Una masiva y repentina ola de solidaridad ha surgido de ámbitos periodísticos, académicos y políticos del mundo hacia Dinamarca y uno de los últimos enclaves coloniales de la Europa de los siglos XVIII y XIX.
Un presidente como Trump, con una fuerte inclinación por resolver conflictos internacionales, podría algún día poner el ojo en el litigio existente entre británicos y argentinos
Una masiva y repentina ola de solidaridad ha surgido de ámbitos periodísticos, académicos y políticos del mundo hacia Dinamarca y uno de los últimos enclaves coloniales de la Europa de los siglos XVIII y XIX.
Al pintoresco espectáculo se ha sumado en los últimos días el envío de un muy reducido contingente de tropas de países de la Unión Europea a custodiar Groenlandia, así como el presidente francés impulsando el uso de fuertes represalias económicas y comerciales a los EE. UU. en respuesta a la suba de aranceles decidida por Washington contra ocho países europeos que cuestionan la pretensión de la superpotencia sobre esa gigantesca isla. Cabe recordar que está situada a menos de dos mil kilómetros de la costa americana.
En otras palabras, casi una decena de países de la OTAN en un escenario de muy fuerte tensión. Algo muy pocas veces visto desde su creación en 1949.
Habría que remontarse a 1956, cuando Washington presionó masivamente a Gran Bretaña y Francia por su ataque a Egipto, o más recientemente, en 2003, cuando países clave de la Unión Europea y de la OTAN cuestionaron la invasión a Irak. Sin duda, Londres tiene buenas razones para ser hipersensible a la situación y al futuro estatus de Groenlandia. No faltarán mentes en los EE. UU. que se estén preguntando y analizando sobre otro caso de un enclave colonial desde 1833, tal como son las Malvinas e Islas del Atlántico Sur.
El paso natural estratégico entre el Atlántico y el Pacífico, así como puerta de acceso al Polo Sur. Sin olvidar que ese espacio austral es uno de los puntos óptimos para lanzar misiles balísticos nucleares desde submarinos. El Pentágono y otras agencias federales americanas tienen muy claro el rol central que a nivel geopolítico y económico tienen y tendrán los dos Polos.
Asistimos y asistiremos, más allá de Trump, a un EE. UU. con un fuerte foco en el hemisferio americano, tal como se expresa contundentemente en la reciente Estrategia de Seguridad Nacional dada a conocer por la Casa Blanca.
Algunos de los ejemplos más claros son las operaciones en Venezuela, la exigencia de un desplazamiento de la presencia china en el Canal de Panamá, el firme apoyo al candidato anticomunista en Honduras, el contundente respaldo del Departamento del Tesoro a la Argentina, el retiro de visas para ingresar a los EE. UU. a políticos de la Argentina y Brasil, así como a jueces del Tribunal Superior de Justicia de ese último país.
Sumando a todo ello, desde ya, el caso de la colonia dinamarquesa que estamos analizando. Cabe recordar que desde mediados del siglo XIX Washington ya mostró reiteradamente su interés estratégico en controlar Groenlandia. En 1940 apenas las tropas alemanas entregan en Dinamarca, el presidente demócrata F.D. Roosevelt ordenaba a sus FFAA la ocupación de esa isla continente y la instalación de más de una decena de bases militares.
Luego, en 1946, el también presidente Truman ofrecía 100 millones de dólares en oro por la misma. Será en 1951, en el tramo final de los dos mandatos del mismo, que se firmaría un amplio tratado entre ambos países que le daría a la superpotencia un amplísimo margen de maniobra para localizar bases e instalaciones militares en la misma. Tratado que, vale recordar, está plenamente vigente.
Posterior al fin de la Guerra Fría con la URSS, las bases americanas se redujeron a una y actualmente están en servicio. En síntesis, analizar el tema de Groenlandia bajo el paraguas de focalizar en la mentalidad y ambiciones personales de Trump es sin duda más que parcial e incompleto.
Al actual residente en la Casa Blanca no hay que tomarlo siempre literalmente, pero sí, sin duda, seriamente. En este caso en particular, como en tantos otros, él les agrega pimienta e impacto mediático a cosas que las agencias permanentes del poder estadounidense vienen analizando y maniobrando desde hace mucho tiempo.
Sin duda, los decisores de política exterior y defensa de la Argentina deberían seguir muy de cerca este proceso, así como contar con una mente abierta e innovadora para ver su influencia sobre el tema de las Malvinas e islas atacantes.
Un presidente como Trump, con una fuerte inclinación por resolver conflictos internacionales, podría algún día poner el ojo en el litigio existente entre británicos y argentinos. Más aún si se asume la alianza estratégica que tiene con ambos y la creciente importancia para Washington de esa zona con vistas a la puja de hegemonía que la enfrenta a China.
Resulta interesante repasar los documentos y borradores que pasaron por las manos de Perón entre 1973 y 1974 para concretar un acuerdo con Londres. Condiciones realistas y prudentes que el por tres veces presidente estuvo por firmar y que se truncaron con su fallecimiento. Se suele decir que, si el general Perón hubiese vivido dos o tres años más, la derrota de los grupos guerrilleros habría estado a cargo de él y no de las FFAA, con poder político tras marzo de 1976. Lo mismo se podría decir probablemente de la cuestión de Malvinas.
Es de imaginar que en los años por venir algunas de esas ideas bien vistas por Perón son recuperadas para algún esquema de diálogo entre la Argentina, los EE. UU. y Gran Bretaña; no aparecerán autoproclamados peronistas (o izquierdistas simulando serlo) acusando a los negociadores argentinos de apátridas y traidores.
Si algo aprendemos en estas últimas décadas, es que la retórica de Malvinas sin el respaldo de alianzas internacionales de primer nivel, poder económico y poder militar no nos llevó a ningún lado. Exactamente lo que Londres quiso después del 14 de junio de 1982.
Publicado originalmente en el Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, un grupo de expertos conservador y no partidista que se especializa en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. Más información del Miami Strategic Intelligence Institute en www.miastrategicintel.com
