Por Mariano Caucino

Como si la Guerra Fría se resistiera a morir, en el inicio de cada nueva administración norteamericana, el vínculo con Rusia despierta una combinación de expectativa e inquietud.

George H. W. Bush y Bill Clinton fueron los primeros presidentes que convivieron con la nueva Rusia, heredera de la Unión Soviética, el imperio que, como un castillo de naipes, cesó en su existencia en la Navidad de 1991. Los noventa fueron idílicos: los antiguos rivales pasaron a ser socios. Washington y Moscú participaron juntos en la coalición que obligó a Saddam Hussein a abandonar su aventura kuwaití. La reelección de Boris Yeltsin, en 1996, se transformó en una obsesión para Clinton que envió asesores -como Dick Morris- que lograron el milagro de hacer olvidar los vicios del presidente ruso. Se buscaba impedir el retorno de los neo-comunistas. Clinton reconoció que "bailamos en la Casa Blanca" la noche en que Yeltsin fue reelegido. Era un paso necesario para el plan de expansión de la OTAN, un programa que no podía cumplirse sin que Moscú sintiera que Occidente había roto antiguas promesas: en 1990 el secretario de Estado James Baker le había asegurado a Gorbachov que la unificación alemana no supondría que la alianza atlántica se desplegaría hacia el Este.

La incorporación de Rusia al G7 y la ayuda financiera de 1998 no alcanzaron a reparar el daño. El bombardeo de la OTAN en Kosovo, a fines de la década, terminó de complicar el vínculo. Entonces, el premier Yvegeny Primakov ordenó el famoso giro en U en medio del Atlántico al cancelar un viaje a Washington. En aquel marco se produjo la transición de Clinton a Bush (h.), después del complejo proceso electoral del año 2000. Para entonces, Putin ya había heredado el poder de manos de Yeltsin y es probable que haya sonreído al conocer el resultado del fallo de la Corte que dio el triunfo a Bush. Reconoció que las relaciones entre Washington y Moscú alcanzaron mayores niveles de distensión durante las administraciones republicanas. El mundo cambió para siempre en la mañana del 11 de septiembre del año siguiente. Putin ofreció su ayuda para las operaciones en Asia Central que culminaron en la guerra de Afganistán. Semanas más tarde, una escena que hoy parece inimaginable tuvo lugar: fue invitado por Bush a su rancho de Crawford y tuvo el raro privilegio -tratándose de un antiguo agente de la KGB- de escuchar el informe de seguridad que cada mañana recibe el presidente de los EEUU. Aquel clima de cooperación no duró demasiado. La segunda guerra de Irak distanció a Rusia de los EEUU: Putin advirtió que la caída del régimen de Hussein traería consecuencias gravísimas para la región y el mundo. Pero la verdadera causa de ese desencuentro hay que rastrearla en los sucesos en el Near Abroad de Rusia, la zona de influencia del añorado imperio y eje de las obsesiones de largo plazo del Kremlin. Vaclav Havel reconoció el malestar que Rusia comenzó a sentir al verse rodeada por "revoluciones de colores" en las antiguas repúblicas soviéticas. Fue en ese marco en que Putin pronunció la frase más polémica de su vida: "la disolución de la Unión Soviética fue el peor error gepolítico del siglo XX".

La llegada de Obama alimentó una tenue esperanza de reparación de daños. La Secretaria de Estado, Hillary Clinton, buscó "resetear" la relación con Moscú pero equivocó el camino. El embajador en Rusia Michael McFaul fue acusado por el Kremlin de ser un promotor de la oposición. Dos años después, la propia Clinton denunció que "había algo" mal en las elecciones parlamentarias que fueron la antesala a la consagración de Putin como presidente por tercera vez. En los años que siguieron, el sistema de relaciones entre las dos potencias volvió a deteriorarse al punto que en el año 2014 colapsó el orden existente hasta entonces. La crisis se desató, una vez más, ante la convulsionada política ucraniana.

Durante la campaña Trump ofreció algunas claves sobre cómo re-resetear la relación con el Kremlin. Sostuvo que buscaría reunirse con Putin antes del 20 de enero. Naturalmente, cosechó críticas: Putin es visto como la bete noire del sistema global. No obstante su falta de experiencia en política exterior, algunas manifestaciones de Trump hacen suponer que podría intentar una política parecida a aquella de Nixon-Kissinger de 1972, cuando los Estados Unidos se acercaron a Beijing para contener a la Unión Soviética. La llegada de un nuevo presidente ofrece una oportunidad de restaurar las dañadas relaciones con Rusia, en un contexto en que la multipolaridad parece inevitable y en el que el dato central es el rol de China como potencia ascendente.

Mariano Caucino es especialista en política internacional y actualmente es embajador argentino en Costa Rica.

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