MIAMI— El artista visual cubano Julio Llópiz-Casal diseñó recientemente la imagen de la nueva colección de Azúcar Cuban Style. La frase, que apunta a un rasgo esencial de cubanía, llega como una apuesta de la marca para llenar de esperanza este nuevo año.

En charla con DIARIO LAS AMÉRICAS, el creador comentó acerca de su poética y de sus proyectos recientes, así como su colaboración con la marca Azúcar Cuban Style, creada por Victoria James y Saily Rivas en Miami, durante la pandemia.

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Lo multidisciplinario como ente aglutinador

Llópiz-Casal usa todos los medios a su alcance para crear impactantes discursos. Graduado de Historia del Arte en la Universidad de La Habana, no solo posee una variada suma de referentes artísticos, sino que además tiene una voz singular que se refleja en sus textos. Basta pasar por Hypermedia Magazine y El Estornudo para verlo.

Su ímpetu creativo, que entiende el arte como expresión de los estados de ánimo, lo convierte en un artista solidario, más allá de activista, aunque la palabra no le moleste, como dijo a DIARIO LAS AMÉRICAS.

“Efectivamente, no solamente soy un artista multimedia, como se dice, por el simple hecho de que utilizo varios medios para expresarme, sino que además soy una persona que creyó durante mucho tiempo que decir ‘arte político’ es usar una tautología. Creo que el arte en sí mismo implica un posicionamiento político”, manifestó.

A la hora de definir su línea, destacó que “me gusta verme, más como un artista, como una persona que traduce sus estados de ánimo y los convierte en imágenes. Me interesa mucho ver el arte como un proceso de inventario de sueños, frustraciones, de memorias, en definitiva. Vengo de Cuba, que es un país en que proliferan muchas cosas negativas y tendientes a la desgracia, pero en el que también parte de esa desgracia consiste en que los vacíos de memoria son muy grandes y la relación con la memoria es muy traumática”.

En torno a esos vacíos de memoria dijo que “he querido asumirlos como espacios de libertad, y hay una parte considerable de mi trabajo que de una forma u otra tiene que ver con la historia de Cuba, con la historia cultural de modo general, con la historia cultural cubana de modo particular”.

La solidaridad frente a la injusticia

Ahora bien, para este creador es vital el hecho de “comentar desde el arte ideas específicas de confrontación política que traten, que hagan referencia a contextos sociales. En lo personal, desde mi trabajo he hablado desde cuestiones puramente poéticas, hasta cuestiones más político-sociales que tengan que ver con el contexto en el que vivo”.

El “punto de inflexión” que lo llevó a mirar con especial atención a los temas políticos “comenzó a partir de todo el asunto relativo al Decreto 349. Un grupo de artistas nos alineamos en función de asumir una posición y protestar ante ese decreto de corte cultural. Luego, de manera paulatina, un poco yo también sin darme cuenta, empecé a involucrar las herramientas visuales que tengo, el diseño, sobre todo, porque mis amigos, colegas, saben que se me da con cierta naturalidad”.

El 27 de noviembre de 2020 unas 300 personas se plantaron frente al Ministerio de Cultura para pedir explicaciones por el desalojo de los artistas del Movimiento San Isidro. Ahí estaba Julio Llópiz-Casal.

Desde entonces se enfocó en un discurso de protesta “de una manera más consciente. A veces me da la impresión de que no tengo muy claro si es arte o no es arte, si es diseño o no. Tampoco es que me interese mucho definirlo como arte o activismo. Creo que son gestos creativos, porque soy un artista, y que son sobre todo solidarios, más allá de activistas”.

Esta solidaridad, detalló, “es elemental porque no solamente se trata de injusticias tremendas, desproporcionadas y cobardes contra personas que tienen toda mi admiración, sino que muchas de esas personas tienen además todo mi afecto, porque son mis amigos desde hace años; estoy hablando de Luis Manuel Otero Alcántara, de Anamely Ramos, de Camila Lobón, del propio Héctor Luis Valdés”.

“El 27N fue hermoso, es la palabra. En primer lugar, lo he dicho en otras ocasiones, fue un momento en que había mucha gente pasando por encima de sus diferencias para exigir, protestar en torno a lo que tenían en común, que era, es el deseo de que en Cuba se respete la libertad de expresión”, admitió.

Por otro lado, declaró que “es doblemente hermoso porque nunca pensé que iba a tocarme vivir algo así. Pensaba que algo así no nos iba a tocar por el hecho de que la sociedad cubana, con tantas limitaciones, tiene todas las estructuras que permitan que algo así suceda totalmente menoscabados”.

Sin embargo, “no estaba teniendo en cuenta el hecho de que internet es una herramienta que nos permitió haber hecho eso, de ese modo nos organizamos, y fue que llegamos 30 personas a ese lugar a exigir, nos hicimos una selfie, la subimos a Facebook, y lo demás es historia. Llegó la prensa, empezaron a llegar cientos de personas y finalmente a altas horas de la noche pudimos entrar al Ministerio de Cultura al menos a tener una catarsis. Ojalá hubiese inaugurado un proceso de diálogo, en algún momento lo pensé, pero obviamente no pasó y no hay muchas posibilidades de que pase porque el poder en Cuba no está interesado en tal cosa”.

Desde las acciones del Movimiento San Isidro, pasando por el 27N, luego el 11J y después el 15N, el año 2021 tuvo numerosos momentos de choque frontal entre la ciudadanía y la dictadura, lo que definió de algún modo el pulso de la realidad en el país.

Al resumirlo, Llópiz-Casal constató que “representa e ilustra dos cosas. Una, que el miedo y el terror no son infundados porque todo lo que ha sucedido ha puesto en escena la crueldad, el abuso y el tipo de represión que el sistema político imperante en Cuba está dispuesto a llevar a cabo. Pero, por otro lado, la buena noticia es que fue el año en que se pudo ver en la práctica cómo es posible organizarse, soñar con cosas mínimas y aumentar numéricamente, y sobre todo tener sinergia entre ciudadanos al margen de los aparatos de control del poder estatal en Cuba”.

Azukita pal café

Llópiz-Casal conocía a Camila Remón James (hija de una de las creadoras de Azúcar Cuban Style); habló con ella “a raíz de que Luis Manuel Otero estaba secuestrado en el hospital Calixto García. Ahí contactamos por primera vez y hubo mucha empatía”.

Según relató el artista, “un día empiezo a ver la marca Azúcar Cuban Style y vi que Camila tenía que ver con eso. Me gustó mucho el proyecto. Otras veces he visto personas, no solamente marcas, que usan el refranero popular cubano, que es muy rico, pero la manera en que funciona esa marca me llama mucho la atención. Por un lado, hay un trabajo a la hora de perfilar la imagen, el público al que quieren llegar. Por otro lado, los diseños no trataban de ser efectistas desde ningún punto, hay variedad y a la misma vez como un sello. El diseño poco pretencioso me llama mucho la atención”.

Agregó que “fue un honor que me dijeran ‘oye, cuando quieras, estamos abiertos, nos interesa trabajar con artistas’. Y me vino inmediatamente el ‘azukita pal café’ porque hay muchos refranes que tienen que ver con lo dulce, el azúcar, lo culinario. Dije, qué raro que no lo hayan usado”.

Diseño-Julio Llópiz-Casal -Azúcar Cuban Style-cortesía
Diseño del artista Julio Llópiz-Casal para la marca Azúcar Cuban Style.

Diseño del artista Julio Llópiz-Casal para la marca Azúcar Cuban Style.

Asimismo, contó que “la palabra azúcar es un slogan cubano en los EEUU, por sí mismo. Me gustó mucho, desde la primera vez, cómo Azucar Cuban Style se interesaba en la expresión ‘azúcar’ y su recreación”.

Sobre el estilo del diseño dijo que “es lo más orgánico que se me ocurrió. Me inspiré a la hora de elegir la tipografía en la visualidad ochentera del diseño cubano. Un diseño que fue un poco ‘cheo’ en su momento, pero que es una auténtica maravilla”. Lo hizo también “pensando en ellas, que son de Santiago de Cuba”, porque en esa provincia “hay una tradición interesante”. Y citó a Suitberto Goire, “un diseñador que siempre me ha interesado mucho”.

Como planteó, usó el naranja sobre negro y sobre blanco, “que son combinaciones que me gustan mucho y realmente me siento muy satisfecho de que a ellas les guste. Ojalá que sea un diseño que le interese a la gente”.

El hecho de contar con el trabajo de Llópiz-Casal se convierte en un gesto por Cuba, en tiempos donde se resiente, irreversiblemente, el anquilosado discurso revolucionario. Desde que lo cantó Carlos Varela, muchos repiten que “la política no cabe en la azucarera”. Sin embargo, hay quienes insisten en transgredir los esquemas del poder sin fundamento y resignificar los espacios comunes con las bondades del arte, con belleza, y azúcar, por qué no.

Como explicaron las creadoras de Azúcar Cuban Style, “llegamos a un 2022 signado por la esperanza. Los dos últimos años vividos nos han mutado; ha sido una fuerte vuelta a la tuerca, una especie de parálisis en la que la incertidumbre ha sido el eje”. De ahí que apuesten por un año de “paz y reencuentros”.

Añadieron que ‘Azukita pal café’ propone “una nueva mirada al fenómeno cultural cubano del que partimos. En este diseño hay música, está la jocosidad de la gente del barrio, del vecino que toca la puerta con el grito de ‘un cafecito’ o ‘¿me regalas un poquito de azúcar?’ Es una mezcla de muchas cosas. Del sabor amargo con pizca de azúcar, del calor de la bebida favorita, de la historia que hay detrás de ella”.

Aforismos ensartados y otras obsesiones

Julio Llópiz-Casal forma parte de la exposición “Obsession” (Obsesión), en Viena, Austria, con curaduría de Solveig Font y Marilyn Volkman. La muestra, que cierra el 28 de enero, integra el performance con la instalación, la fotografía y lo textual, y cuenta con trabajos del colectivo Mujercitos, Luis Manuel Otero Alcántara, Lester Álvarez Meno, Katherine Bisquet, Jenny Brito, Raychel Carrión, Benjamin del Castillo, Adrian Curbelo, Italo Exposito, Kiko Faxas, Celia González, Hamlet Lavastida, Camila Lobón y Nelson Jalil Sardiñas.

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“Fue una especie de pretexto que me creé para poder trabajar desde el teléfono y poder procesar rápido lo que me venía a la mente sin hacer piezas que fueran muy elaboradas. Todo, por supuesto, signado por el diseño. Desde hacía rato quería trabajar con textos, pues había trabajado con imágenes textuales, pero no lo había hecho de manera sistemática. Y esto a la vez coincidió con la necesidad de hacer acciones de solidaridad”, señaló.

En ese sentido, puntualizó que a esas acciones “no las llamo tanto activismo, es mi manera de verlo, aunque no me molesta que me digan activista. Simplemente es una palabra; mi respeto inmenso por los activistas. Creo que trabajan con mucha más conciencia y efectividad que yo”.

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Sus diseños textuales incluyen también “cuestiones gráficas como las caras de Luis Manuel, Esteban Rodríguez, Hamlet Lavastida en su momento, José Daniel Ferrer, Félix Navarro. Todo esto lo englobé bajo la rúbrica de ‘Aforismos ensartados’ y ahora para la exposición Obsession, para celebrar, si es que cabe la palabra, el primer aniversario del 27N, con artistas que desarrollamos obsesiones, manías, necesidades de exorcismo por determinadas cuestiones, porque esto ha sido muy difícil para todos”.

“En mi caso, era inicialmente para Instagram, pero la instalación que hice fue como imaginar una tienda, una marca de moda donde están las camisetas con estos diseños. También hice sellitos dentro de la pieza y un maniquí”, describió el artista.

El objeto desechado

Llópiz-Casal siempre tiene “varias ventanas abiertas” si de creación se trata. “Mi sueño, que espero realizar, es hacer una exposición con un grupo de obras, no es ni siquiera una serie, le llamo un grupo, porque son unos trabajos que estuve muchos años realizando. Los agrupo como trabajos en los cuales me valgo de los soportes de almacenamiento de información cuando obsolescen”.

Para explicarlo puso el ejemplo de que, “tecnológicamente, sabes que eso suele pasar, nos ha tocado vivir muy rápido a partir de los 2000. Pero va mucho más atrás. He trabajado con disquetes, con casetes VHS y de formato de video en general, sobre todo si está en la basura, si se ha desechado como portador de información, desde una película de 35mm, lo que sea”.

Recientemente experimentó con los objetos a partir del trabajo “con sobres y cartas, que no se puede ver lo que contienen”, a partir de su visión “del soporte de información como un objeto, que es interesante o no por sí mismo, pero que se sugiere. Quisiera hacer una exposición con todos estos trabajos en general que comenzaron en 2013”.

También por estas fechas revisa su trabajo fotográfico. “Mis primeros trabajos son una serie de fotos que se llama ‘Objetos tempranos’, que las pensé para imprimirlas en blanco y negro con la peor calidad posible. Eran unas fotos que hacía a partir de pequeñas esculturas provisionales sobre una cartulina blanca, siempre de pequeñas dimensiones, usando la primera cámara que tuve, una Canon compacta powershot. De ahí en adelante empecé a perfilar lo que algunos han llamado mi fase más performática”.

El performance para él “es sobre todo actitud, y no es un performance tradicional, hago pequeñas intervenciones sobre mi ropa, a veces en un espacio, pero siempre son sutiles y muy efímeras, y siempre me ha interesado documentarlas lo mejor posible. Trabajé por años con varios fotógrafos que admiro, que son mis amigos. Algunas veces documenté directamente”.

Además, cuenta con su propia marca de camisetas, que se llama Probable probable. “Son diseños más personalizados. Es una marca muy enfocada en hacer un trabajo artesanal o semiartesanal, un poco inspirado en la cultura punk, que me gusta mucho, en el error, jugar con que la camiseta puede estar rota y tal”.

Sus trabajos pueden verse en su cuenta de Instagram @juliollopizcasal

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