lunes 30  de  marzo 2026
ENTREVISTA EXCLUSIVA

El relato de dos hermanos rehenes de Hamás: Buscamos que el dolor no se diluya en cifras

Crónica del secuestro, cautiverio y supervivencia de los dos últimos rehenes de Hamás liberados hasta el momento y con vida tras el ataque del 7 de octubre de 2023

Diario las Américas | CARLOS ARMANDO CABRERA
Por CARLOS ARMANDO CABRERA

MIAMI-. Durante más de dos años, David y Ariel Cuño sobrevivieron secuestrados en Gaza. Uno bajo tierra, en los túneles subterráneos custodiados por el grupo Hamás; el otro, oculto en casas, edificios y estructuras civiles en la superficie. Dos hermanos, dos formas diferentes de cautiverio. Una misma historia de secuestro, deshumanización y supervivencia.

Una familia sumergida en el dolor de la pérdida y en el temor permanente de no volver a ver con vida a dos de sus integrantes.

Hijos de padres argentinos, nacidos en Israel, fueron secuestrados el 7 de octubre de 2023 en el kibutz Nir Oz, durante el ataque que tuvo el saldo de más de 250 raptados por la guerrilla terrorista islámica. Hoy forman parte del grupo de los últimos liberados con vida. En entrevista exclusiva con DIARIO LAS AMÉRICAS, relatan desde su propia voz lo que significó vivir ese encierro forzado, la violencia psicológica, el hambre, la propaganda y la pérdida total de autonomía personal.

“Queremos que el mundo sepa lo que pasó desde nuestra boca, no desde otras bocas”, apuntan. “No desde discursos ni versiones políticas, sino desde lo que vivimos nosotros”.

El mundo se les rompió

Ariel recuerda la hora y la fecha exacta. “El 27 de octubre, a las 6:29 a.m., empezaron las alarmas de los misiles”, dice, a la vez que relata que ese día para ellos parecía iniciar como otros en el territorio: sirenas, alertas y una tensión que forma parte de la rutina en la frontera sur de Israel. Sin imaginar, que esa mañana cambiaría su destino y el de sus hermanos.

“Me mandaron un mensaje al teléfono del grupo del kibutz donde decían que había dos terroristas al lado de la farmacia”, relata Ariel. “Todavía no estábamos pensando que algo muy grave estaba pasando”, continúa.

Pocos minutos después, la electricidad cayó. Él y su novia, Arbel, se refugiaron en el cuarto seguro. “Nos metimos debajo de la cama para escondernos, con mi perrita chiquita”, cuenta. “Después de 20 minutos empecé a escuchar los disparos y los gritos en árabe; entonces entendí que estaban a 30 metros de mi casa.”

Lo que vino fue una secuencia rápida y brutal. “Rompieron la puerta, las ventanas”, rememora. “Vi las zapatillas de los terroristas, entró uno de ellos, había dos: uno con un cuchillo que me golpeó la cara y el otro con una granada haciendo un show que nos iba a explotar”.

El sobreviviente recuerda un detalle que, para él, definió el nivel de violencia. “Le disparan y la matan en un segundo”, señala, al referirse a su perrita. Luego describe una escena que lo persigue: “Veo dos chicos de diez años mirando, están aprendiendo todo. Uno tiene sangre sobre las manos que no es de él. Supe que no éramos los primeros”.

Ese día, Ariel fue sacado de su casa junto a Arbel, mientras el kibutz ardía. “Lo primero que vi fue un árbol en llamas. A la derecha estaba la casa de mi hermano gemelo ardiendo”, relata. “Vi a un muchacho muerto sobre el camino y a bastantes terroristas, más de 50, corriendo de casa en casa, abriendo, rompiendo y quemando todo lo que encontraron a su paso.”

La salida hacia Gaza fue, según su testimonio, un corredor humano. “Cuando salimos del kibutz habían más árabes que se trasladaban hasta el otro lado, viejitos, chicos y todos gritando ‘Allahu Akbar’, felices. Recuerdo haber visto en ese instante entre 200 o 300 personas”.

La separación

David Cuño, electricista y padre de gemelas pequeñas, señala otro punto de quiebre: el momento de dejar a su familia. “Cuando me separé de mis hijas y mi mujer fue el día más difícil de esa guerra. Puede ser el día más difícil de mi vida también”, afirma.

Cuenta que le notificaron que se lo llevarían por dos horas. “Yo, cuando entré a la casa de vuelta, le dije a mi esposa que no iba a volver, que esa era la sensación que tenía”. De ahí vino una segunda advertencia: “Me dijeron: ‘Vas a volver en dos días, no en dos horas’. Y ahí entendí…”.

“Fueron las tres horas más difíciles de mi vida, porque teníamos solo ese lapso de tiempo para despedirnos y no sabés si los vas a ver otra vez o no. Le dije a mi mujer: ‘Tengo miedo, porque me van a matar’.”

738 días: arriba, abajo y solos

Cuando les pregunté cuánto duró el confinamiento, David lo resume con precisión y rapidez: “738 días. Yo estuve 49 días arriba y 689 días abajo de la tierra”. Ariel, en cambio, describe otro tipo de encierro: “Yo estuve dos años solo. El día que me separé de Arbel fue la última vez que la vi”.

David insiste en que los túneles no son como el mundo los imagina: “Es indescriptible, son enormes. Es mucho más de lo que piensan”.

Y da un dato físico concreto sobre ese mundo subterráneo: “Hay caminos de un metro y 60 de altura y medio metro de ancho, que tenés que gatear”. Explica que llegaron a caminar así durante horas, debilitados por la falta de alimento. “Caminamos 13 horas, desde las 10:00 hasta las 23:00, todos con heridas, porque te golpeás en todos lados”.

Agua salada, meses sin higiene

En cautiverio, la supervivencia se mide en detalles que no suelen entrar en los discursos. El hermano mayor los pone en números.

“Yo tuve una época de 70 días en que no nos bañamos”, afirma. “Durante ese período comimos media pita por día y apenas ingeríamos 250 mililitros de líquido”.

Sobre el agua, es tajante: “Es salada. No es potable como la que estamos acostumbrados…”

También habla de la pérdida de peso: “Cuando entré a Gaza llegué con 68 kilos; en la peor época creo que llegué a 45 kilos”.

Ariel describe lo que le provocó el aislamiento prolongado: “No escuchás hebreo, no escuchás inglés, todo lo que pensás es en árabe”. Y cuando se reencuentra con su vida fuera de la franja, refiere, esa frontera mental tarda en borrarse: “Estás hablando y te salen palabras en árabe todo el tiempo”.

Miedo como método

Ambos describen la tragedia que les tocó vivir como una experiencia dominada por la incertidumbre y el control psicológico.

“No tenés control de nada. Ellos deciden todo”, dice Ariel. “Te dicen: ‘Hacés esto’, y eso es lo que vas a hacer, no tenés ninguna opción.”

David refuerza: “Estás viviendo en un miedo que no te podés imaginar. Lo sentís todo el tiempo”. Explica que, además del encierro, había un riesgo constante instalado como amenaza: “En los túneles ves explosivos. Si alguien entra, nosotros todos nos explotamos ahí. No pueden entrar a salvarnos”.

Habla también del daño físico en condiciones de humedad extrema: “Me empezaron a salir cosas en la piel. Me rasqué un año entero, tengo cicatrices y no tienen nada para darte”, mientras exhibe las marcas en su cuerpo.

Sinwar, el poder y la nada

Durante el secuestro, David vivió un episodio que ilustra con crudeza la lógica del poder.

Tras reencontrarse con su amigo Yarden Bibas, a quien acababan de informarle que su esposa y sus hijos pequeños habían sido asesinados, se les acercó un hombre con autoridad, que hablaba hebreo. Les preguntó qué podía hacer por ellos. David hizo una sola petición: poder permanecer junto a su mejor amigo.

Más tarde, los propios guardias de Hamás le dirían quién era ese hombre: Yahya Sinwar, el líder del grupo. La solicitud nunca fue atendida.

Trump y la Casa Blanca

En un tramo de la entrevista, David y Ariel se refieren directamente al rol de Estados Unidos en el desenlace de su rescate. Lo dicen sin rodeos. El relato se desplaza del plano íntimo al geopolítico: ya no hablan solo desde la experiencia personal, sino desde el entramado de poder internacional que condicionó su destino. En ese marco, sitúan un rol determinante en la presión de Washington y en la conducción política del Ejecutivo israelí, dando protagonismo a Benjamín Netanyahu y a Donald Trump como piezas centrales en el cierre de la negociación.

“Yo lo único que puedo decir es que le agradezco mucho al gobierno americano por todo lo que hicieron por nosotros”, afirma David.

Ariel añade: “Si no es por Trump y toda la gente que están ahí no sé si volvíamos a casa”. Y el otro completa: “Yo te digo directamente que no íbamos a volver”.

Ariel también reconoce la complejidad del escenario militar: “La primera misión de Israel fue eliminar el peligro, pero estábamos adentro, entonces es muy complicado”. Y remata con su lectura política: “Si Trump no aprieta el gas, puede ser que no estuviésemos aquí, al menos no ahora y no hubiésemos vuelto tan rápido”.

La salida

La liberación no fue una celebración. Fue un proceso controlado, mecánico, sin épica: ojos vendados, traslados, cambios de ropa, vehículos, destrucción a la vista y registros con fines propagandísticos. Nada que se pareciera a la idea de libertad. Todo parecía diseñado para que incluso la salida formara parte del mismo sistema de dominio.

Y, sin embargo, en medio de ese procedimiento, ocurrió lo único que no pudieron controlar: el reencuentro. David y Ariel, juntos otra vez.

Antes de ser entregados a la Cruz Roja, hubo un último gesto de poder. Los subieron a un vehículo con el hijo de uno de los jefes terroristas, un niño de apenas ocho años que los miraba con una mezcla de curiosidad y satisfacción con un arma en las manos. Luego pidieron el número de teléfono de la madre de ambos hombres. Querían grabar la llamada. Querían convertir también ese instante en propaganda.

David dudó. No sabía si su familia estaba viva. No quería descubrirlo así, frente a una cámara, bajo una escena impuesta por quienes los habían tenido privados de libertad durante más de dos años. Pero dio el número.

“Cuando la pantalla se encendió, estaban todos.”, comenta.

Y ahí el relato deja de ser político, militar o estratégico. Se vuelve humano. Puro. Irrepetible. No hay discursos, no hay consignas, no hay símbolos. Hay rostros, lágrimas, silencio, respiración contenida y una certeza que no necesita palabras. Ese momento no pertenece a un discurso instrumentalizado, ni a la guerra, ni a ningún grupo armado. Pertenece a una familia que volvió a verse y sentirse con vida.

David recuerda el instante previo a esa videollamada:

“Estábamos temblando porque no sabés qué vas a ver. Si alguien de la familia falta es porque está muerto”. Cuando vio a los suyos, lo resume así: “De repente ves a todos vivos, fue increíble y salís y ves que lo único que perdiste es el tiempo”.

Ariel interrumpe para recordar lo que no se recupera, bajando la voz y cambiando el ritmo de la conversación: “No hablamos del hermano de Arbel, que lo asesinaron. No hablamos de todos mis amigos a los que también les quitaron la vida en la fiesta.” El silencio que sigue dice más que cualquier explicación: la libertad llegó, pero no trajo de vuelta a los que faltan.

Cuando se les preguntó por el reencuentro físico con sus seres queridos, David lo describe sin épica: “Fue tocarlos, olerlos”. Ariel completa:

“El corazón se llena de nuevo. Fueron dos años que no tenías nada en el corazón.”Y David lo traduce en un impulso interior: “Ahora tenés energía para otros 100 años”.

El mensaje desde Miami, gratitud, duelo y un cierre pendiente

Hoy, ya fuera de Gaza, el lenguaje cambia. El trauma no desaparece, pero se transforma en una voluntad consciente de dejar memoria. No hablan solo para recordar: hablan para que su historia quede documentada. Para que el horror no se diluya en cifras ni se pierda en titulares fugaces. Lo que entregan no es un discurso, es un relato humano, frontal, sin artificios: una crónica viva interpelada por su crudeza, su dignidad y su potencia emocional.

Desde el sur de la Florida, ambos cierran con un mensaje de gratitud. Agradecen el espacio para hablar y ser escuchados, y reconocen a quienes, fuera del encierro, sostuvieron la presión pública: “Los civiles alzaron el grito que nosotros no podíamos porque estábamos abajo. Ellos hicieron todo para sacarnos”.

Pero el cierre no está completo. Ariel lo expresa como una obligación moral: “Hay otro secuestrado. El cuerpo todavía no ha sido devuelto y tienen que entregarlo lo más rápido posible a su familia”. David lo formula como condición final: “Para nosotros es cerrar un círculo y terminar esa guerra con la cabeza arriba”.

Una certeza queda después de escucharlos: hay historias que no se entienden desde los titulares, ni los partes oficiales, ni los discursos políticos. Solo se comprenden cuando te las cuentan quienes las vivieron y te miran a los ojos mientras lo hacen. Porque entonces ya no estás frente a una noticia, sino frente a una verdad humana que no admite simplificaciones.

Hoy, su testimonio no busca venganza. No busca revancha. Busca memoria. Busca verdad. Busca evitar la repetición, aseguran con convicción y esperanzas.

Se les cree porque lo vivieron, lo sobrevivieron y regresaron del subsuelo. Porque tenerlos de frente, narrando su experiencia que no es solo de ellos; es la de una guerra que aún no termina, de víctimas que aún no regresan, y de una humanidad que todavía tiene cuentas pendientes con la memoria, la justicia y la verdad.

Desde esa experiencia compartida y después de todo lo vivido, para quienes escuchamos su relato en primera persona, la pregunta surge sola, sin necesidad de formularla en voz alta: ¿se puede volver a habitar un lugar después del horror?, ¿se puede seguir llamando hogar a una tierra marcada por la pérdida? David y Ariel no dudan. Responden sin titubear que seguirán viviendo en Israel. Reconocen el temor a volver a despertar dentro de una pesadilla como la que vivieron, pero reafirman no sienten temor hacia quienes los secuestraron. No abandonarán su casa ni su país, ni renunciarán a sus posturas morales como seres humanos nacidos en ese disputado pedazo de tierra.

Porque para ellos irse de Israel no sería solo cambiar de país, sería renunciar a la memoria, a la identidad y al derecho de seguir existiendo en su lugar de origen. Y esa decisión, silenciosa y firme, concluyen: “también es una forma de resistencia.”

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