Dictadura y totalitarismo suelen utilizarse como términos equivalentes, pero representan formas de poder diferentes. Ambas pueden recurrir a la violencia, la represión y la corrupción; sin embargo, el totalitarismo pretende algo todavía más profundo: controlar al individuo, destruir su autonomía y someter todos los ámbitos de la sociedad a los intereses del Estado y de quienes lo dominan. Cuba constituye, a mi juicio, una dolorosa demostración de esa diferencia.
Hace unos días, en una reunión entre amigos, uno de los asistentes comentó que, en su opinión, dictadura y totalitarismo eran sinónimos, lo que generó una apasionada discusión que motivó esta reflexión que hacía tiempo que estaba por escribir, puesto que se aprecia que no son pocos los que confunden ambos términos.
Primero, son conceptos con más de 2.000 años de diferencia entre sus orígenes. Sin embargo, tendemos a usarlos indistintamente como si fueran similares. He escuchado calificar al régimen venezolano de totalitario y a los cubanos referirse a la “dictadura de los hermanos Castro”. Así que, sin ser un teórico ni algo que se le aproxime, incursiono en los textos y en mis vivencias, porque los libros, aunque son fundamentales, no pueden transmitir plenamente los miedos y las consecuencias de tener al verdugo viviendo en el vecindario. Les aseguro que son abrumadores.
La dictadura nos viene de la República Romana. Era una función de gobierno legal y temporal que designaba, al menos en teoría, el Senado, siendo el abuso de esa encomienda lo que condujo a su conversión en un gobierno injusto, sin leyes ni final, ajeno a la voluntad popular.
Tal vez sea muy espinoso definir el tiempo y el lugar de la primera dictadura como la conocemos en la actualidad. Más peliagudo aún es identificar al pionero que se adjudicó el título, ese que, lejos de la toga praetexta, fuese en taparrabos o esmoquin, se dijo a sí mismo y a los demás, en un machismo delirante: “El hombre soy yo”.
Dictadores han existido de todos los pelajes: militares, civiles, religiosos y, por supuesto, insurreccionales; todos siempre gustosos del adjetivo “revolucionario”, un término al que cada quien aplica su contenido preferido, como se aprecia en Cuba. Ejemplos: Fulgencio Batista calificó de revolucionario el golpe militar del 10 de marzo de 1952 y Fidel Castro distinguió de la misma manera el ataque al cuartel Moncada del 26 de julio de 1953.
El totalitarismo es mucho más reciente que la dictadura, otro invento europeo que evidencia que del Viejo Mundo nos han llegado cosas muy buenas junto a muchas desastrosas, como los temas que estamos abordando, aportes culturales que compiten con la vesania de muchos de nuestros caciques.
El totalitarismo, según Hannah Arendt, una de las personas más versadas en el tema, surgió como fenómeno político moderno en la Europa del siglo XX. Benito Mussolini sintetizó su visión de gobierno en una fórmula inequívoca: “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. Un propósito que recuerda Fidel Castro cuando les dice a los intelectuales, en La Habana, en junio de 1961: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”.
Sobre esta expresión, los cubanólogos de la época entendieron que se dirigía exclusivamente a la cultura, cuando, en realidad, lo que hizo fue marcar a Cuba como su territorio, como verdadera bestia que fue. Sin embargo, considero que un antecedente remoto de ese pensamiento absolutista puede encontrarse en la frase tradicionalmente atribuida a Luis XIV: “El Estado soy yo”.
Hannah Arendt afirma que el totalitarismo trata de dominar al ser humano desde su interior mediante la destrucción de su capacidad de pensar libremente, a la vez que destruye la vida pública de sus súbditos. Mientras tanto, establece mecanismos de control social, como el terror total, que se expresa mediante una constante agresividad contra la población en general, no solo contra la oposición; la propaganda masiva o totalitaria; y el uso de la ideología para dar respuestas a las inquietudes de los gobernados.
Es una propuesta que lo abarca todo. El Estado ejerce un control absoluto o altamente restrictivo sobre la propiedad, eliminando o subordinando los bienes ajenos a los intereses del sistema. Simultáneamente, mientras el centro de poder muestra estabilidad, los elementos que lo circundan están en constante movimiento y son inestables. No obstante, el más afectado por el totalitarismo es el ser humano. El daño que sufre es espantoso y altamente contagioso.
Tanto las dictaduras como los totalitarismos generan violencia y maldad. Ambos incurren en crímenes horrendos y son profundamente corruptos. Sin embargo, el sistema absolutamente depredador es el totalitarismo, tanto que condujo a nuestra ilustrísima pensadora a escribir sobre “la banalidad del mal”, concepto que muestra cómo un sujeto común y corriente puede contribuir a devastar su entorno cumpliendo órdenes sin reflexionar sobre sus consecuencias, tal y como ha sucedido en Cuba durante estas últimas décadas.
Conclusión
La diferencia entre dictadura y totalitarismo no es simplemente académica. La dictadura arrebata libertades y concentra el poder; el totalitarismo pretende, además, transformar al individuo hasta convertirlo en instrumento del sistema. Por eso sus consecuencias sobreviven incluso a quienes lo implantaron. Cuba demuestra que desmontar un régimen totalitario no consiste únicamente en cambiar a sus gobernantes: exige recuperar la libertad de pensar, actuar y decidir que durante décadas se intentó destruir.
Autor
Pedro Corzo es un historiador, ensayista, periodista e intelectual público cubano especializado en historia política de Cuba y América Latina, con una trayectoria profesional de varias décadas en investigación, medios de comunicación y producción documental. Es colaborador habitual de importantes medios en español como El Nuevo Herald, La Prensa, El Mundo y Montonero, así como de múltiples plataformas digitales enfocadas en análisis político y memoria histórica. Corzo es conductor del programa Opiniones en WLRN Canal 17, donde lidera debates y conversaciones en profundidad sobre temas políticos y sociales contemporáneos. Ha producido 16 documentales históricos, entre ellos Zapata, Boitel vive, Los sin derechos, Muriendo a plazos y Las torturas de Castro, muchos de los cuales abordan la represión política, el exilio y la resistencia. Es autor de 23 libros, entre ellos Guevara: Anatomía de un mito, El espionaje cubano en Estados Unidos y La República que perdimos, y actualmente se desempeña como vicepresidente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio y del PEN Club Cubano en el Exilio.