Por ERNESTO PÉREZ CHANG
Cubanet

LA HABANA.- Es imposible saber cuántos hombres y mujeres se prostituyen en Cuba. Ni siquiera se pudiera hablar de un estimado pues el fenómeno adquiere dimensiones y peculiaridades que vuelven muy difícil realizar sondeos que permitan hacernos una idea sobre lo que ocurre hoy.

Penada por las leyes, negada torpemente su existencia por el gobierno, ignorada en su verdadero significado por la prensa oficialista aun cuando el país es considerado entre los principales destinos en el Caribe para el llamado “turismo sexual”, la prostitución desempeña un papel protagónico en las aspiraciones personales de cientos de miles de cubanos, al punto que ha ido dejando de ser vista por muchos como estigma social.

“Jineteras” y “jineteros” han llegado a constituirse en verdaderos paradigmas de “triunfadores” para algunos sectores de la población, al punto de que no es difícil encontrar niños y niñas cuyo mayor anhelo al llegar a la adultez es “casarse con un extranjero”, algo que se logra más fácilmente desde la prostitución pero que, incluso sin alcanzar el objetivo, supondría un ascenso en la escala social.

“Mi hija está con un español” o “mi hijo se empató con una mexicana” son frases de verdadero pavoneo, usuales en quienes intentan difundir entre amigos y vecinos un mensaje de prosperidad económica. Son una especie de marca distintiva, sinónimo de “solvencia económica”, al menos con respecto a una realidad donde la mayoría de los ciudadanos vive con menos de 1 dólar diario.

Tanto es así que muchos negocios estatales o privados pudieran arruinarse de no tener a prostitutas y prostitutos como sus clientes principales o al menos como ganchos para quienes llegan a la isla, no por el sol y las playas, sino en busca de “otras aristas” del goce.

Así lo reconocen dueños de bares y restaurantes en todo el país, personas que viven del alquiler de habitaciones y hasta empleados estatales entrevistados al respecto.

Todos coinciden en que, sin el fenómeno de la prostitución, hoy a la economía cubana le iría mucho peor de lo que está y que incluso legalizarla, regularla y hasta asumirla como un trabajo tan honesto como cualquier otro sería la solución para impedir el aumento o la aparición de los crímenes asociados a la actividad, una opinión que resulta bien polémica, teniendo en cuenta las diversas experiencias en otros lugares del mundo, no siempre positivas, pero que van ganando defensores entre los cubanos, sobre todo entre los jóvenes.

“Gracias a las jineteras nosotros vivimos, si no esto estaría vacío (…) Antes se hacían redadas (policiales) y más o menos desaparecían pero parece que se han dado cuenta de que son necesarias (…) Ya los policías pasan y no dicen nada (…), cuando se ponen pesados es porque quieren dinero o 'jamarse' a alguna”, comenta el dependiente de un bar estatal en La Habana Vieja.

Su respuesta solo confirma lo que resulta evidente con solo hacer un breve recorrido por los circuitos de prostitución más conocidos, que coinciden exactamente con las rutas turísticas más frecuentadas por los extranjeros.

Itinerarios que, sin el comercio sexual, dejarían de serlo por faltar el consumidor más estable, ese que influye directa o indirectamente en la obtención de las ganancias suficientes para sostener la pertinencia del negocio en un país tan profundamente pobre, o de los salarios de las personas que trabajan en él, como es el caso de la mayoría de los establecimientos del Centro Comercial del Hotel Manzana, cuyas ventas diarias, demasiado pobres, dejan muchas dudas sobre la rentabilidad.

“Hay días en que no se vende absolutamente nada”, comenta un vendedor de una boutique del Manzana.

“La situación es la misma durante semanas (…), las ganancias de un mes ni alcanzan para gastos de electricidad y salarios (…). Consideramos un día bueno cuando hacemos 200 dólares, ya con eso te digo cómo está la cosa (…). La gente entra, mira y se va (…). Vienen muchas jineteras, sobre todo las jineteras son las que compran o los extranjeros que vienen con ellas, pero extranjeros solos casi no viene ninguno”, nos dice el mismo empleado.

En lugares creados parcial o totalmente gracias a o en virtud de la prostitución, la situación no llega a ser tan dramática. Por el contrario, la influencia del jineterismo suele reportar ganancias diarias sobre los 5.000 dólares diarios en establecimientos pequeños, como sucede en un bar de la Habana Vieja, cuyo verdadero dueño es un italiano casado en Cuba con una exprostituta.

“Conocí a mi mujer en mi primer viaje a La Habana (…). Por ella fue que decidí regresar y abrir el bar (…). Tengo menos de 20 sillas, contando las de la barra (…). Lo normal es [recaudar] entre 3.000 y 4.000 [dólares], sobre todo los fines de semana, y sí, se puede decir que sí, que gracias a las 'putas' (…). Ellas son las que se encargan de llenar esto”, cuenta este italiano que, como él mismo reconoce, para nada se pone en riesgo al confesar sus estrategias pues otros coterráneos suyos han hecho lo mismo que él.

“En Italia se ha vuelto una moda. Cuando te jubilas vienes a Cuba, consigues una chica o dos o tres (…), lo que te guste (…), abres un negocio y haces lo que no hubieras podido hacer allá con 700 euros (al mes)”, dice entre risas este pequeño empresario extranjero.

También el dueño de una casa de renta en el Vedado asegura que casi el ciento por ciento de sus clientes son hombres que se prostituyen o extranjeros que vienen a Cuba en busca de “pasarla bien”, por lo que prefieren hospedarse en lugares cercanos a las “zonas de conquista”.

“Estamos en pleno 23 (la principal calle del Vedado), así que no tenemos problemas. Casi no nos desocupamos en todo el año. Las tres habitaciones [están] a tope 24 por 24 (…). Nos podemos dar el lujo de cobrar lo que pidamos porque aquí la demanda es alta y tenemos [el cabaret] Las Vegas a unas cuadras, el Amores (…), la Gruta y sobre todo el Malecón, donde encuentras lo que quieras (…). Si no fuera por los jineteros estaríamos embarcados (…). Todos los yumas (extranjeros) que he conocido vienen a eso (…). Tengo que llenar los minibares unas diez veces en el día (…). Son entre dos y tres cajas de cerveza todos los días, a dos pesos (dólares) cada una, saca un cálculo de lo que rinde eso solo sin contar la renta, que después de las 12 (de la noche) puedo ponerla a 5 (dólares) la hora (…), y es casi todo el mundo de por aquí alquilando (por horas), gente que incluso en contra, con miles de prejuicios, depende de eso”, dice este señor.

“Los turistas no vienen a Cuba a comprar ropa ni electrodomésticos, eso lo tienen allá y más barato; si los ves comprando es para regalárselo a una jinetera (…), por supuesto que si las eliminan, nos eliminan a todos”, comenta una vendedora de una TRD en Centro Habana, muy convencida de cuánto depende la economía cubana del ejercicio de la prostitución, una conclusión a la que también parecen haber llegado los operadores turísticos quienes no dudan en proyectar sus ofertas hacia ese cliente “apasionado por Cuba y su gente”.

Como dijera una señora en tono de broma cuando le pregunté en la calle al respecto del tema, pareciera que jineteros y jineteras “hacen mejor trabajo que la Cámara de Comercio de Cuba y eso es un mérito que nadie les puede quitar”.

Así, una política de cero tolerancia con la prostitución no solo influiría negativamente en los planes de crecimiento económico asociados al incremento del turismo, más ahora que la avalancha de americanos parece haberse derretido por el camino. Además, de agravarse la situación de penuria en la población se crearían las condiciones para un estallido social, y alejarían a muchos inversores extranjeros que han decidido establecer empresas en Cuba luego de haber conquistado, con dinero, algún corazón nativo.

FUENTE: Publicado originalmente en Cubanet

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