Esta reseña fue escrita por Tania Quintero hace varios años, también a propósito de un juicio contra opositores en Cuba, como el que prepara el régimen contra Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Osorbo Castillo, que serán juzgados los días 30 y 31 de mayo en el Tribunal Municipal de Marianao, La Habana.

DIARIO LAS AMÉRICAS lo reproduce por la vigencia y la triste repetición del instrumento represor en la isla tras 63 años de dictadura.

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Una crónica de otro juicio-circo, en el mismo Tribunal de Marianao, el 1 de marzo de 1999, a los cuatro integrantes del Grupo de Trabajo de la Disidencia Interna y autores de La Patria es de Todo (Martha Beatriz Roque Cabello, Félix Bonne Carcassés, René Gómez Manzano y Vladimiro Roque Antúnez). Se titula "El día que la represión se vistió de negro", la escribí el 3 de marzo, después de haber estado detenida más de 24 horas en la unidad de policía de 7ma. y 62, Miramar. Salió publicada en Cuba Free Press el 5 de marzo de 1999, hace 23 años.

"¡Oye, qué cantidad de negros!", exclamó una señora cuando después de bajarnos de un camión de pasajeros mi prima Lydia, hermana de uno de los disidentes que iban a ser enjuiciados, y yo doblamos por 51 y 100, una de las principales avenidas de Marianao.

Efectivamente, desde lejos se podía apreciar la extraordinaria presencia de hombres de la raza negra parados por las esquinas, solos, en parejas o en pequeños grupos. Muchos usaban, debajo del abrigo o la camisa un pulóver blanco en el cual, si uno se fijaba bien, se destacaba en letras rojas: Contingente Blas Roca. Esa agrupación es un colectivo obrero creado por Fidel Castro meses después de la muerte, el 25 de abril de 1987, de uno de los fundadores del primer partido marxista-leninista de Cuba, Blas Roca Calderío, padre de cuatro primos míos por línea materna: Lydia, la que me acompañaba, actualmente jubilada; Francisco, ex coronel del Ministerio del Interior; Joaquín, trabajador en una fábrica de la barriada de Luyanó y Vladimiro, especialista en Relaciones Económicas Internacionales, y reconocido disidente.

Esos hombres y unas pocas mujeres, negros y mulatos, no fueron movilizados para respaldar al hijo de Blas Roca, sino para todo lo contrario: impedir que ningún opositor, activista de derechos humanos, periodista independiente, ciudadano curioso, inclusive un familiar no seleccionado por la Seguridad del Estado para pasar a la sala del juicio pudiera acercarse al Tribunal de Marianao, enclavado en las calles 100 y 33.

Probablemente no todos eran obreros y más de uno ocultaba bajo la camiseta su verdadera profesión: experto en artes marciales o un movilizado, civil o militar, del Sistema Único de Vigilancia y Protección, una fuerza paramilitar que el 5 de agosto de 1994 tuvo su "graduación" en los disturbios populares en barridas cercanas al Malecón habanero.

Para quienes conocimos bien a Blas Roca no puede haber sacrilegio mayor. Porque si un político hubo en Cuba que pregonó el diálogo y la tolerancia fue el padre de mis primos, mi primer jefe, cuando comencé a trabajar en 1959. El hombre a quien mi padre fielmente sirvió como guardaespaldas durante más de veinte años. Por eso cuando vi todo aquel despliegue me callé. Sé que para mi prima Lydia es suficiente tener que cumplir los pedidos de su madre, Dulce María Antúnez, de no abandonar a ninguno de sus hermanos en cualquier circunstancia.

A la altura de la calle 39 cruzamos para la acera de enfrente. En la calle 35 había tres jóvenes de la raza blanca, vestidos de civil, cuyas miradas nerviosas delataban su trabajo: agentes de la Seguridad del Estado, el non plus ultra de la represión en Cuba. No habíamos caminado ni tres metros cuando un policía nos mandó a parar. Dos de los agentes de la policía secreta se acercaron rápidamente y se colocaron delante de nosotras. El que vestía un pulóver blanco –sin el logotipo del Contingente Blas Roca— me miró fijamente y preguntó: "¿Tania Quintero?" . Sí, respondí. "Acompáñeme", dijo y con la mano señaló hacia un Lada, bastante destartalado, de color azul.

Están apurados. Faltan 20 minutos para que comience el juicio político más importante en muchos años. Todo debe estar en orden. Transmitirle al mundo que en Cuba reina la tranquilidad ciudadana, que no hay oposición al régimen, que el apoyo es casi del noventa y nueva por ciento y que "la calle es de los revolucionarios". Y, a partir de ahora, de los "revolucionarios negros". Les ha llevado tiempo calcularlo todo.

El gobierno cubano tiene muchos defectos, pero nadie puede dudar de su meticulosidad a la hora de manejar situaciones conflictivas. Más de una tortilla han sabido virar con astucia ante las bocas abiertas de medio mundo. Sobre todo si de por medio está –o ellos creen que está— la mano del "imperialismo yanqui", el enemigo público número uno de la revolución fidelista. La artimaña rinde resultados. Se sabe que abundan en el planeta los "amigos antiimperialistas", que odian a los gringos, pero no tienen valor para decirlo.

Por cierto, dentro de varios días tendrá lugar en Turquía el juicio a Abdullah Ocalán, líder del PKK y reconocido terrorista. Voces en Europa y otros continentes se han alzado para que el acusado cuente con todas las garantías procesales. En menos de dos meses, después de su arresto, Ocalán va a ser juzgado, bajo el ojo de juristas internacionales. ¿Y por qué esos mismos fieles cumplidores del Derecho Internacional han permanecido mudos ante estos cuatro disidentes, mayores de 50 años, profesionales, pacíficos, decentes, cuyo único delito es haberse reunido voluntariamente por el bien de su país? Una mujer y tres hombres que llevaban 19 meses detenidos en celdas de máximo rigor.

Por toda despedida, mi prima Lydia, me da unas galleticas de avena, de un paquetico que llevábamos por si la vista oral se extendía más allá de lo que un estómago puede soportar. Subo al viejo auto ruso. Dentro me aguardan tres hombres negros. El más joven es el chofer. Y aunque viste deportivamente a la legua se le ve el porte militar. Los otros dos podrían ser hermanos míos porque rondaban los 60. Están tensos. Quizás porque es su primera detención. O porque soy una mujer mayor, como ellos. O porque mi ecuanimidad los desconcierta.

Raudos, pero sin llamar la atención, me conducen hacia uno de los centros de operación de la Seguridad del Estado: la unidad de instrucción policial de 7ma. Y 62, Miramar. Me acomodo dentro del auto. Abro el bolso y saco el periódico Trabajadores de ese lunes. En las páginas centrales han publicado un suplemento con las modificaciones al Código Penal. No me da tiempo a leer más, ya hemos llegado.

Miro el reloj: faltan quince minutos para las 9 de la mañana. Me sientan en un banco y el chofer me pide mi carné de identidad. Minutos después llega otro carro. De él se baja Raúl Rivero quien se sorprende al verme allí. Dos horas más tarde, ya en el calabozo de mujeres, comprobaría que solamente de la agencia de prensa Cuba Press, seis nos encontrábamos detenidos en esa unidad: Raúl, Odalys Curbelo, Juan Antonio Sánchez, Orlando Bordón, Héctor González y yo. A diferencia de ellos, yo no había sido detenida por pretender reportar el juicio y sus incidencias como periodista independiente, sino porque me consideraba con derecho a asistir al ser pariente cercano uno de los encartados.

Poco después la lista de "acusados" en 7ma. y 62 por el artículo 207 del Código Penal (asociación para delinquir, con sanciones previstas de multas o privación de libertad de tres meses a tres años de privación de libertad) se elevaría a diez con el arresto de cuatro opositores. Uno de ellos era Dulce María de Quesada, del Movimiento Demócrata Cristiano, con quien habría de compartir la litera de piedra. En un calabozo para seis personas nos hacinábamos ocho mujeres: tres políticas (Dulce, Odalys y yo) y cinco comunes, la mayor de 31 años y la menor de 16.

La frialdad de los calabozos policiales cubanos, es lacerante, insoportable. Por suerte vestía una saya larga y un pulóver y en la cartera tenía un suéter ligero pues el invierno aún no se había terminado. Mi compañera de 'litera' ya estaba dormida cuando me acosté. Por almohada puse mis zapatos, unos mocasines, pero no podía conciliar el sueño, pensando que por culpa de los represores no pude asistir al juicio.

No me quedaba más remedio que permanecer tranquila y soportar aquella cama de cemento gris. Cuando ya avanzada la madrugada reinó el silencio y la oscuridad, vino a mi mente una visión real: que la inmensa mayoría de los que hoy llenan las cárceles de la isla son negros o mulatos y que entre los cuatro que ese día juzgaron había un negro, Félix Bonne Carcassés, y un mestizo, mi primo, Vladimiro Roca Antúnez.

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