lunes 9  de  marzo 2026
CRISIS EN CUBA

Cuba: Qué hay tras los actos de reafirmación revolucionaria

Tras las masivas protestas que tienen lugar desde el 11-7, además de la oleada represiva, el régimen de Cuba convoca actos a base de coacción y amenazas
Diario las Américas | IVÁN GARCÍA
Por IVÁN GARCÍA

LA HABANA. - Pasada la medianoche del sábado 17 de julio comenzaron a llegar los ómnibus del transporte público a la amplia explanada de la Plaza Roja, ubicada en el barrio de La Víbora, municipio Diez de Octubre, a veinticinco minutos en automóvil del centro de La Habana, capital de Cuba.

Alrededor de la cinco de la mañana los ómnibus partían semivacíos hacía un ‘acto de reafirmación revolucionaria’ organizado por el régimen que encabeza Miguel Díaz-Canel en un sitio identificado como La Piragua, situado detrás del Hotel Nacional, en el corazón del Vedado. El sitio escogido siempre ha sido famoso en la capital por ser un punto utilizado para la venta de cerveza y los bailables con orquestas.

Los baños de masas siempre han sido estrategias tradicionales entre los dictadores. Unas semanas después que un grupo de jóvenes del Directorio Revolucionario, encabezado por el estudiante de arquitectura José Antonio Echevarría, el 13 de marzo de 1957 asaltaran el Palacio Presidencial, a poca distancia de la bahía habanera, empresarios y amigos del dictador Fulgencio Batista organizaron un ‘acto de desagravio’ en apoyo del entonces hombre fuerte de Cuba. A pesar de la lluvia, según la prensa de la época, participaron 250.000 habaneros, prácticamente la mitad de los residentes en una ciudad en la que entonces se contabilizaban unos 600.000 habitantes.

Esas multitudes que tanto gustan a los autócratas suelen ser engañosas. Un año y nueve meses después de aquel acto en 1957, un número superior de habaneros salió a las calles para apoyar la entrada de Fidel Castro a La Habana, un abogado reconvertido en líder guerrillero, que juraba a la prensa nacional e internacional que no era comunista y celebraría elecciones democráticas en Cuba. Ni lo uno ni lo otro se cumplió.

Fidel Castro se transformó en dictador, contando con el respaldo del comunismo soviético. A Castro le encantaban las marchas populares y los desfiles frente a la embajada de Estados Unidos para mostrar al mundo el ‘apoyo del pueblo a su revolución’.

Cada una de esas coreografías y puestas en escena le costaban entonces y le cuestan al país miles de dólares en gasto de combustible y el cancelación de actividades económicas.

Pero Díaz-Canel quería tener también su baño de masas. Desde días antes se activó el protocolo. A pesar de que el 30 por ciento de los ómnibus del transporte público está parado por déficit de combustible, las autoridades movilizaron a alrededor de 800 ómnibus, decenas de camiones y autobuses de empresas estatales.

No importó el feroz rebrote del coronavirus ni la circulación de cepas agresivas como Delta y Delta Plus. La ‘reafirmación ideológica’ fue más importante que la salud del pueblo. Aunque casi la mitad de los dos millones de adultos residentes en la capital se han inyectado con alguna dosis de los candidatos vacunales promocionadas por el régimen, los casos de infectados por coronavirus crecen por día. En la última semana, los contagiados por el COVID-19 fluctúan entre 700 y más de 800 casos, el mayor número en La Habana desde que comenzó la pandemia en marzo de 2020. Expertos en salud pública han dicho que las masivas protestas populares reclamando libertad, democracia y gritando Patria y Vida, acaecidas entre el domingo 11 de julio y martes 13 de julio así como las contramarchas organizadas por el régimen, provocarían un aumento considerable del número de contagiados en Cuba.

La última puesta en escena

Volviendo a la organización del acto celebrado el sábado 17 de julio en La Piragua. Al activarse los protocolos, todas las empresas de La Habana y ‘factores del partido, la juventud y los sindicatos’ se aprestaron a convocar a sus trabajadores y afiliados para que participaran en el evento.

Orestes, dirigente sindical de una tabaquería en la Habana Vieja, comenta que “ni a palos la gente quería asistir. Buscaban pretextos lógicos como la pandemia o problemas familiares. Tuve que ponerme fuerte. A duras penas conseguí que 54 trabajadores de una plantilla de más de 500 dijeran que iban a asistir.”

A Olga, maestra de secundaria y militante del partido comunista, le dieron la tarea de convocar a profesores y alumnos. “Tu llamabas a los muchachos y te decían que sus padres no los dejaban salir de casa. Al final logré el compromiso de los profesores y alumnos que son miembros de la UJC”.

Erasmo, chofer del paradero de Lawton, cuenta que la mayoría de los ómnibus iban vacíos. “Cómo está la calle, entre la pandemia y las protestas contra el gobierno, muchas personas, a no ser las que están comprometidas con el proceso o por presiones, se ven obligados a asistir, esta vez querían quedarse en sus casas. Y para colmo la salida en los puntos de concentración fue a la cinco y pico de la mañana. Dijeron que el acto debía comenzar temprano porque Raúl Castro no puede coger sol”.

Las fotos aéreas y planos abiertos confirman que al acto no asistieron 100.000 personas, como aseguran las autoridades. Iraida, mucama de un hotel, confiesa que asistió "para no marcarse en su trabajo. Allí vi a una pila de estudiantes de escuelas militares y reclutas, también oficiales vestidos de civil que se reconocían por sus pelados y las botas militares. Lo más llamativo fue el señor que gritó frases contra el gobierno. Al instante un grupo de ‘segurosos’ [agentes de la represión] le aplicó técnicas de defensa y lo cargaron en peso”.

La luz verde para iniciar la violencia revolucionaria la había dado el propio Díaz-Canel el domingo 11 de julio, cuando en la televisión dijo que “solo por encima de sus cadáveres, los ‘vendepatrias’ y ‘mercenarios’ iban a desestabilizar el país” y concluyó con voz afónica y un nerviosismo evidente: “Revolucionarios y comunistas salgan a las calles a defender la revolución. La orden está dada”. Y se desató la violencia revolucionaria.

Cada empresa estatal debió reportar la cantidad de vehículos y personas que participarían en las contramarchas. Un empleado señala que, en su empresa, el jefe fue tajante, “es hora de definirse. Los que están con la revolución que salgan apoyar y los que están en contra que se quiten la careta. A pesar de la presión, muchos trabajadores se negaron. Los miembros del partido, la juventud y el sindicato sí tuvieron que jamarse el cable”.

Héctor, trabajador de una empresa estatal, dice que asistió a una contramarcha de apoyo al gobierno en la populosa calle Galiano. “Soy de la UJC (Unión de Jóvenes Comunistas), no tuve manera de escapar. Cuando llegamos aquello estaba prendido. Miles de personas gritando lemas contra el gobierno. Hasta que no llegó el respaldo (entiéndase la policía, batallones de los llamados boinas negras y antimotines), nosotros no pudimos comenzar a desplegar las banderas y corear consignas de apoyo a la revolución. Lo que vi fue tremendo. Palizas, chorros de gas pimienta y tiros a la multitud. Después me dijeron que eran balas de goma. Pero yo vi el fuego y la humareda que provocan las balas cuando salen de una pistola o un fusil”.

Elena, trabajadora de la misma empresa, aclara que incluso después de las protestas “del domingo 11 y el lunes 12 en La Habana, el resto de la semana los directivos nos convocaban a vigilar lugares céntricos como el parque del Mónaco en La Víbora, pues se tenía información de que habría disturbios. Estuvimos allí desde las cuatro de la tarde a la una de la mañana. No pasó nada. Lo único que nos dieron de comida fue un pan con mortadela y un refresco. Llevábamos meses trabajando a medio gas por falta de combustible. Sin embargo, para esta jodedera del gobierno, el combustible y los recursos aparecen debajo de la tierra”.

Los participantes en los actos organizados por la dictadura coinciden en que no son espontáneos. “Para nada. Si los que participamos en los actos de apoyo al gobierno fuéramos revolucionarios de verdad, le hubiéramos salido al paso a las protestas cuando estaban en pleno apogeo. Hay una verdad irrebatible. La mayoría de los cubanos, pensemos como pensemos, tenemos un montón de necesidades. Los únicos que viven como marajás son los ministros y generales”, afirma un obrero que participó en el acto del sábado 18 de julio.

La situación es peor mientras más alejados del centro de la ciudad sean las barriadas. En La Güinera, al sur de La Habana, “fue impresionante el despliegue de tropas antimotines para capturar a unos muchachos desarmados. Varios vehículos con cien antimotines y policías por todas partes. Incluso tenían drones. Por el armamento, equipamiento y forma de desplegarse parecían de la SWAT”, describe un joven que reside en El Rosario, reparto contiguo a la Güinera.

Aunque el régimen pretende vender el 11-J como ‘una victoria de la revolución’, la realidad es muy diferente. La repulsa internacional por parte de países democráticos ha sido mayoritaria. Se vieron obligados a cortar internet (funciona, pero con lentitud y dificultades) para impedir que las protestas se multiplicaran por todo el país. Las roturas de vidrieras y robos en más de 25 tiendas en divisas, según el régimen, es una muestra palpable de su impopularidad.

Las medidas posteriores de la dictadura de autorizar hasta el 31 de diciembre la libre importación de medicinas, alimentos y artículos de aseo, eran prohibiciones absurdas en una sociedad paralizada por la mala administración y una bestial crisis económica. El régimen tendrá que ser muy creativo si quiere apaciguar el amplio descontento social. Para muchos cubanos el 11-J puede ser el principio del fin de la vieja dictadura caribeña.

Iván García
Especial
@DesdeLaHabana

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