Cuando en 1942 nací, Cuba estaba dividida en seis provincias: Pinar del Río, La Habana, Matanzas, Las Villas, Camagüey y Oriente. Cada provincia tenía sus costumbres, pero había algunas que se habían convertido en identidad del cubano, como ofrecer una tacita de café, acabado de colar, a quien visitara tu casa.
Los habaneros solían tomar café en el desayuno, después del almuerzo y de la comida. También eran tomadores de café con leche, lo mismo a media mañana que a media tarde, fuera en invierno o en verano. En casi todas las cafeterías de la época, servían café con leche, en jarras de cristal con asa. Aparte, un plato con pan de flauta tostado cortado en tiras y una porción de mantequilla. Esa típica merienda costaba diez centavos.
Otra tradición eran los helados. Los que hacían los chinos en sus puestos de verduras, siempre eran de frutas y costaban de tres a cinco centavos, si la bola era pequeña o grande. Los servían en un vasito blanco de cartón con una minicucharita de madera. Los popsicles, paleticas y bocaditos los vendían en los carritos de Hatuey, Guarina o El Gallito que recorrían las calles de los barrios de la capital. Sus precios: cinco centavos los popsicles, diez las paleticas y quince los bocaditos. Los sabores eran de vainilla y chocolate. Lo más caro era el coco glacé, que venía en una cáscara de coco y valía veinte centavos.
También se tomaban batidos, con leche de vaca, de trigo, chocolate, platanito, mamey, mango, guayaba, chirimoya, guanábana... El mejor batido de anón era el de la cafetería que había en Consulado y Neptuno. Los jugos de naranja, toronja, piña, las limonadas y los refrescos de melón, tamarindo y garapiña solían prepararse y tomarse bien fríos en las casas. Las naranjas las vendían en carretillas por las calles y te las pelaban al momento.
Al igual que en el resto de la Isla, en La Habana había muchas guaraperas, tres centavos costaba el vaso pequeño y cinco el grande (de cristal, antes no se tomaba guarapo ni tampoco batidos ni jugos en vasos plásticos). Casisiempre en una parte de la guarapera se podía tomar café y comprar cigarros, tabacos y fósforos. Muy populares eran los granizaderos, quienes al hielo rallado le echaban siropes de fresa, menta y otros sabores.
Las 'chucherías' de aquellos tiempos solían ser coquitos acaramelados, coquitos prietos o blancos, boniatillos, africanas, bomboncitos de piquitos y 'rompequijás' (caramelos duros de chocolate), así como los cucuruchos de maní y las galleticas dulces rellenas de crema. En los puestos de los chinos, las 'chuches' eran saladas: boniatos fritos, mariquitas, empellitas, chicharrones de viento o de tripitas y manjúas fritas.
Cuando ibas al cine, la oferta de los vendedores, uniformados, con su linterna y cajón colgado al cuello, no era muy variada: chiclets, M&M, caramelos y galleticas. En los cines más grandes podías tomar Coca-Cola en un vaso de cartón. La moda de las rositas de maíz (popcorn) surgió después, al menos en La Habana.
Casi todas las frituras callejeras eran de bacalao, de malanga o de maíz. No había habanero que a cada rato en un timbiriche de fritas no comiera pan con bistec, tortilla, minuta, perro caliente o frita (para mí, más sabrosa que la hamburguesa). O un sándwich (50 centavos), una medianoche (35 centavos) o una galleta preparada (25 centavos). En mi infancia, las croquetas se comían en los hogares, no en las cafeterías.
Las croquetas más populares eran las de jamón, que a menudo formaban parte de los menús de cumpleaños, emulando en calidad a la ensalada fría de coditos, pollo asado, cuadritos de papa hervida, petit pois y mayonesa. Si se prefería con jamón, se le echaba piña en conserva, para que no se cortara. De los dulces, panquecitos, masarreal, tortica de morón y pasteles de guayaba, coco, queso o carne.
Al menos en mi entorno, de familiares y vecinos de bajos recursos, no se acostumbraba a comer en restaurantes. Lo que de vez en cuando la gente hacía era 'comer de cantina'. Muy cerca de mi casa, en San Joaquín entre Monte y Omoa, cada día una familia en su domicilio ofrecía tres o cuatro 'completas' (menús). Uno tenía que llevar sus cantinas, que eran de metal con asas a los lados, se ponían una sobre otra y se enganchaban con una pieza de metal que las mantenía seguras. Se agarraban por la parte superior, las había pequeñas, medianas y grandes.
Cada juego traía cuatro cantinas. En la primera te echaban el arroz, en la segunda el potaje, en la tercera la carne o pollo y en la última, ensalada, plátanos maduros fritos, tostones o yuca con mojo, por ejemplo. En Castillo casi esquina a Monte había una fonda de chinos que preparaba comida cubana. Podías comer allí o llevártela en una cantina. En los restaurantes de comida china, si pedías 'para llevar', te servían el arroz frito, el chop suey y las maripositas en cajitas de cartón. La sopa tenías que tomártela allí o llevar un recipiente adecuado.
Más que por sus gustos gastronómicos, los habaneros se distinguían por estar limpios y bien vestidos, dentro y fuera de sus domicilios. Tres veces al año uno se estrenaba una muda de ropa: el día del cumpleaños, el 20 de mayo y el 31 de diciembre, cuando se comían doce uvas, se tomaba sidra y se tiraba un cubo de agua a la calle.
Finalizo con los carnavales, que siempre se celebraban en el mes de febrero. Las comparsas, carrozas, autos y camiones subían por Malecón y Prado hasta la calle Monte, donde está la Fuente de la India, al lado del Parque de la Fraternidad. Ahí daban la vuelta y bajaban de nuevo por Prado hasta el Malecón.
El ambiente carnavalero se trasladaba a clubes, asociaciones, escuelas, hogares, donde se organizaban fiestas de disfraces. En mi escuela pública Ramón Rosaínz, en Monte y Pila, Cerro, participé en bailes donde las alumnas nos vestíamos según el tema o país escogido. En la foto, de 1949, de mexicana. La canción que interpretamos fue Noche de ronda, de Agustín Lara. Y para dejar constancia, en aquella Habana no faltaban los estudios de fotos, tampoco los fotógrafos particulares, ni los callejeros y ambulantes, como el que siempre había en la acera del Capitolio.