Especial

Vayamos al grano. Ante el aparente anquilosamiento que por años ha caracterizado a la sociedad cubana, las noticias recientes de brotes de insurgencia en la isla desvían la atención hasta de los menos entusiastas ¿Qué representan el Movimiento San Isidro y los otros borbotones de la sociedad civil que desde en el interior de Cuba cosquillean las redes sociales? ¿Qué confusiones y qué perspectivas subyacen en nuestras miradas y comentarios?

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Desde la desaparición física del caudillo innombrable, Cuba y sus cubanos intensifican la búsqueda de una corriente franca para liberarse del entuerto histórico que hace ya varias décadas, deseca a la isla como grillo atrapado en tela de araña.

De todas partes y dimensiones vienen las alucinaciones y los hechos. Desde Madrid, Paris, New York, Sidney y otras importantes capitales. También desde Jesús María, Los Pósitos, Pogolotti y otros muchos barrios de la Habana y otras provincias. De entre las columnas de las – otrora- mansiones del Vedado y la “Calzada de Jesús del Monte”; o de los suburbios o bohíos que conservan sus suelos de tierra hace más de sesenta años.

Desde la esperanza, las ideologías, las creencias o muchos otros cocteles de emociones: la inquietud, la paciencia, la rabia, la añoranza y la necesidad.

Para una parte de los mal llamados “cubanos del exterior”, el Movimiento San Isidro es la geometría de las diez mil aristas. Una oportunidad, una señal del “viene llegando”, el primer síntoma de la ebullición social tan añorada. Para la otra, el actual fenómeno no pasa de significar otro sacrificio en vano, otro alboroto inútil allí donde lo que hace falta es un pandemónium. Sería pretensioso intentar enumerar todas las miradas que suscita el MSI en una diáspora que se incrementa mientras languidece al acecho.

Sin embargo, menos variopintas resultan las interpretaciones desde dentro del país. En Cuba las opciones son realmente bastante pocas. A juzgar por lo que muestra la actividad en las redes sociales y lo que a través de ellas se lee, hoy solo hay espacio para cuatro puntos de vista diferentes: los protagonistas, la masa, los estatales y los solidarios.

Ante todo hablemos de los auténticos protagonistas. Esos “Juan ya sin nada que perder” y decididos a buscar un cambio, un fin. Esos Quijotes que sin más armadura que un estoicismo inquebrantable se lanzan contra la aspas de un molino inigualable de brutalidad, de cinismo, de manipulación mediática y de inhumanidad. Para sus protagonistas el MSI significa todo y la manera más honesta de encausar y continuar la existencia. Una metáfora mediocre me impulsaría a igualarlos con los primeros salmones que inician la remontada de río. Corriente arriba, contra todos los obstáculos y con el único y sagrado propósito de engendrar una vida nueva.

A su lado viven los otros, esos a los que una vez llamó “la masa” un descolorido cantautor. Esos que van de un lado a otro buscando comida, esos que miran la televisión ensimismados por la necesidad de saber “qué llegará a la bodega”.

De cara a los protagonistas de San Isidro se agitan las tramoyas, esos transformistas pescadores de la oportunidad. Los gritones, las hordas que, protegidas tras el uniforme de sus funciones, se enfrentan, se alebrestan y apedrean para luego recuperar la gloria oficialista y el desasosiego de sus patrones. Entre ellos -claro está- se pueden contar radicales, verdaderamente convencidos, individuos intrínsecamente amorales, y un montón de sin rostros en batida de una identidad cualquiera que le permita ser bien reconocidos en la próxima entrega de migajas.

Y finalmente, está el grupo que se puede calificar como el de los solidarios revolucionarios, en el que identifico a algunos conocidos. Esos que, ya cianóticos de respirar con snorkeling, de tanto en tanto se permiten sacar la cabeza y ofrecerse una gran bocanada de potestad.

Estos a quienes el régimen no duda en calificar de batracios sociales y generan toda suerte de interpretaciones y expectativas. Un grupo temido y cortejado. Son ellos los que entretejen la robustez de las redes y la, todavía raquítica, autodeterminación de pensar al revés. Atención: no se trata de pensar en contra, sino diferente.

En sus post de Facebook y sus Twitters la realidad se visualiza desde una honestidad ingenua y protectora, animada siempre por una franca intensión de actuar en mejor sentido, en dirección al progreso , saltando, como niños que juegan al Pon (Peregrina o Rayuela), de un absurdo a otro de su cotidiano.

La fortaleza de este grupo viene de su capacidad de contagio. Algunos de ellos se cuentan entre quienes se plantaron delante de la sede del Ministerio de Cultura el viernes en reclamo de ser escuchados. Su fragilidad: una latente tentación a la ambigüedad, al individualismo o al liderazgo. Y su principal incongruencia: la sistemática y voluntaria incomprensión de los mares ideológicos en los ha de navegar un futuro mejor.

¿Los solidarios revolucionarios defienden el capitalismo? ¿Pero, dónde están sus capitales? ¿Intervienen y actúan a favor de potencias extrajeras? ¿Dónde están sus benefactores y sus beneficios? Visto lo visto, todas estas interrogantes encontrarán una respuesta conveniente y adecuada el día que los medios oficiales del régimen castrista decidan venir a cuenta de estos ciudadanos.

Los solidarios revolucionarios de las redes no pueden pasar la raya. Al interior Cuba la ideología ya no enfrenta a los terratenientes y dueños de los medios de producción contra campesinos y proletarios. Ya no se enfrentan entreguistas y anexionistas contra patriotas y reivindicadores de los derechos nacionales. Todo es ahora más sutil. La dicotomía opone a tiranos y a demócratas.

Ya hace mucho tiempo que el poder dejó de ser revolucionario. Una administración anquilosada, ineficaz, autócrata y hegemonista no puede ser calificada de revolucionaria. El duelo es entre lo viejo y lo nuevo, entre lo estático y lo evolutivo, entre el confort y la necesidad.

En Cuba gobierna la casta desgastadora, la excresencia y sus herederos consumidores de lo poco que queda en pie o se importa. El fibroma de la “robolucion”.

Lo progresista hoy es lo subversivo, lo agitador, lo inconforme. El gesto revolucionario hoy es el de los solidarios. Lo revolucionario, romper el estatus quo y plantarse ante la sede del Ministerio de Cultura.

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