“Me duele esa muerte prematura. Me duele esa pérdida del amigo lejano. Y me duelen los dolores que le hicieron vivir en silencio todos estos últimos años de desventura cubana. Con él se pierde un narrador auténtico, con una visión profunda y divertida de lo que hemos sido y lo que somos”, resumió Ramón Fernández Larrea en su sentir tras la pérdida del escritor José Ramón (Pepe) Fajardo, quien falleció a los 59 años, en su casa de la Víbora, el pasado 11 de diciembre.

Ante el silencio e indiferencia mostrados por la prensa oficial cubana, varios de sus amigos, exiliados y radicados en la isla, optaron por dejar mensajes de recordación en blogs y publicaciones alternativas que compartimos en este resumen.

No hubo en esos años una narrativa tan profunda

“Lo conocí a finales de 1974 cuando coincidimos en una de las más absurdas y disparatadas aventuras pedagógicas del Gobierno cubano: el destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech”, añadió Fernández Larrea, humorista y escritor exiliado en Miami.

“Él iba un año por delante de mí pero nos unían tres cosas: la carrera de historia, la literatura y el humor. Ese humor finísimo y afilado de Pepe, donde también se respiraban ya múltiples y variadas lecturas.

Yo había escrito algunos poemas, y hasta llegué a publicar tres por primera vez al año siguiente en la revista El Caimán barbudo. A través de otro amigo y correligionario nos vinculamos un poco más al mundo de la literatura cuando conocimos al poeta José Yánes.

Fui testigo del nacimiento de sus mejores cuentos. No olvidaré jamás cómo se gestó y escribió a mano, con una caligrafía de niño malcriado, en letra gorda y corrida Armstrong, el de los bajos. En Jagüey Grande fundamos la revista Espiga, y colaboramos a través de los años en cientos de proyectos e ideas.

A Pepe, y al descaro con el que vivíamos y respirábamos allá por 1981, en aquella Brigada de Instructores de Arte XX Aniversario, que radicaba cerca del pueblo de Torriente, en Jagüey Grande, Matanzas, le debo el haber comenzado a hacer radio. Un día pasaron preguntando, no a quién debían avisar en caso de muerte, sino quiénes sabían hacer radio, para encargarnos un programa en la emisora estudiantil. Pepe y yo, sin ponernos de acuerdo, dijimos que los dos habíamos nacido dentro de una emisora. Él en un estudio de grabación y yo, en un cuarto de edición. Lo mejor de todo fue que se lo creyeron.

No hay en esos años una narrativa tan profunda, pero a la vez directa, ágil, clara y natural como los cuentos de Nosotros vivimos en el submarino amarillo. En esas historias se respira Seymour Glass, el personaje de Salinger, pero hay mucho de las viñetas de Hemingway y de uno de los cuentos de Salinger que más nos apasionaban: For Esmé -with Love and Squalor (Para Esmé, con amor y escualidez). Pepe hizo algo similar usando ese título, y yo también lo usé en un largo poema de desamor”, aseguró.

La decencia protege sus palabras contra el tiempo

“Cuando lo conocí, ya Fajardo llevaba años de encierro en su caserón de La Víbora, acompañado de un perro enorme y cocinándose el hígado lentamente (Pepe no tenía apuro para casi nada), con los peores alcoholes del mercado en una época en que lo peor era lo único que había”, así lo recuerda el escritor e historiador cubano exiliado en New Jersey, Enrique Del Risco, quien le dedicó este post titulado José Ramón Fajardo Atanes o vivir y morir en el submarino amarillo en su blog Enrisco (http://enrisco.blogspot.com/2016/12/jose-ramon-fajardo-atanes-195-2016.html). Del Risco fue su vecino en la barriada habanera de La Víbora, pero aunque busca en su memoria, no recuerda cómo lo conoció:

“Hacía rato que había publicado su único libro, el que le había dado el premio juvenil más importante del país y la condición oficial de escritor (que no de escritor oficial, que eso nunca fue). Un libro con un título que todavía sonaba subversivo -Nosotros vivimos en el submarino amarillo- en tiempos en que apenas se levantaba la veda contra los chicos de Liverpool pero con cuentos que sobreviven a la veleidad de las prohibiciones. Porque Fajardo escribió cuentos de becas y escuelas al campo cuando todavía no eran un subgénero del realismo postsocialista, (esas cosas atroces empezando por los subgéneros) y podía contarse aquella realidad andrajosa con frescura y penetración.

Fajardo no aprovechaba mis visitas para obligarme a leer algún cuento suyo (que es mucho más de lo que puede decirse de la mayoría de los escritores) sino para ofrecerme lo más espléndido que encontraba a mano: su alcohol asesino, espacio en alguna antología que andaba preparando sobre el SIDA (y en la que no me animé a participar), la lectura generosa de mi último manuscrito en aquellos días y, sobre todo, su conversación. Una conversación llena de muertos recientes, de suicidas que en aquellos años se habían convertido en epidemia, de desencantos algo más viejos que los suicidas pero también de mucho humor, un humor que parecía inmune a la muerte y al desencanto. Tuve la tremenda suerte de reencontrarme con él hace un par de años en Miami pero ya para entonces era como recibir un adelanto de la noticia que me dieron ayer: su cuerpo y su voz eran frágiles como si cargara con muchos más años de los que llevaba acumulados aunque esa condición amable que lo definía siguiera intacta.

Hoy, he vuelto como por primera vez a su cuento más famoso. A reencontrarme con aquella voz que iba a buscar al caserón de La Víbora hace muchos años. Me acerqué -lo confieso- como con los ojos entrecerrados. Con el temor a encontrarme con algún detalle que no estuviera a la altura de mi recuerdo de Pepe, alguna fractura donde antes todo parecía sólido. Pero en ese cuento en el que cubre su estructura delicada y perfecta con salpicaduras de fango y gofio (un relato que puede leerse como “Una semana de Totico Denísovich y sus socios en la escuela al campo”) me di de bruces con la decencia del autor. Una decencia -en este caso narrativa- no muy distinta de aquella con la que Pepe se acercaba al mundo, empezando por sus amigos. Una decencia que protege sus palabras contra el tiempo y les hace decir más cosas incluso que las que pudimos leer cuando aparecieron impresas (eso también es mucho más de lo que puede decirse de la mayoría de los escritores). Y lo primero que nos dice Pepe es que la decencia misma no es cosa barata. Sobre todo en los sitios donde más escasea”.

Fue guía para un grupo de jóvenes en los 80

el escritor Alberto Méndez Suárez, quién conoció a Pepe Fajardo a finales de los 80, cuando se iniciaba en el mundo de las letras, recordó al amigo en su página de Facebook:

“Su libro Nosotros vivimos en el submarino amarillo marcó a toda nuestra generación y de hecho a la suya que vivió primero que nosotros la épica del rock and roll en aquellos años habaneros de los setenta en la barriada de La Víbora y el instituto Edison”, escribió sobre Fajardo Alberto Méndez Suárez, radicado en Miami, quién lo conoció a finales de los 80.

Nosotros somos de la generación siguiente que empezábamos a escuchar heavy metal, Aerosmith, Megadeth, Iron Maiden. Somos esa generación que llegó hasta Metallica. Pero en aquellos años yo recién conocía Led Zeppelin en cassettes que traficábamos en la escuela y en el programa Perspectiva donde vimos en televisión por primera vez un fragmento a Robert Plant con su gran voz en The song remain the same, cuando en onceno grado en el Pre-universitario de La Víbora conocí a Pepe en una presentación de su libro en la casa estudiantil. Era el año 1987. Entonces tenía a su cargo el famoso Taller Literario de Arroyo Naranjo, donde fue la guía para un grupo de jóvenes que comenzaban a escribir a fines de los 80, a quienes enseñó la gran narrativa norteamericana del siglo XX que tanto lo marcaría en estilo y personalidad: Fitzgerald, Hemingway, Truman Capote, Raymond Chandler, Norman Mailer, Doctorow, Dashiel Hammett, Bradbury, entre muchos otros. Pepe supo transmitirnos lo esencial de cada uno a través de su estilo personal. Es una pérdida irreparable la de este gran escritor”.

Un último brindis por Pepe Fajardo

Ernesto Santana, en la publicación 14yMedio desde La Habana, le dedicó un último brindis:

“Cuando supe que había muerto Pepe Fajardo, me di cuenta de que en los últimos veinte años no lo vi más de cinco veces. Es frecuente que el insilio separe más que el exilio. Otros amigos tampoco lo habían visto mucho más. Lo que sí parece seguro es que ya no escribía.

A mediados de los noventa me dejó leer unos pocos cuentos que había escrito sin prisa y sin la urgencia de que otros los leyeran, como si no le interesaran mucho. Acaso, por el contrario, tenían mucha significación aunque no lo dejara notar, tal vez por su elegante evasión de la queja.

Nunca volví a ver otro escrito suyo. No recuerdo casi nada de aquellos cuentos leídos en unas pocas horas de alcohol. Lo que nunca olvido es que, cuando me pidió una opinión, le dije que aquellas páginas parecían escritas por alguien justo antes de suicidarse y se irritó mucho, para sorpresa mía, pues habíamos sido amigos muy cercanos desde 1979.

No dije aquello creyendo que pensara darse fin, pero su reacción me llamó la atención. Si bien no mostraba esa dosis de loco coraje necesaria para hacerlo, Pepe era una persona profundamente sufrida, en esencia un solitario sin cura, aún cuando buscara la cercanía de alguien. Su única fiel compañía fue la callada desesperación que a veces se adivinaba en el fondo de sus boyunos ojos miopes o en alguna de sus acotaciones al margen de la vida.

Los cuentos de Nosotros vivimos en un submarino amarillo son juveniles, deseosos, con aquella excelente prosa suya que nació hecha y su ilación minuciosa y sutil. Luego vino la oscuridad, lenta e impregnante. No sé si aquellos bien guardados cuentos que leí mucho después fueron el nadir de esa penumbra. Si no escribió más no fue porque no tuviera nada que decir. Una de sus frases preferidas era un verso de Jim Morrison: ‘Quiero escuchar el grito de la mariposa’.

Llegó la perestroika. Creímos que caería el telón de nuestra brutal farsa nacional. Lo que cayó fue el mayor agujero negro en la cronología cubana. Ramón se marchó del país. Pepe y yo nos veíamos muy poco ya, cada uno en su deriva.

Pese a todo, Pepe Fajardo hizo siempre una vida relativamente ordenada. Trabajó durante casi cuarenta años como instructor en talleres literarios. Era una labor para vivir, pero él se sentía a gusto y lo hacía bien, incluso en los años en que ningún sueldo servía para nada. Era también una especie de máscara, una coartada para demostrarse a sí mismo que existía.

En casa lo aguardaban unas gafas más importantes que sus gruesos espejuelos de cegato. Solo con alcohol podía ver el cada día, como Malcolm Lowry. Sin embargo, aunque no escribiera mucho, seguía siendo el mayor devorador profesional de bibliotecas que he conocido. En la de la Fundación Carpentier, muy buena, era difícil hallar un libro en cuya tarjeta no apareciera su firma de lector.

Es triste comprobar lo poco que puede decir cualquier palabrería en estos casos. Pero hace años alguien me enseñó un antiguo brindis inglés que a veces he usado en broma, y que sé que a Pepe Fajardo le hubiera causado una media sonrisa cínica, y le hubiera gustado, como buen jodedor que era: ‘Brindemos por nosotros y por todos los que son como nosotros, que son pocos y están casi todos muertos’.

Paz para tu alma, por fin, querido amigo”.

Otro brindis por un Pepe

El poeta, narrador y exprofesor de filosofía Oscar Kessel, escribió desde un bar de La Habana:

“A mí me lo trajeron los ángeles porque yo estaba tan jodido que me dedicaba a hacerles los zapatos. Algunos eran de colores fabulosos, algunos de colores infames. Casi ninguno correspondía a la anatomía de un pie, casi ninguno a la anatomía de un ángel. De modo que me limitaba a comer de lo que me trajeran los amigos, y a escribir una triste novela perdida que luego se llamó El Lunes del Arquero.

Ni siquiera recuerdo cómo nos conocimos. Si sé, que desde entonces, me sigue deslumbrando aquel triste animal caído por el amor de Vitalina Alfonso. De quién me diría en un instante de iluminación etílica, parodiando el texto que cantaba María Teresa Vera: ‘Tus besos fueron la causa pero no te culpo a ti… Me culpo a mi por creer lo que equivocado que fui’. Y desde el comienzo nos fuimos a las honduras. Casi habíamos leído lo mismo. Casi habíamos hecho lo mismo, salvo que a mí no me gustaron nunca el dominó ni la pelota, porque Pepe era hondamente habanero, un jupy vivoreño, con enorme casa y tía con coche, y madre maestra normalista. Y yo no tenía ese empaque.

Pepe no creía en Dios ni en el Diablo, y ojala no se lo estén disputando esos dos apóstatas, porque tampoco ninguno de los dos creía en él.

Pero la anécdota de quién era lo va a diluir. Era el narrador que escribió la acechanza de un aprendiz de albañil para asesinar a la taquillera del cine Mónaco, una de las obras narrativas más abrumadoras que conozco y que, felizmente, no ha sido publicada y tal vez no lo sea, porque, gracias a Dios, nadie sabe dónde carajo está. Ni Salinger ni Aron Saroyan, ni siquiera Rulfo u Onelio, o el venerable chino Heras de La Guerra tuvo seis nombres. Pepe narraba como nadie, ni siquiera mi abuela. Y era sensible al verso, y lo conocía de suyo.

Una de las últimas veces que lo fui a verlo, compramos una media botella en La Cuevita, y nos la echamos hablando de Agustín Medina, ese poeta perdulario, perdido por la vida, le propuse escribir un ensayo sobre La Canalla Literaria en Cuba.

Me dijo ‘Oscar, aléjate de esa miseria. No es la literatura la que está jodiendo este país’. No entendí entonces, y supongo, me lo explicará después. De todas formas, gracias hermoso amigo. Morfolibale. Ante ti tendido un ruiseñor”.

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