domingo 9  de  febrero 2025
UN HOMBRE EN LA LUNA

A esto hemos llegado

En tiempos no muy lejanos salía por las tardes a dar vueltas al parque corriendo a paso lento, de tortuga; luego engordé y supe advertir que al tratar de correr hacía el ridículo porque mi velocidad era tan flemática que alguna gente que caminaba deprisa me sobrepasaba

Diario las Américas | JAIME BAYLY
Por JAIME BAYLY

Tan tranquila y predecible es mi existencia que las dos horas más placenteras del día son las que dedico a mirar un juego de fútbol en la televisión: a esto hemos llegado. No digamos ya la ilusión que tengo cifrada en el juego de tenis del domingo, que pienso ver aunque tenga que despertar de madrugada, como si uno de los finalistas fuese mi hijo, mi entenado, mi primo o mi sobrino: que gane mi candidato sentimental me hará feliz; que pierda sembrará en mí la melancolía y la desdicha.

También encuentro un placer extraño, levemente mórbido, decadente, en visitar la peluquería y someterme a minuciosos cuidados: me solaza en grado sumo que me laven el pelo una y otra vez, cambiando la temperatura del agua; resulta delicioso que me den masajes en los pies con cremas arenosas y que me corten delicadamente las uñas; me procura un raro deleite que me recorten con suma prudencia los pelitos impertinentes que se asoman de la nariz o las orejas, y en particular que me acicalen y aderecen las cejas exuberantes y el flequillo indefendible: a esto hemos llegado, a buscar la felicidad en la peluquería del barrio, sin importar cuánto me cobren.

En tiempos no muy lejanos salía por las tardes a dar vueltas al parque corriendo a paso lento, de tortuga; luego engordé y supe advertir que al tratar de correr hacía el ridículo porque mi velocidad era tan flemática que alguna gente que caminaba deprisa me sobrepasaba, y yo por supuesto no alcanzaba a desbordar a nadie, quedando siempre rezagado, por lo cual decidí no correr o no simular que corría; y finalmente, antes de capitular, salía a caminar pasada la medianoche, después del programa, para terminar hablándoles a los gatos o los sapos del vecindario; pero ahora ya no corro ni salgo a caminar tan siquiera, y mi rutina de ejercicios consiste en sacarme los zapatos, echarme en la alfombra en posición decúbito supino, es decir panza arriba, mirando el techo, y estirarme y dar vueltas en la alfombra como un gato provecto y obeso: a esto hemos llegado, y al gimnasio no me llevarán ni con la ayuda de una grúa.

El momento más estimable de cuantos paso en la televisión todas las noches sosas es el que comparto con la maquilladora: sus manos delicadas, suavísimas, me aplican, entre algodones y esponjitas, y al tiempo que hablamos naderías felices, cremas, aguas purificadoras, bases húmedas, polvos rosados, toda clase de afeites y cosméticos que encubran las impurezas de mi rostro y escamoteen del televidente los contornos rugosos de mis mejillas, las huellas de que los años no pasan en vano. El lento y cuidadoso proceso de pintarme la cara me instala en la ficción de que mi rostro es valioso y merece tantos mimos: no lo es, desde luego, pero tal malentendido propicia mi felicidad, tanto que he comprado productos de maquillaje a escondidas de mi esposa y estoy pensando darme unos toques de rímel y colorete antes de sentarme a escribir cada tarde: a esto hemos llegado, a ser la señora de la casa y darme cuenta de que la literatura es, bien mirada, una forma de maquillaje, de pintar y empolvar las impurezas de la vida misma.

Si antes soñaba con tener un programa en la cadena número uno, ahora sueño con que no me despidan de la cadena número siete, no al menos antes de diciembre; si antes me ilusionaba con ganar un premio literario, ahora me basta con encontrar un editor que siga creyendo en mi habilidad para contar mentiras como si fueran verdades; si antes quería volver a ser flaco, ahora solo aspiro a pesar menos de cien kilos; si antes me sometía a dieta, ahora llevo mi ropa a la costurera y le pido que ensanche los pantalones y las chaquetas; si antes quería ser famoso, ahora me felicito de mi estatus de ex famoso; si antes me envanecía pensando en ser presidente, ahora me regodeo pensando en ser embajador: a esto hemos llegado, a la progresiva y sistemática destrucción de mis vanidades y mis ambiciones, supongo que a eso se le llama envejecer.

El placer, que antes, en mi juventud, consistía en jugar con mi estado de ánimo usando ciertas drogas prohibidas, y en explorar todos los matices del erotismo, y en ser un viajero infatigable y curioso, ahora se reduce, quién lo diría, a comer todas las tardes en el mismo restaurante del barrio en que vivo: nada de alcohol, nada de pan con mantequilla, nada de postres, solo jugos de naranja, uno tras otro, y el plato del día, un pescado o un pollo con quinua y ensalada, y un café cortado con leche de almendra: a esto hemos llegado, a que me dé más placer comer un pescado que escribir tres páginas más de la novela que llevo maliciando. Si comer me procura más placer que escribir, debo de ser un escritor mediocre, o uno muy glotón. Incluso cuando me entrego a la espartana ceremonia del escritor ensimismado, todo el tiempo estoy pensando: debo terminar de escribir este capítulo para bajar a la cocina y comer unas uvas, un plátano, una manzana.

Mucho me temo que la medida de mi éxito se ha rebajado bastante: no anhelo ya ganarle a nadie ni ser el número uno en nada ni atesorar más dinero ni expandir mi nombre y mi rostro a dominios todavía inconquistables ni ganar un premio más o menos amañado por hacer bien esto o aquello; pasados los cincuenta años, me siento todo un triunfador si no me arresta la policía, si no paso una sola noche en la cárcel, si no me encuentro con mis enemigos y detractores, si no me despiden del trabajo, si no quiebra el banco donde tengo depositados mis ahorros y si no choco mi auto: a esto hemos llegado, a que un día victorioso consista simplemente en repetir la rutina mediocre del día anterior y en evitar las desgracias y los desastres que se agazapan detrás del azar.

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