El día que entra agua potable en Lawton, barrio al sur de La Habana, muchas familias aprovechan para lavar su ropa y baldear la casa mientras que en las destrozadas calles interiores y avenidas abundan los salideros del preciado líquido.

Ese día, Ana, maestra jubilada de 79 años, apaga el anticuado televisor chino de tubos catódicos y con un pequeño cubo comienza a llenar decenas de recipientes y pomos plásticos de agua que utiliza para beber, cocinar y bañarse. "Hace un año me ayudaba mi esposo. Pero falleció de un infarto. Después mi nieto, que vivía con nosotros, llenaba el tanque de agua. A veces algunos vecinos me ayudan, ahora casi siempre lo hago yo sola".

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Ella vive en un apartamento interior de ventanas descascaradas y fachada que pide a gritos una mano de pintura. Los muebles y sillones de caoba han sido reparados varias veces. Una de las bombillas de la sala está fundida, dándole un ambiente espectral a la estancia. Ana camina lentamente hasta la cocina apoyándose en la pared.

"Son los achaques. Cuando no es la rodilla inflamada, es la cadera, que me da unos dolores tremendos. O bursitis en los hombros. Hace dos años el ortopédico me recomendó un andador, pero no lo he encontrado", se lamenta Ana, una mujer de carácter fuerte que no le gusta le cojan lástima. Hace unos meses compraba maní, luego lo tostaba en una tosca cazuela de hierro fundido, lo envasaba en cucuruchos de papel y salía a venderlos en la calle.

"Pero ya no hay maní ni ná. Los agromercados están pelaos. El precio del maní se ha disparado tanto que ya no es rentable venderlo. Tampoco elaborar cremitas de leche, porque la leche, fresca o en polvo, está desaparecida. Para buscarme unos pesos, vendo cigarros sueltos y remiendo ropa en mi vieja máquina de coser", confiesa Ana.

Su nieto se marchó a Uruguay y antes de irse le prometió que le giraría dinero, una parte para sus gastos de alimentación y artículos de aseo y la otra para fuera guardándola y empezar a reparar el apartamento. "Él es ingeniero, un muchacho de buena cabeza. Tres o cuatro veces me ha podido mandar dinero, pero las dificultades se suceden unas tras otras. Las sucursales de Western Union dejaron de enviar dinero a Cuba. Entonces mi nieto, a través de un amigo en Miami, me reenviaba los dólares. Pero ahora no sé qué va a pasar, se rumora que debido a nuevas medidas del gobierno americano, probablemente cierren las oficinas de Western Union en la isla", dice Ana y añade:

"Yo me pregunto, si la guerra de Trump y una parte del exilio cubano en Estados Unidos es contra el gobierno de Cuba, que bastante mal lo ha hecho en estos 61 años, pues ni comida le pueden garantizar al pueblo, lo que tienen que hacer es desembarcar tropas en algún lugar de la cosa y fajarse con los culpables de nuestra tragedia. No estoy de acuerdo que cojan al pueblo de escudo, para asfixiarnos económicamente y obligarnos a tirarnos a la calle a protestar, algo que si en 61 años no ha ocurrido, no va a ocurrir, no tenemos alma de mártires. Desde lejos todo se ve fácil. Si quieren guerra, que los de allá y los de aquí se enfrenten y se quiten la picazón. Pero que dejen de utilizarnos como pretexto".

Desde hace una semana, en las sucursales de Western Union de La Habana las colas para cobrar remesas familiares son extensas. En una situada en el municipio Diez de Octubre, Jaison, estudiante universitario, asegura que marcó a la tres de mañana. "A esa hora, era el quince de la cola. Si a los primeros números les envían cantidades de dinero superiores a 200 dólares a cada uno, lo más probable es que no alcance, porque el dinero se acaba enseguida. Nadie entiende que el peso convertible se fabrique en Cuba y no haya liquidez suficiente en las sucursales de Western Union".

Aunque el régimen verde olivo anunció que en breve comenzaría el desconfinamiento en casi todas las provincias, el uso de los nasobucos (mascarillas) sigue siendo obligatorio en los espacios públicos. Con un calor que roza los 34 grados y una humedad relativa alta, varias personas que esperan para cobrar en la misma sucursal de Western Union, se quitan el nasobuco, buscando exhalar un poco de aire fresco. Un médico que dice haber atendido casos de COVID-19 y que también está sudando, comenta que "la gente es demasiado irresponsable, no cumple el distanciamiento social y algunos rechazan las mascarillas. Si pudieran ver las secuelas que deja el coronavirus y el peligro que encierra para los ancianos y pacientes con enfermedades congénitas, asmáticos, hipertensos y diabéticos, fueran más precavidos".

Como el resto de los ciudadanos en la cola, el doctor ha ido a cobrar los dólares enviados por un familiar residente en Estados Unidos. En las colas no se pueden tirar fotos, si un policía te ve, te puede multar con 3 mil pesos (150 dólares de multa). Pero todavía no han prohibido hablar. El médico aprovecha la demora y a quienes les queda más cerca, les explica que el gobierno en su combate contra la COVID-19 ha tenido luces y sombra. "Es muy meritorio que una nación pobre como Cuba tenga estadísticas impresionantes, sin tener tecnología médica avanzada ni medicamentos de última generación. Cuando comenzó la epidemia, el MINSAP no tenía suficientes equipos de diagnóstico".

En su opinión, el gobierno ha manipulado la actuación de los médicos y, como siempre, se ha anotado el triunfo. "Pero los auténticos héroes son el personal sanitario, que no ha dejado de estar al pie del cañón. Casi siempre sin las condiciones de trabajo y protección personal adecuados. Con una alimentación de regular a mala, excepto los que laboran en el IPK (Instituto de Medicina Tropical) y en hospitales militares. También creo que ha costado caro que, en medio del Covid-19, hayan enviado a muchos especialistas al extranjero. Si el sistema nacional de salud no colapsó fue gracias al MINSAP. Pero no se puede jugar con fuego cuando una población es azotada por un epidemia tan seria como el coronavirus. Ni siquiera las grandes potencias médicas pudieron prestar asistencia sanitaria fuera de su país durante la pandemia. Por suerte, el alarde mediático de los gobernantes, no tuvo graves consecuencia".

Cuando usted habla con cualquier cubano, más que el COVID-19, al parecer en franca retirada -aunque se espera un posible rebrote con la llegada del otoño-, las mayores preocupaciones siguen siendo dos: lo que van a comer al día siguiente y lo que les depara un futuro lleno de signos de interrogación.

Sentado en un parque en la barriada habanera de La Víbora, Manuel, jubilado, hojea el periódico, sin dejar de prestar atención al nieto, jugando con dos amigos. "Quienes peor han llevado esta cuarentena son los niños y adolescentes. No es fácil estar encerrado en la casa. La ansiedad les despierta el apetito y no hay mucho para darles de comer. Con las vacaciones escolares hasta septiembre, las familias tienen que hacer magia para alimentar a la prole. Si al gobierno tuviera que darle una nota por su enfrentamiento al coronavirus, de diez puntos le daría seis. Países más desarrollados que el nuestro han tenido miles de fallecidos. Pero el gran problema de Cuba comienza ahora. Ya antes de llegar el virus, la economía estaba en caída libre. Ahora está en el fondo del pozo: no hay nada que comprar y los precios de los alimentos se han triplicado. Si Díaz-Canel no hace reformas profundas, una combinación de crisis alimentaria y descontento social puede ser altamente peligrosa. Una pequeña chispa prendería el polvorín".

Si en algo coincide la mayoría de los cubanos es que la Isla se encuentra envuelta en una feroz crisis económica. La gente espera con ansiedad medidas gubernamentales concretas y efectivas, que permitan afrontarla sin tener que abrir un nuevo agujero al cinturón. La pelota está en terreno del régimen.

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