CARACAS.-El dirigente político y analista Antonio Ecarri denunció que la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) ha dejado, prácticamente, de certificar a Venezuela como país petrolero ya que en la nación caribeña se están produciendo menos de 390.000 barriles diarios de petróleo.

En un artículo de opinión titulado "12 de agosto: lo que dejamos de ser", publicado por el Diario El Nacional, Ecarri analiza cómo el pasado 12 de agosto se convirtió en una fecha lamentable para la historia venezolana.

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"Así como el 31 julio de 1914 es la fecha emblemática del inicio de la producción petrolera en Venezuela y el comienzo de una nueva etapa en nuestra historia económica, política y social, el 12 de agosto de 2020 quedará guardado como una de las fechas más lamentables de nuestra historia. Es el día en que la OPEP prácticamente nos deja de certificar como país petrolero: estamos produciendo menos de 390.000 barriles diarios de petróleo" asegura.

Afirma que el hecho que intenta pasar inadvertido en medio de la catástrofe en que se ha convertido Venezuela entera, deja una huella imborrable y marca el inicio de una nueva etapa: la Venezuela pospetrolera. A su juicio esto tiene graves consecuencias sobre el destino de corto plazo y deja claro el panorama de lo que viene: se acabó el Estado benefactor y populista.

Transcribimos el texto completo publicado por El Nacional

12 de agosto: lo que dejamos de ser

“El petróleo es el hecho fundamental y básico del destino venezolano (…) Todo está condicionado, determinado, dirigido por el petróleo” Arturo Uslar Pietri

Así como el 31 julio de 1914 es la fecha emblemática del inicio de la producción petrolera en Venezuela y el comienzo de una nueva etapa en nuestra historia económica, política y social, el 12 de agosto de 2020 quedará guardado como una de las fechas más lamentables de nuestra historia. Es el día en que la OPEP prácticamente nos deja de certificar como país petrolero: estamos produciendo menos de 390.000 barriles diarios de petróleo.

Este hecho que intenta pasar inadvertido en medio de la catástrofe en que se ha convertido Venezuela entera, deja una huella imborrable y marca el inicio de una nueva etapa: la Venezuela pospetrolera. Esto tiene graves consecuencias sobre nuestro destino de corto plazo y nos deja claro el panorama de lo que viene: se acabó el Estado benefactor y populista. Es decir, en términos muy criollos, “se acabó lo que se daba”.

El Estado venezolano quebró. Para nadie es un secreto que más de 92% de nuestros ingresos provenían de la renta petrolera; sin embargo, la industria mejor equipada del continente fue desmantelada por el estatismo, la corrupción, el clientelismo y la incapacidad gerencial del régimen socialista. El Estado venezolano, con su tamaño desmedido, fue acabando con la única industria que nos mantenía.

Esta trágica historia comenzó cuando abandonamos el modelo económico establecido en la Ley de Hidrocarburos de 1943. Nada más en su primera etapa de ejecución, entre 1945 y 1952, aumentamos la producción en 1 millón de barriles diarios, se inició la construcción de todas las refinerías y las petroleras transnacionales, lo que trajo la llegada de sus centros de negocios y cambió la fisonomía de las ciudades. Todo ello sin que al Estado venezolano le costara un centavo. Todo el ingreso que esto producía era invertido en infraestructura y política social.

Los números no mienten. Durante la vigencia plena de esta ley (1943-1974) Venezuela rompió récord de desarrollo, todas sus variables de crecimiento económico y social solo se comparaban con el sureste asiático. Durante este período se dictaron tres constituciones (1947/1953/1961), once gobiernos y tres golpes de Estado. Sin embargo, la política petrolera no se tocaba, era la misma: garantías a la inversión extranjera, aumentos constantes en la producción y una carga fiscal para nuestros socios que nos permitió la evolución social y educativa más importante del siglo XX en toda la región.

Para 1970, la producción petrolera rompe récord: llegamos a producir 3.900.000 barriles diarios, sin que todavía se hubiera desarrollado la faja petrolífera del Orinoco. Este récord nos permitió ser el país de mayor exportación de crudo del mundo, lo que nos llevó a ser los fundadores y líderes de la OPEP. De haberse mantenido esta política, no tengo dudas de que hoy tendríamos una producción cercana a los 8 millones de barriles diarios y nuestra realidad política, económica y social fuese otra.

Sin embargo, cometimos el error de cambiar este modelo de éxito. Fuimos convirtiendo nuestro principal recurso en el arma suicida. La nacionalización trajo consigo la caída en la producción y la de todos nuestros índices de desarrollo. En apenas cinco años, el bolívar, la otrora moneda más fuerte del mundo después del dólar, comenzaba su declive y más nunca recuperó su valor. Lo único que siguió creciendo fue el Estado y la burocracia. Estábamos “tendiendo la cama” a la instalación del totalitarismo: una sociedad que vivía del Estado y no un Estado que vivía de su sociedad. A pesar de la extraordinaria gestión de muchas de las directivas de Pdvsa, nunca llegamos a tener el éxito anterior.

En 1992 se toma la decisión de reabrir la industria petrolera a los capitales privados internacionales. El primer paso fue el proyecto Petrodelta, luego completado con el proceso de reapertura total de la industria hacia las transnacionales petroleras que lleva de nuevo la producción a más de 3.700.000 barriles. Lamentablemente, a partir de 1999 el socialismo asaltó la industria, expropia las concesiones más importantes e inicia la politización criminal de Pdvsa, con los consiguientes resultados que trajeron el fin de Venezuela como país petrolero.

Los tiempos duros llegaron para quedarse. A corto plazo, el nuevo pozo de petróleo de los venezolanos será nuestro talento y capacidad de innovación, porque no contaremos con la renta petrolera por un buen rato.

La única vía de desarrollo que le queda a Venezuela es sustituir a fondo el modelo económico y migrar a una economía enteramente liberal, no por convicción sino por necesidad, y la educación será el único instrumento que tendremos para sobrevivir. El futuro de Venezuela estará marcado por el modelo económico que decidamos tener.

Abrirnos de nuevo al capital privado en la industria petrolera e iniciar un fuerte proceso de privatizaciones, es la única ruta que nos queda. Reducir al mínimo el tamaño del Estado y enfocarlo únicamente a seguridad, salud y educación es imperativo, no hay ingresos para rescatar nada. El petróleo es y seguirá siendo nuestro, pero la industria tendrá que ser privatizada.

Hablar con claridad y con la verdad es el primer gran paso para salir de este hueco. Al ponerle fin al secuestro que padecemos, la liberalización de Venezuela deberá ser inmediata y sin titubeos o el costo será irreparable. Como decía Uslar, nuestro destino seguirá dependiendo de lo que hagamos con la industria petrolera y la ruta es clara: hay que privatizar, de lo contrario seguiremos siendo un símbolo de pobreza y desolación.

FUENTE: REDACCIÓN

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