MIAMI.- “Mi madre me contó que el 2 de diciembre de 1965, al comenzar Fidel Castro su discurso en el acto por el IX aniversario del desembarco del yate Granma, alguien pasó un papelito, el comandante en jefe lo leyó, sonrió, y desde su aguerrida tribuna de la Plaza de la Revolución, anunció que acababa de nacer el hijo del Comandante Almeida”. De esta manera comienza “Memorias de un guerrillero cubano desconocido”, publicado en 2009 por Ediciones Espuela de Plata y reeditado ahora con una revisión del analista cubano Juan Juan Almeida, radicado en Miami.

¿Qué podemos encontrar en este libro? Relatos descarnados, unas memorias que van más allá de su vida privada y que son, también, la otra cara del régimen castrista, sus vericuetos, sus violaciones y sus debilidades. De la mano de Almeida, anfitrión del programa Juan Juan Al Medio, nos adentramos en una zona íntima, fuera de las imágenes triunfantes y apuntaladas en consignas con las que crecieron varias generaciones de cubanos.

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Con una aguda mirada, Almeida ahonda en el detalle, en rasgos de las personalidades de los altos cargos del poder en Cuba: “a Raúl Castro cuando miente, le tiembla la ceja derecha”; “Alejandro Castro Espín visitó mi casa y me dijo que mi antena provocaba diversionismo ideológico en mi hija”; o el directo mensaje de Raúl: “Ahí donde estás sentado estuvo sentado Ochoa y por no decirme la verdad mira lo que le pasó”.

¿Por qué Juan Juan elige ese título? Así comienza esta entrevista.

No existe país en el mundo en que la palabra “guerrillero” no sea símbolo de violencia y sangre. Pero cuando las armas de tu guerra no llevan fusiles sino palabras y mofa; entonces te has convertido en un guerrillero que solo persigue aspiraciones libertarias.

El título lo sugirió el editor, y me gustó porque “Memorias de un guerrillero cubano desconocido” es un libro que relata las memorias de alguien que no es guerrillero, tampoco desconocido y que se separa bastante de la media del cubano. Una total ironía que, paradójicamente, identifica a todo el que nace en esa órbita selecta y selectiva que muchos conocen como círculo de poder en Cuba.

En esta segunda edición revisada, tras 10 años, ¿qué agregas al libro?

Precisamente por la presión del momento, y por ciertos compromisos que entraban en el comprensible terreno de la ética nunca escrita, a la primera versión de mis “Memorias” le faltaron nombres que no fueron dichos, circunstancias no descritas y episodios no narrados, que ahora se incluyeron. Al título original solo se le agregó el subtítulo “Edición Revisada”.

En la descripción del libro, se lee que “por momentos, parece el informe redactado por un delator, la carta de un suicida, las confidencias de un criminal que se confiesa”. ¿Son estas memorias una especie de limpieza, de desahogo con tu propia historia?

Me encanta esa descripción que escribió para mi libro el periodista cubano Reinaldo Escobar.

Sí, “Memorias de un guerrillero cubano desconocido” es, sin dudas, una suerte de confesión que no persigue absoluciones. Entré en el confesionario porque me sentí pegajoso, sucio, cobarde y repugnante escondiendo sentimientos que son tan humanos como la bondad y la alegría.

Quiero que el lector sea una especie de verdugo. Como digo a diario en mi programa Juan Juan Al Medio: usted prepare sus preguntas, afile sus comentario pero eso sí, las ofensas únicamente a mí.

De las anécdotas que recuerdas en el libro, ¿hay alguna que haya significado una ruptura, un cambio notable en tu vida dentro de lo que se ha llamado cúpula castrista?

Cada capítulo de mis memorias significa un cambio en mi vida. Un paso más en la ruptura del cordón de privilegios, que por muchos años me unió a eso que es parte de mi pasado, de mi vida y hasta de mis genes.

Sin patetismo ni pretensiones épicas cuento detalles de mi vida en el secreto y privilegiado mundo de la nomenclatura cubana, mi expulsión del paraíso y mi descenso al infierno donde, curiosamente, los sanguinarios torturadores habían sido mis amigos y familiares.

“La entrevista que marcó mi vida” es un capítulo importante. Como sabes, desgraciadamente la desilusión también forma parte del día a día; pero es desgarrador reconocer que un evento puede romper tu peana y altera tus valores. Ese día comprendí que para largarse de Cuba arriesgando la vida en una balsa no hay que estar loco, solo hay que estar vacío.

Pero los eventos narrados en el capítulo “Sin Consuelo” fueron, para mí, trascendentales. Hasta ese momento yo nunca había odiado a nadie, pero odiando aprendí a odiar y callando conocí el rencor que guardan muchos compatriotas entre las dos orillas del estrecho de la Florida.

¿Cuéntame de esas fotos con Raúl Castro al lado de la maqueta del yate Granma? ¿Dónde fueron tomadas, cuántos años tenías, qué pasó ese día? Por cierto, eras un niño muy bonito.

Gracias por el cumplido… bonito. Nací un 2 de diciembre, sabes lo que eso representa en Cuba. El día de esa foto, después de ser el pequeño invitado especial en el desfile por el aniversario del desembarco del yate Granma, Raúl me llevó a su oficina y me regaló ese fusil. Por cierto, aquellos que saben de armas reconocerán fácilmente que el obsequio, curiosamente, no era el tradicional AKM sino el fusil del “enemigo”.

¿Cuánto tiempo viviste junto a Raúl Castro? ¿Era una especie de segundo padre?

Cuando yo tenía 5 años mis padres se separaron. Y fue un divorcio traumático. Así que por muchas razones y sin que yo lo pidiera, terminé pasando más tiempo en casa de Raúl Castro que en mi propia casa.

Pero no puedo asegurar que Raúl fuera mi segundo padre; fue una suerte de padrino al que quise y temí mucho. En el libro está descrito y asumo las consecuencias del malestar que seguramente traerá la lectura de este libro. Sé que para algunos será una suerte de revista de chismes, para otros un entretenimiento morboso, para el resto una suerte de traición.

Has dicho en varias ocasiones que recibes ataques o indirectas por haber crecido en las altas esferas de gobierno en Cuba. ¿Cómo has lidiado con las ofensas, tanto desde Cuba como en Miami?

Desde el día en que Fidel Castro anunció mi nacimiento en la Plaza de la Revolución, no he dejado ni un segundo de escuchar cuestionamientos; sobre todo de aquellos que esperaban que siguiera los cánones predeterminados.

Me acostumbré a vivir con eso, a recibir ataques, quejas, insultos. Y en realidad, cuando van dirigidos a mí, de cierta forma los disfruto; pero es hora de dar mi versión.

¿Tu padre, el Comandante de la Revolución y vicepresidente Juan Almeida Bosque, supo del libro?

Sí. Mi padre fue el primer lector de mi libro.

Te voy a contar una anécdota que creo no haberla hecho antes. Espero que me disculpen tus lectores por mis palabras:

Cuando mi padre leyó el libro, me llamó, nos vimos y me dijo: Me gustó mucho tu libro, me hizo reír y llorar, me hizo reflexionar; pero si tuviste 'cojones' para escribirlo, tendrás que tener 'cojones' para aguantar lo que vendrá, porque a Raúl (Castro) no le va a gustar nada. Y quiero que sepas algo –continuó- en nuestra familia hay delincuentes, policías, sacerdotes, homosexuales… En mi familia hay de todo pero nunca hubo un pendejo. No me decepciones.

Heredas de tu padre ese instinto para contar historias. Pero además he leído que tu abuelo paterno era periodista. ¿Es así?

Así es, mi abuelo paterno fue marinero, periodista y mujeriego. Parece que mi problema es genético.

Desde niño me gustó escribir y hacer preguntas; pero a mi madre le preocupaba que yo terminara escritor porque mi imaginación volaba y –según ella– eso me podía llevar a la fama o al manicomio. Decía que los escritores triunfan o se frustran; que me bajara de mi nube y me graduara en la Universidad. Y eso hice.

En un momento del libro dices: “no he saltado en paracaídas, no he nadado entre tiburones, no he sido disidente, no he militado entre los comunistas y no tengo aspiraciones políticas”. Al quitar estos puntos de la lista, ¿cómo defines tu trayectoria dentro de la “cúpula” del régimen en Cuba?

Me encanta esa sutileza. La verdad, es difícil definir eso que llamas “mi trayectoria dentro de la cúpula del régimen”. Digamos que por mi apellido Almeida y mi padrino Raúl, se me permitió vivir como una suerte de eslabón libre dentro de una sociedad cerrada.

Nunca milité en la UJC, el PCC ni en ninguna organización política; tampoco pertenecí a esa cosa que defines como “cúpula del régimen”, porque en ese concepto cabrían entonces los ministros, generales, coroneles, viceministros, embajadores… en fin, mucha gente. Digamos que yo fui parte de ese reducido grupo de poder, que por consanguinidad, al menos en mi caso, no me consideraban un elemento hostil.

Háblame de tus tiempos como productor musical, de tu faceta de empresario, de esa Habana que “no dormía y se drogaba a ritmo de Los Van Van, y un Médico que cantaba salsa”. ¿Fue un modo de escabullirte de los cargos directamente políticos a los que podías optar?

Hay cosas que se hacen sin saber ni por qué. Yo estudié en la escuela superior de la KGB en Moscú, allá debuté con una enfermedad congénita. Esta dolencia provocó que yo saliera de la URSS y terminara de estudiar en Cuba, y al año de haberme graduado, mi espondilitis también me arrancó de la vida militar.

Un amigo de mi padre, que por pagar uno de los tantos favores recibidos, me ofreció involucrarme en Carishow, una empresa de representaciones artísticas que él estaba creando al amparo de la corporación Cubanacán.

Te imaginas, en tiempos de la narcosalsa, ser productor musical era como ser francés y llamarte Napoleón Bonaparte. Todos te quieren de amigo pero guardando distancia por el aquello de “el sol de lejos alumbra y de cerca quema”. Entonces sí, la vida de productor musical me permitió mantenerme al margen de todos aquellos horrores.

En otro fragmento del libro escribes: “La Revolución nos enseñó a mentir, y, como era de esperar, no quedó títere con cabeza porque usted, si es cubano, fue tan culpable como yo”. Confieso que también he mentido. Lo hice con conocimiento de causa. ¿Cuándo te diste cuenta de que habías comenzado a mentir para evitar problemas con el régimen? ¿Cómo fue el desengaño?

Como dije anteriormente, yo fui un niño fantasioso que disfrutaba inventar historias. Durante la juventud todos somos un poco mentirosos; para fugarme de la escuela, por conquistar chicas hermosas o para evadir la autoridad del hogar. Pero en el año 2003; durante una serie de eventos, ya descritos en este libro, me vi tan presionado a mentir, y tuve que mentir tanto que te puedo asegurar sin temor a equivocarme, que se me agotaron las mentiras.

Creo que todo ser humano nace con una cuota de mentiras que debe ir dosificando durante toda su vida; a mí se me acabaron todas, tuve que usar sobredosis en el año 2003.

¿Cómo obtener el libro?

Esta nueva edición de “Memorias de un guerrillero cubano desconocido” se puede encontrar fácil en la versión digital e impresa de Amazon; para aquellos que prefieran el libro autografiado, les doy la opción de escribir directamente al numero de WhatsApp 1(786)4524425 y se los hago llegar totalmente personalizado.

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@GrethelDelgado_

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