LA HABANA.- Desde un piso alto del edificio Focsa, en 17 y M, en la barriada del Vedado, la vista del malecón es espectacular. Sentado en la butaca de un mini bar, Richard se prepara un mojito. En un vaso de cristal añade dos onzas de ron blanco, hielo picado, yerbabuena y el azúcar lo sustituye por un chorrito de miel de abeja. Y con la destreza de un barman, remueve el trago con una cucharilla metálica. Levanta la vista y mira al horizonte. La sensación que siente es como si estuviera flotando en el Océano Atlántico.

"Esto es lo que voy a extrañar", dice Richard en voz baja. El azul intenso del mar, la vista soberbia de La Habana y sobre todo, tener que vender un apartamento valorado entre 90.000 y 100.000 dólares en el primitivo mercado inmobiliario habanero. A muchas personas les cuesta ganar dinero, pero Richard nació con un gen especial para los negocios. Antes de que Fidel Castro llegara al poder, ya era propietario de un apartamento en el Focsa y tenía un Chevrolet de 1958.

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La revolución cubana nunca generó riquezas. Al contrario. Socializó la pobreza. “Lo han intentado todo por tal de quitarme el apartamento. Fui sancionado a cuatro años de prisión por enriquecimiento ilícito, me abrieron un expediente de 'peligrosidad social' y me han querido cambiar el piso por un apartamento de microbrigada en Alamar y otro en la Playa. Me han hecho la vida imposible y siempre he salido adelante. A pesar de los altos impuestos y los inspectores corruptos, pude montar un negocio exitoso de hostelería para turistas extranjeros", cuenta Richard.

Pero después de que se vaya el coronavirus, está pensando irse, porque lo que viene es tierra arrasada. "Otro período especial, probablemente peor. Han activado operativos contra los que tienen negocios privados, especialmente hacia los que han acumulado dinero. ¿Cuántos años me quedan? No sé, los que me quedan los pasaré con mis hijos y nietos en Miami. No seré una carga para el gobierno estadounidense ni para mi familia. Venderé el apartamento y con mis ahorros tendré dinero suficiente. Hasta aquí he llegado”, afirma Richard, parafraseando la frase que dijo el escritor portugués José Saramago cuando en la primavera de 2003 se enteró de que la autocracia castrista había encarcelado a 75 disidentes y fusilado a tres jóvenes negros que secuestraron una lancha para intentar huir del manicomio verde olivo.

Como Richard, cientos de emprendedores cubanos trazan planes para emigrar. El dueño de una pizzería de moda al sur de la capital la cerró y está vendiendo el equipamiento de cocina y los alimentos que tenía guardados.

“Con la que está cayendo, hay que estar loco para mantener un negocio en Cuba. Todos los días en la televisión te muestran operativos contra vendedores de productos agrícolas y supuestos revendedores. ¿Quién me puede asegurar que en una de esas redadas no vayan contra mí? Un amigo policía me dijo que basta con una llamada anónima, denunciándote por enriquecimiento ilícito y te decomisan el negocio. Te quitan la casa, el auto y todo lo que has podido comprar con tu esfuerzo. Este año me voy echando de Cuba. El destino provisional puede ser Panamá, Uruguay o México. Mi meta final es llegar a Estados Unidos”, dice el dueño de la pizzería.

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Gregory Biniowsy, ciudadano canadiense cofundador del restaurante Nazdarovie, en su restaurante cerrado por la cuarentena decretada ante la pandemia de COVID-196 en La Habana, Cuba.

Gregory Biniowsy, ciudadano canadiense cofundador del restaurante Nazdarovie, en su restaurante cerrado por la cuarentena decretada ante la pandemia de COVID-196 en La Habana, Cuba.

Henry, economista, calcula que después de que pase la pandemia, entre 150.000 y 200.000 ‘cuentapropistas’ [trabajadores independientes] se verán forzados a entregar sus licencias o cerrar. “Cada vez que la gente percibe que aumenta la represión contra los negocios privados o que arrecia la crisis económica, buscan la forma de emigrar a Estados Unidos. Pero desde enero del 2016 las cosas cambiaron. Y los cubanos son unos emigrados más para las autoridades estadounidenses. Por suerte se mantiene en pie la Ley de Ajuste Cubano, que permite ciertos beneficios a quienes llevan un año residiendo en Estados Unidos. No es nuevo que dueños de negocios emigren. Desde 2013, cientos de emprendedores a los cuales las cosas les iban económicamente bien decidieron marcharse del país. Muchos cruzaron hasta seis fronteras y la peligrosa selva del Darién en su intento de vivir en libertad", argumenta Henry y añade:

"La razón es sencilla. Aunque el gobierno de Raúl Castro amplió los trabajos privados, no ofreció suficiente garantías jurídicas y siguen penalizando a las personas que acumulan mucho dinero. Lo peor es que las leyes no determinan la cantidad, es potestad de las autoridades. Ahora, con el aumento de la escasez, ventas reguladas que impiden comprar de manera legal insumos a los emprendimientos gastronómicos privados, constantes redadas policiales y un futuro que se antoja apocalíptico, aquéllos que pudieron ahorrar dinero optan por marcharse de Cuba”.

Norge, licenciado en Ciencias Políticas, piensa que si el Gobierno no se recicla en términos económicos, podría tener sus días contados. “No estoy muy seguro de que los gobernantes comprendan la gravedad del momento. Su reacción es huir hacia adelante. Han aumentado la represión. Están imponiendo elevadas multas no solo a disidentes y periodistas independientes, también a la gente de a pie. Utilizando una fuerza desmedida en el mantenimiento del orden ciudadano, como el caso de las dos muchachas golpeadas por un policía en la barriada de Lawton y enviadas a esperar el juicio en la prisión del Guatao. Celebrando juicios ejemplarizantes a personas que venden alimentos o se dedican revender mercancías y son divulgados por la televisión con el objetivo de amedrentar las constantes quejas de una población agobiada por la falta de comida, enormes colas y la escasez de agua potable. Esas medidas pueden ser contraproducentes. Es como derramar combustible en el fuego. La represión no se puede mantener todo el tiempo. Cualquier episodio puede provocar un estallido social. Así sucedió en la primavera árabe”.

El régimen, por su parte, apostó por quemar las naves. Si usted revisa la prensa nacional y provincial verá los titulares de las detenciones y decomisos a vendedores de ajo y cebolla, mariscos y pescado fresco o veinte cajas de cerveza que le fueron ocupadas al dueño de un negocio que violó los precios topados por el Estado.

“Creo que es hora de parar. Todo en la vida tiene un límite. Si el descontento explota, la reacción pudiera ser violenta. La violencia genera violencia. Con relación al COVID-19, el Gobierno quisiera dilatar en el tiempo la cuarentena. En otros países, con mayor número de contagios y decesos, han comenzado gradualmente a desmontar el confinamiento. Pero parece que en Cuba no existe un criterio unánime de la estrategia a seguir. Se comenta que unos apuestan por reformas profundas y otros por el ‘continuismo’.

Lo que sí no es recomendable es rescatar planes de contingencia del Período Especial, como enviar a los empleados excedentes a laborar en la agricultura, implementar una economía de supervivencia o la opción cero que Fidel Castro no llegó a imponer. Pedirle al pueblo más sacrificios es sumamente peligroso, los cubanos ya no aguantan más”, expresó un militante del partido comunista.

El régimen no ha develado los planes que tiene para enfrentar la bestial crisis económica que se nos viene encima. Mientras, siguen apostando por más represión, control social y consignas. Por ser más dictadura que nunca.

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