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@DesdeLaHabana

LA HABANA.- Hace tres días que no entra el agua potable. Después de las ocho de la noche, si usted quiere comprar una cajetilla de cigarros o un medicamento en la farmacia, tiene que caminar más de un kilómetro. Es habitual que los hombres orinen en la vía pública y las personas tiren la basura en cualquier esquina o solar yermo.

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Los vecinos del barrio La Lira, en el municipio habanero de Arroyo Naranjo, en el sureste de La Habana, ya olvidaron la última vez que la empresa estatal de viales reparó las aceras y asfaltó las calles, alumbradas por unas pocas bombillas incandescentes. Pese al deterioro, la gente acostumbra a sentarse en las esquinas, o en el portal de sus casas, a jugar dominó, beber ron barato o conversar sobre cualquier cosa para matar el aburrimiento.

Los que tienen dinero se llegan hasta la Calzada de Managua y toman cerveza en cafeterías y bares privados aledaños al antiguo paradero de la Ruta 4 en Mantilla, donde el único personaje famoso que por ahí vive es el escritor Leonardo Padura, quien nunca ha querido mudarse de una localidad cada vez más pobre y con ambiente delictivo.

Cuando se conversa con jóvenes de Mantilla, como modelo de personas exitosas tienen al dueño de un casino de juego ilegal, un expresidiario que vende materiales de la construcción por la izquierda o una jinetera que logró casarse con un italiano y le compró una casa a su madre en El Vedado. Debido el pésimo servicio del transporte urbano y el precio de los taxis colectivos privados que se han duplicado, se ha dificultado trasladarse a menudo a La Habana de postal turística, disfrutar de un juego de pelota en el Estadio del Cerro o recorrer el glamoroso Miramar.

Localidades de Arroyo Naranjo como Mantilla, La Lira, El Moro, Párraga, El Calvario, Tamarindo y Callejas, entre otras, parecen sets de películas del salvaje oeste. Habaneros residentes en el centro de la capital que se caracterizan por ser hirientes y despectivos, a los barrios de la periferia de la ciudad les llaman Indaya. Esos habaneros que se consideran superiores al resto de los cubanos, fueron los que hace más de treinta años, a los oriundos de las provincias orientales empezaron a llamarles 'palestinos'.

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Varias personas se toman fotos en el malecón durante el espectáculo de fuegos artificiales que celebró los 500 años de La Habana, en Cuba, el viernes 15 de noviembre de 2019.

Varias personas se toman fotos en el malecón durante el espectáculo de fuegos artificiales que celebró los 500 años de La Habana, en Cuba, el viernes 15 de noviembre de 2019.

Carlos Andrés, mecánico automotriz y padre de tres hijos varones, después de comer dos huevos fritos, arroz blanco, frijoles colorados y una tajada de aguacate, se sienta en un sillón a ver algún programa deportivo o la novela de turno hasta que el sueño lo atrape. Vive en la calle Progreso -vaya chiste- a cinco o seis cuadras de la Calzada de Managua. La rutina de Melba, su esposa, es escuchar radionovelas y chismear un poco con las vecinas.

Ellos quisieran mudarse de Mantilla. “Arroyo Naranjo, San Miguel del Padrón y Guanabacoa son los tres municipios más violentos de La Habana. Lo que pasa es que en Cuba no hay crónica roja. Por estos lares es normal una puñalada, un robo en vivienda ocupada o una estafa. El juego de azar hace ola: el que no apuesta a la bolita va a los ‘burles’ [casas ilegales de juego] a jugar cartas o tirar dados. Las drogas, sobre todo la yerba (marihuana), están a la patá [por donde quiera]. Y el alcohol ni se diga. Un abstemio no puede vivir en Mantilla, donde por puro aburrimiento hay que darse un trago”, dice Carlos Andrés.

El matrimonio tiene a un hijo preso en [la cárcel] Combinado del Este, otro reside en Miami y “al más pequeño le gusta estudiar y tocar piano, pero si seguimos viviendo en Mantilla terminará echándose a perder”, comenta su esposa.

El viernes 15 de noviembre, Carlos Andrés y Melba decidieron ir a la Ceiba del Templete [donde se efectuó el primer cabildo de la ciudad] y en la Avenida del Puerto ver los fuegos artificiales donados por Canadá para celebrar el 500 aniversario de La Habana y después sentarse un rato en el muro del malecón a respirar la brisa nocturna.

“La experiencia fue de truco [muy mala]. Entre la lluvia y las guaguas, demoramos dos horas en llegar al Templete. Luego otras dos horas para poder dar tres vueltas a la ceiba. Muchas luces y edificios remozados en La Habana Vieja, pero todo lo que vendían era por divisas. Regresamos a la casa al filo de la seis mañana. Ya uno está viejo pa'esas madrugaderas. Lo mejor es quedarse en casa”, describen.

Gerardo, maestro jubilado, reside con su familia en una zona elevada de La Víbora y pudieron ver los fuegos artificiales desde el Parque de Los Chivos. “Los vimos como si estuviéramos en el malecón. A muchos habaneros lo que nos molesta es que el gobierno celebró el 500 aniversario solamente en esa parte de La Habana donde hay hoteles y turistas como Centro Habana, Habana Vieja y El Vedado. El resto de los municipios, que se jodan”.

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Unos pocos caminan a lo largo del Malecón durante la celebración de los 500 años de La Habana, en Cuba, el viernes 15 de noviembre de 2019.

Unos pocos caminan a lo largo del Malecón durante la celebración de los 500 años de La Habana, en Cuba, el viernes 15 de noviembre de 2019.

La Habana fue diseñada para menos de un millón de pobladores. Su acueducto e infraestructura no pueden brindar servicio eficiente a los dos millones y medio de habitantes que tiene hoy la capital de la República de Cuba.

Diana, arquitecta, considera que el Estado no ha sido capaz de crear bares, discotecas, cabarets y centros recreativos de calidad en los municipios habaneros situados al sur de la provincia. "Los hoteles están enclavados en cinco municipios (Habana Vieja, Centro Habana, Plaza, Playa y en la zona playera de Habana del Este). Los diez restantes municipios son barrios dormitorios. Con las tiendas y comercios sucede lo mismo. De ahí la frase "ir a La Habana" cuando se necesita comprar algo. En municipios muy poblados como Diez de Octubre y Arroyo Naranjo no existen centros comerciales. Las tiendas existentes son pequeñas y casi siempre están mal abastecidas. Esa centralización obliga a la gente a desplazarse al centro de la ciudad, creando cuellos de botella en el transporte urbano”.

Heriberto, funcionario de una TRD (tienda recaudadora de divisas), cuenta que “las diferentes cadenas que venden en pesos convertibles (cuc) habían creado una red de quioscos, tiendas y mercados en las barriadas periféricas. Pero debido a la falta de combustible y el desabastecimiento crónico, esas TRD han cerrado y ahora la mayoría de los establecimientos se concentran en Centro Habana, provocando aglomeraciones”.

En doce de los quince municipios que tiene la capital no se han abierto tiendas que venden electrodomésticos y piezas de repuestos de automóviles en dólares. Tampoco grandes mercados de alimentos.

Susana, ama de casa, tuvo que ir desde el reparto Caballo Blanco, en San Miguel del Padrón, hasta el recién reinaugurado Mercado de Cuatro Caminos, en El Cerro, solo para adquirir espaguetis y pasta de tomate. "Por donde yo vivo no había y como se supuse que habría en Cuatro Caminos, me fui hasta allí. Pero la matazón fue de ‘ampanga’ [terrible], con policías y carros patrulleros. A más de un anciano lo tiraron al suelo, también rompieron una vidriera. Si repartieran las mercancías de manera equitativa por todos los municipios, esas cosas no sucederían”.

Las fiestas por el 500 aniversario de La Habana no llegaron a los suburbios.

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