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@DesdeLaHabana

LA HABANA.- Pasada las dos de la madrugada, un auto patrullero avanza lentamente por la Calzada de Diez de Octubre, al sur de La Habana. Cuando divisan el vehículo policial, dos travestis, usando con short de mezclilla y tacones altos, exceso de maquillaje y pelucas estrafalarias, intentan esconderse en un recodo de un edificio deshabitado. No les da tiempo.

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Luego de un escueto saludo, el oficial les pregunta qué hacen a esa hora de la noche en la calle. “Estoy esperando a mi marido que va pasar a recogernos”, responde uno de ellos. El patrullero les recuerda que el país sufre una epidemia impredecible y mortal, COVID-19, que la mejor manera de evitar el contagio es no salir de casa.

“¿Pero hay una ley marcial?”, indaga el travesti. “Si los ciudadanos siguen sin cumplir las medidas de cuarentena, inevitablemente habrá que aplicar un toque de queda. La salud pública es un problema de todos”, riposta el policía.

Los travestis prometen marcharse a casa. El oficial les entrega el carnet de identidad y continúa su ronda por la Calzada de Diez de Octubre, bastante concurrida a pesar de la hora y en plena epidemia de coronavirus que asola al país. Pero cuando se marcha el patrullero, los travestis siguen en lo suyo, prostituyéndose por un puñado de pesos.

“Todas las noches, llueva, truene o haya coronavirus, salimos a hacer la calle. Es una cuestión de oferta y demanda”, dice el que usa una llamativa peluca de color rojo, y suelta una carcajada.

Rita, como se hace llamar uno de los travesti, cuenta que es enfermero del hospital Miguel Enríquez, ubicado en la barriada de Luyanó. “Allí en el hospital los casos de COVID-19 están a pululu [abundantes]. Pero el virus no mata a tanta gente, solo a los viejos, diabéticos o quienes tengan problemas respiratorios. Si me quedo en casa, ¿cómo consigo dinero para comer y alimentar a mis padres que están jubilados? Tengo que salir pal’ fuego a buscar balas (dinero)”.

Muy cerca, varios jóvenes escuchan reguetón desde una bocina portátil. “Micha, mátalo, todo el mundo quiere cantar, pero todo el mundo no es cantante”, corean los muchachos, mientras mueven las caderas al ritmo del último éxito del Micha, reguetonero cubano que vive “a caballo” entre La Habana y Miami.

Llevan dos semanas sin ir a la escuela y escuchan rap y reguetón porque están aburridos. "Y, según los acontecimientos, explica el que afirma tener 17 años, “no habrá clases hasta después del 15 de mayo. Y la verdad que esa encerredera en el gao (casa) me tiene fundido. Uno se muere de cualquier cosa. Estamos en la calle, pa’ coger un aire”, señala y se empina un trago de ron de una botella plástica que alguna vez fue de agua mineral.

No muy lejos, en la parada del P-10 [ómnibus de transporte público], cuatro personas esperan la confronta.

Dos no llevan nasobuco (mascarilla). Una señora, también sin protección, vende café a la entrada del edificio donde vive. “Mi’jo, la jubilación no me alcanza para nada. Vendiendo mi cafecito puedo reunir unos pesos y comprar comida. El coronavirus te mata si te pones de mala suerte. Pero el hambre te mata al seguro”.

Frente a la parada, en una carnicería estatal, media docena de personas hacen cola para comprar pollo. No es seguro que por la mañana llegue el camión del pollo. “Eso es a suerte y verdad, a lo mejor viene, a lo mejor el pollo demora una semana. Pero ya nosotros somos de los primeros en la cola”, aclara un anciano jubilado.

Cuando amanece, aumenta el número de personas en la vía pública. En las paradas se producen aglomeraciones, para ascender a un ómnibus o intentar abordar un taxi colectivo. Se dirigen al trabajo, a una consulta médica en un hospital o al centro de la ciudad, a ver si consiguen comprar comida o artículos de aseo.

Parece un día normal. Lo diferente es que la mayoría llevan nasobucos (mascarilla) puestos, de distintos modelos y colores. Algunas mascarillas son profesionales, adquiridas a dos dólares en el mercado negro, la mayoría son artesanales, hechas con retazos de tela por costureras y amas de casa. Hay quien prefiere usar un pañuelo de algodón, estilo vaquero. Yamila, vestida de blanco, no se pone nada. "Soy asmática, no puedo ponerme nada que me tape la boca y la nariz pues me falta el aire y parece voy a morirme. Yo

estoy protegida por Obbatalá [deidad del panteón Yoruba]. A mí esos virus me resbalan. Tengo mi nasa [protección]”.

Cuando usted le pregunta a la gente por qué no cumple la cuarentena en casa, casi todos responden lo mismo: "Tenemos que salir a la calle a buscar dinero o comprar comida".

Según Ricardo, funcionario de la ONAT (Oficina Nacional de Administración Tributaria), además de las más de 600.000 cuentapropistas [trabajadores independientes] existentes en la Isla, “solo en La Habana, casi 200.000 personas se dedican al trabajo informal. Ya sean mulas que venden ropa que importan de afuera o jubilados que venden cigarros sueltos o cucuruchos de maní. Es imposible que hagan cuarentena en su casa. Viven al día. Cortar ese nudo gordiano, va a ser una de las claves para evitar que la epidemia se propague”.

El COVID-19 no se lo toman en serio muchos ciudadanos en Cuba. Tampoco al principio se lo tomó en serio el régimen, que no cerró la frontera hasta el 20 de marzo, propiciando que turistas extranjeros contagiaran a los cubanos. Actualmente, un segmento elevado de ciudadanos subestima al coronavirus, a pesar que hasta el miércoles 8 de abril, al momento de cerrar este artículo, las autoridades reportaban 457 casos positivos de COVID-19, de los cuales 16 se encontraban en estado grave o crítico y se habían producido 12 fallecimientos, cifras todas reportadas oficialmente.

Un funcionario de higiene y epidemiologia del municipio Arroyo Naranjo, vía WhatsApp, opina que “ha existido una baja percepción de riesgo por parte del Gobierno y los ciudadanos. La irresponsabilidad es mayúscula. Se está jugando con candela. El Gobierno sigue enviando un montón de especialistas al extranjero que en algún momento van a hacer falta en el país. Si la cifra de contagiados supera la barrera de los 5.000 o 10.000, te aseguro que no tenemos las condiciones materiales. Te hablo de camas en salas de terapia intensiva y ventiladores mecánicos. Se han dispuesto dos hospitales de campaña, uno en Santiago de Cuba y otro en La Habana, pero si no se puede aplanar la curva del coronavirus, no serán suficientes los médicos ni las camas disponibles al día de hoy en los hospitales".

En su opinión, la epidemia se pudiera revertir. "Pero se dan fenómenos, inexistentes en otras naciones, como el desabastecimiento de alimentos, productos de aseo y medicinas, a lo que se unen las colas y aglomeraciones. También la irresponsabilidad ciudadana puede disparar el número de contagiados.

Cuba, sin fronteras terrestres, con una población que no supera los 12 millones de habitantes y un sistema de control ciudadano que ha demostrado ser eficiente, según reporte actualizado y publicado por Google , a partir del número de contagiados por cada millón de habitantes, el país se ubica entre los primeros en porcentaje, incluso por encima de Estados Unidos.

Según cifras extraoficiales, calculadas por trabajadores del Ministerio de Salud Pública con dominio de la información que no se hace pública, antes de que Cuba alcance el pico de la epidemia, el número de contagiados podría alcanzar los 2.000 y podrían llegar a fallecer unas 300 personas.

Si miramos las estadísticas de la OMS, las islas del Pacífico y del Caribe son las que menos casos han tenido, con excepción de Cuba. Los países continentales son los más afectados. Estamos a punto de superar los 500 casos positivos de coronavirus, si el Estado no decreta un toque de queda y saca el ejército a la calle, para el mes de mayo pudiéramos estar hablando de miles de enfermos”.

Tras las primeras dos semanas de cuarentena, La Habana pudiera convertirse en el epicentro de la pandemia. Las autoridades hacen un llamado a la ciudadanía a permanecer en sus domicilios, pero no ofrecen soluciones para que la gente pueda comprar lo que necesite sin tener que aglomerarse haciendo enormes colas.

Los habaneros, como el resto de los cubanos, se encuentran en una disyuntiva: o corren el riesgo de contagiarse con el COVID-19 o eligen pasar hambre.

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