menos esas reuniones, son siempre lo mismo”, dice la joven.

A esa hora, nueve de la noche en La Habana, muy pocos habían seguido las palabras de Castro. En short y con una camiseta del equipo de baloncesto Miami HEAT, Fernando charlaba con dos vecinos en el portal de una bodega.

Cuando DIARIO LAS AMÉRICAS les pidió una valoración del discurso del gobernante, pusieron cara de póker. “Del discurso no te puedo decir, pero de la Asamblea del Poder Popular sé que, entre otras cosas, se habló de lo caro que cuestan lo juguetes, que en el campo se pierde más de la mitad de la cosecha agrícola y que hay un déficit de más de 800.000 viviendas”, responde uno de los vecinos.

Once de catorce personas encuestadas, dijeron no haber escuchado el discurso de Raúl, desconocían que según los cálculos del régimen la economía creció 1.1% en el primer semestre del año y confesaron que no les interesaban los temas tratados en las sesiones del Parlamento.

“Asere [mi amigo, en jerga popular], siempre es la misa muela [discurso]. Esa gente [los diputados] en realidad no representa los verdaderos intereses del pueblo. Se reúnen dos veces al año para hablar sobre los mismos temas y al final no resuelven nada. Hay que estar loco o fuma’o [endrogado] pa’dispararse [escuchar] esa trova [discurso] por la televisión”, apuntó Ignacio, obrero metalúrgico.

Carlos, chofer de una cooperativa de ómnibus ruteros, considera que la gente de la calle “está cansada del mismo rollo [discurso]. Tú ves a los diputados y dirigentes, la mayoría gordos y barrigones, que se reúnen, estudian y proponen medidas que nunca mejoran la calidad de vida de la gente. Por eso la mayoría de los cubanos no siguen esas reuniones”.

Añadió: “Yo mismo trabajo en una cooperativa de transporte, que de cooperativa nada más que tiene el nombre. Los asociados somos marionetas. Las instituciones gubernamentales son las que mandan. El Estado ha montado un negocio paralelo con el transporte público. Le entregan a la cooperativa un montón de autos y ómnibus viejos, los trabajadores debemos costear las piezas de repuestos y luego nos explotan como esclavos. El mayor porcentaje del dinero se lo embolsa el Ministerio de Transportes y nadie sabe adónde va a parar la plata”.

Aunque la economía hace agua y es evidente el desabastecimiento en mercados agrícolas, tiendas por divisas y farmacias, un segmento considerable de los cubanos mira con indiferencia el panorama político nacional.

“Existe cansancio crónico. La apatía consume a buena parte de la población. No quieren saber nada de política. Están hastiados de todo. Lo que quieren es vivir lo mejor posible y los más jóvenes, si se les presenta una oportunidad, emigrar. Esa apatía favorece al régimen porque así gobierna sin contratiempos”, afirmó un sociólogo.

Durante su discurso, Castro machacó en su estrategia de hacer las cosas sin prisa, para no caer en errores a la hora de promulgar nuevas medidas. En un raro ejercicio de autocrítica, se reconoció el principal culpable en varias decisiones erróneas. Hizo hincapié en el control de capital de los nuevos negocios y una mayor fiscalización al emprendimiento privado, aunque destacó que el Estado apoya y pretende ampliar el trabajo por cuenta propia y las cooperativas de servicio.

El ritmo de las reformas es lo que incomoda a Leonel, dueño de un café en el oeste de La Habana. “A Raúl no le falta la jama [comida] y lo tiene todo asegurado, por eso hace los cambios con esa lentitud. Pero en la calle la gente quiere que las reformas se hagan con mayor celeridad. Ahorita tengo nietos y el juego sigue trancado”.

A las catorce personas encuestadas para DIARIO LAS AMÉRICAS les llamó la atención que Castro en ese discurso no mencionara la renuncia a su cargo el próximo año.

“Con esta gente [el régimen] hay que andar piano [con cuidado]. Antes, Raúl repetía que en 2018 se retiraba del poder. Ahora que ya falta poco, no lo dijo. Al final tú verás que por cualquier situación, ya sea en Venezuela o una supuesta amenaza de Estados Unidos, el hombre sigue en el cargo”, comentó Diego, mesero de una pizzería.

A siete meses de la supuesta fecha de abdicación del autócrata cubano, nadie puede certificar qué sucederá. Aunque la presumible jubilación de Raúl Castro no impedirá que continúe administrando una junta militar en la isla.

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