Este 1 de enero de 2022 la dictadura de Cuba celebró, lamentablemente, otro año de victoria sobre una sociedad reprimida y depauperada. Otro año donde los ciudadanos de a pie continúan aplastados por la bota totalitaria, lustrada y desilustrada con el viejo betún del colectivismo y las falacias del sacrificio social y la supuesta lucha revolucionaria en nombre del pueblo. Otro año de la misma cantaleta homicida.

Una revolución «patriótica, democrática y socialista de los humildes, por los humildes y para los humildes», arguyó Fidel Castro en abril de 1961. Aún lo citan sus herederos. El dictador en jefe mentía en casi todo: no era patriótica ni democrática su revolución porque el comunismo es enemigo del patriotismo y de la democracia. En el comunismo la patria no está por encima de la ideología que dicta el Estado: la patria simplemente está doblegada a ese sistema de dominación. La democracia en el comunismo es tan sólo una caricatura de elecciones ficticias donde, si es que hay partidos contrarios, nunca ganan los opuestos al comunismo. En el caso de Cuba, vale insistir, jamás se han realizado elecciones libres y democráticas: sólo se reciclan y ratifican los cargos dentro del único partido legal, el Comunista.

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En lo que no mintió Castro fue en que su Revolución sería la consumación continental de la manipulación socialista de los humildes por la nueva casta revolucionaria, esa clase despreciable que sigue ostentando el poder a punta de fusil, no sin la ayuda del adoctrinamiento, la tergiversación de la realidad y el complot de la izquierda y las organizaciones supranacionales. Un deprimente statu quo que, después de tanto tiempo y tantos de fallidos intentos para derribarlo, a no pocos les parece casi imposible de revertir.

De ahí que el castrismo celebre otro año de terror y frustraciones. Otro año de violaciones a los derechos humanos: no a su anquilosada y próspera industria internacional ni a sus discursos sesgados por la hegemonía de la izquierda. Otro año de sepultura a las libertades y derechos individuales. Otro año más de abandono. Otro año más de turismo revolucionario. La lista de funestas victorias del castrismo, en 63 años, es interminable.

La cruzada contra la libertad del castrismo se convirtió en uno de los más icónicos triunfos de la izquierda mundial en enero de 1959 y así, en gran medida, ha trascendido hasta hoy, no sin contratiempos y crisis, pero sin efectivos impedimentos. Para desgracia de varias generaciones de cubanos y latinoamericanos afectados por su Revolución, nada ni nadie ha podido derrocar la más legendaria tiranía del hemisferio. Cayó el Muro de Berlín. Pero la muralla ideológica y criminal del comunismo tropical sigue intacta, o casi intacta, lo cual resulta lo mismo.

El castrismo, luego del desplome del llamado Bloque Comunista de Europa del Este, entendió que en el siglo XXI las guerrillas subversivas que había fundado y asesorado ya no serían el camino para destruir las democracias, sino que a través de las inevitables fisuras de la propia democracia es que llegarían al poder sus operadores en Latinoamérica. Han tenido éxito y han desarrollado el esquema. La fórmula es un látigo y una enredadera para cualquier sociedad: luego de ganar en las urnas los neocomunistas automáticamente cambian las Constituciones para tener patente de corso para reprimir, encarcelar y asesinar opositores, mantienen vergonzosas «oposiciones leales» como bases para legitimar el discurso demagógico, fraguan escandalosos fraudes electorales y establecen sus franquicias bajo el rótulo de dictaduras del Socialismo del Siglo XXI (Venezuela, Nicaragua y Bolivia).

Unas han fallado, como la del Ecuador de Rafael Correa, pero la mayoría sigue ayudando a desangrar el continente. No en balde en 2021 se han sumado al descalabro Perú y Chile. Y corre peligro Colombia, una tierra largamente anhelada por el comunismo internacional, sobre todo por el castrismo. La malvada inteligencia castrista ayuda en todo a sus colegas del Foro de Sao Paulo reconfigurado en el Grupo de Puebla (el mismo perro comunista con diferente collar). Luego de ganar las «elecciones» los aliados neocastristas sólo tienen que colaborar con la manutención de la dictadura de La Habana, cabeza de la serpiente de la Nueva Izquierda en el hemisferio.

En julio de 2021 el pueblo cubano demostró, otra vez, sobre todo a quienes se hacían eco de la mentira del fervor socialista, que en la Isla nunca ha prevalecido la aceptación del sistema comunista por encima de la sociedad de libre mercado. Lo que ha prevalecido en el país ha sido una feroz dictadura comunista. Cualquier otro calificativo es un absurdo atroz, o peor, un intento de blanqueamiento.

El sistema cubano, desde 1959, no ha permitido que el pueblo elija a sus representantes. Hay quienes desde una débil oposición venden la venenosa idea de que en Cuba no hay elecciones desde 1952, cuando Fulgencio Batista diera un golpe de Estado, pero esto es falso: en Cuba hubo elecciones en 1954 y en 1958. Equiparar el periodo de Batista con el castrismo es un proceso de blanqueamiento que funciona de mucha ayuda al neocastrismo. Es un concepto perverso. Cuando menos una maliciosa estupidez. El castrismo no tiene parangón.

Desde que en enero del 59 se apoderaron del país los castristas el pueblo cubano no ha tenido representantes. Sólo es el régimen quien elige tanto a la mafia como a los perros falderos que les representan, o que interpretan el penoso papel de representantes. Esa es la vulgar y facinerosa «democracia de partido único» que defendiera Federica Mogherini, la jefa de la diplomacia europea, cuando en 2019 intentó -sin suerte, por suerte- blanquear la dictadura castrista. Una de las actuaciones más pérfidas de la Unión Europea.

El sistema cubano ha fusilado y arrastrado a miles a los calabozos. Ha llegado a exterminar poblados rurales. Metió a homosexuales y artistas disidentes en campos de concentración. Se ha oxigenado con éxodos masivos. Protagonizó guerras en África y generó conflictos en Centroamérica. Ha participado del narcotráfico y del crimen organizado. Ha tenido el cinismo de pasearse por Naciones Unidas, incluso siendo miembro de su Consejo de Seguridad, dando vomitivas «lecciones morales», al tiempo en que no para de dictar leyes (infames, como las catalogara Carlos Sánchez Berzaín) para silenciar o apaciguar la disidencia interna.

El 11 de julio (11-J) miles de personas salieron a protestar, de manera espontánea, en todo el territorio nacional en contra del régimen comunista impuesto en el país desde hace más de 6 décadas. Las manifestaciones pacíficas se desataron en un contexto determinado por el aumento de contagios y muertes por coronavirus, hospitales colapsados, una profunda escasez de alimentos, productos de primera necesidad y medicinas. Un caos que hacía décadas no se agolpaba en todas las esferas de la sociedad. La primera protesta tuvo lugar en Antonio de los Baños, provincia de Artemisa, a pocos kilómetros de La Habana. Gracias a las redes sociales se esparcieron las manifestaciones como un anhelado y retenido espíritu de rebeldía, un intenso desahogo, una muestra inequívoca del deseo de libertad de todo un pueblo.

Desde los eventos conocidos como El Maleconazo, el 5 de agosto 1994, en medio del llamado «Período Especial» a causa del desabastecimiento y la desesperación tras el fin de la subvención soviética, los cubanos no se habían vuelto a lanzar en masa a las calles. Y esta vez superaron el anterior estallido: en el Maleconazo las protestas las realizaron unos pocos cientos de personas en el barrio capitalino de Centro Habana. En 11-J salieron de miles a lo largo y ancho de toda la Isla, siendo las mayores muestras de rechazo a la dictadura.

Ese domingo el régimen, quizás por el factor sorpresa, demoró unas horas en interpretar la magnitud de la cadena de estampidas, pero sin temblarle el brazo implementó una férrea represión, golpeando sin pudor, asesinando incluso, encerrando a los manifestantes, incluido menores de edad, metiendo a los calabozos a los cabecillas disidentes. En menos de 72 horas la tiranía había controlado la rebelión social. Y no tardó en anunciar condenas de décadas en prisión para quienes se atrevieron a expresar su descontento. Medidas de castigo, escarmiento y control social que ha ido cumpliendo con toda su vileza.

El 2021 ha cerrado con cientos de cubanos prisioneros por protestar pacíficamente. Se estima que unos 200 han sido condenados a 30 y 20 años de privación de libertad. Aunque la dictadura les adjudica cargos aparentemente civiles como «atentado», «desacato», «instigación para delinquir» o «desorden público», éstos no son más que artilugios seudo legales, cuyo propósito es escarmentar las expresiones de rechazo al sistema comunista y evitar condenarlos directamente por motivos políticos en procesos penales fraudulentos.

Uno de los juicios castristas por el 11-J más criticados fuera de Cuba ha sido el de Roberto Pérez Fonseca, condenado a 10 años de cárcel por romper una fotografía de Fidel Castro. Y así cientos de casos. El grupo conocido como Justicia 11J, reportó más de 1,300 detenciones arbitrarias, incluidos casi medio centenar de menores de edad (entre 14 y 17 años). Hasta el momento más de 700 personas permanecen presas, según datos compilados por agrupaciones independientes, pues la dictadura, como siempre, se niega a revelar las cifras de su represión.

El 11-J el pueblo fue claro. Multitudes hastiadas y eufóricas gritaron «Libertad», «Abajo la dictadura», «Abajo el comunismo», «Abajo los Castro», «Abajo Díaz-Canel», entre otras otras consignas, así como el título de la canción «Patria y Vida«. Algunos medios, por frágil repetición o conveniencia, han pretendiendo que lo que inspiró el estallido del 11-J fue dicha canción, y no el abismal hastío de la ciudadanía en medio de una de las peores crisis de la historia de la dictadura, acentuada por el aislamiento y ahogo económico de la Isla, no por una consciente decisión de la comunidad internacional de ponerle fin al régimen -lo cual podría haber sido su fin, o el principio del fin- sino por las restricciones que impuso el coronavirus.

A pesar de que el régimen cortó el flujo de Internet para evitar la divulgación de la represión a las protestas, cientos de videos mostraron la cruel naturaleza del sistema, no pocos evidenciando las palizas, disparos a la ciudadanía y hasta ejecuciones. El único asesinato de Estado reconocido por el régimen, hasta el momento, es el de Diubis Laurencio Tejeda, de 36 años, a quien un agente de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) le disparó por la espalda mientras el joven grababa la marcha en el barrio de La Güinera, en La Habana. Para intentar justificar el crimen, la seguridad del Estado le acusó de ser un delincuente. Según testimonios de personas presentes en el momento del asesinato y videos evento, el joven en ningún momento actuó de forma violenta. La bala que lo mató le atravesó un pulmón y se alojó en su corazón. Murió en el acto.

Desde dentro y fuera de Cuba, sobre todo en las redes sociales y en canales de YouTube, se mostró la arremetida gubernamental. Millones de personas se sensibilizaron con la causa cubana, al menos durante esos días. Pero desafortunadamente no todo fue positivo ni legítimo. Mientras el pueblo era reprimido no faltaron discursos demagógicos. Se lanzaron noticias falsas como la toma de la Unidad de la PNR en la Guinera y el secuestro del primer secretario del Partido Comunista en la provincia de Camagüey. Incluso hubo quien llegó a afirmar que los marines de Estados Unidos estaban en alerta, listos para socorrer al pueblo cubano. Nada más lejos de la verdad.

Hubo protestas de solidaridad con los manifestantes del 11-J en decenas de ciudades, sobre todo en Miami, donde viven millones de cubanos. También exiliados y allegados al dolor de los cubanos se juntaron en plazas de Latinoamérica y Europa. Pero ningún gobierno del llamado «mundo democrático» realizó una acción contundente en contra de la tiranía y en favor del pueblo oprimido. Agentes de la izquierda radical, como la congresista Alexandria Ocasio-Cortés, señalaron levemente el uso de la fuerza bruta por parte del castrismo, pero puso su mayor énfasis en la condena al «embargo económico» de los Estados Unidos a Cuba. Incluso desde la administración Biden-Harris se argumentó que el estallido social del 11-J fue motivado por el mal manejo de la pandemia del coronavirus por parte de las autoridades en la Isla. Otra jugada de repulsivo blanqueamiento.

En la primera mitad del 2021 el grupo San Isidro, sobre todo su líder, Luis Manuel Otero Alcántara, quien permanece preso en la cárcel de Guanajay, implementó acciones disidentes que se ganaron la opresión de la policía política. El artista performático fue arrestado varias veces, inclusive una madrugada fue asaltada su residencia y la policía política lo mantuvo detenido en un hospital. La televisión cubana lo mostró en varios reportajes conversando y paseando con el doctor y agente del régimen que le atendió durante su reclusión en el centro médico. Pocos meses después varios de los miembros y simpatizantes de San Isidro y del 27-N (jóvenes artistas que el 27 de noviembre de 2020 se concentraron para pedir reformas ante el Ministerio de Cultura castrista) marcharon al exilio.

A la sazón de los sucesos del 11-J otro grupo se robó el show mediático. Apenas nació Archipiélago los medios, incluso la televisión castrista, pareciera que olvidaron o al menos esquinaron a San Isidro para enfocarse en las propuestas, todas fallidas, de la plataforma Archipiélago y su líder o figura más mediática, el dramaturgo Yunior García Aguilera, quien fue vocero del llamamiento a manifestaciones, ya no espontáneas como el 11-J, sino planificadas con meses de antelación y de las cuales se les avisó, e incluso se les solicitó permiso, a la dictadura. La llamada Marcha por el Cambio primero sería el 20 de noviembre, luego el 15 (15-N). Pero no realizó ninguna marcha ni, en consecuencia, hubo ningún cambio. La campaña de terror mediático y militarización del país con miles de policías, fuerzas especiales y paramilitares, desangró la posibilidad real de una marcha nacional.

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La aventura de Archipiélago terminó cuando García Aguilera salió de manera furtiva hacia España, con el contubernio del Gobierno español y el visto bueno de la Seguridad del Estado de Cuba, abandonando a quienes había inspirado a marchar. No pocos de ellos terminaron presos. Entre ellos salta la vista el adolescente Reniel Rodríguez González, youtuber disidente al que la policía política apresó en uno de sus centros de castigo y adoctrinamiento, eufemísticamente llamados Escuelas de Formación Integral, y cuya madre, María Josefa González Mayé, fue obligada a comparecer en un video diciendo que el jovencito había sido tratado bien por sus represores. El chico, a quien le raparon la cabeza en el campo de concentración comunista, no apareció en el infame video.

Medios en el mundo y actores de la disidencia, sobre todo figuras en el exilio, trataron (como solía pregonar Fidel Castro) de convertir el revés del 15-N en victoria. Uno de los argumentos fue que sirvió para demostrar, una vez más, que en Cuba existe una dictadura. Menudo descubrimiento para el mundo. Pero más allá de los triunfalismos y frases hechas, el efecto de la marcha convocada por Archipiélago, definitivamente, atentó contra el histórico levantamiento espontáneo del 11 de julio. Tras García Aguilera, quien al llegar a España se declaró socialista, otros tomaron senderos similares. Nada nuevo. El arte de la fuga ha sido una constante en la historia de la disidencia cubana.

Poco a poco, como también ha ocurrido en otras épocas, han ido mermando las marchas fuera de Cuba en apoyo a los cubanos en la Isla, que viven una situación de represión y miseria terribles. En octubre pasado un centenar de madres y familiares de los detenidos y acusados por protestar pacíficamente el 11-J y en días sucesivos, enviaron una carta abierta a la alta jerarquía de la Iglesia Católica, pidiendo «su inmediata y formal intervención en aras de lograr la liberación de todos los cubanos que ejercieron el derecho fundamental a la libertad de expresión y manifestación pacíficas».

«No son pocos los cubanos que fueron violentamente arrestados a raíz del 11-J por ejercer el derecho elemental a la manifestación pacífica, que luego mantuvieron incomunicados durante semanas, que hoy permanecen arbitrariamente detenidos, que han sido golpeados y abusados, que han contraído el Covid-19 en las prisiones y que enfrentan un futuro incierto», dice la misiva, promovida por el grupo opositor Estado de Sats, que hasta hoy no ha tenido respuesta.

La autocracia comunista de La Habana, la Revolución cubana, el castrismo o el neocastrismo, como quiera llamársele, celebró este primero de enero otro aniversario. Arriban así al 63 cumpleaños de la represión, el asalto a la democracia, la persistencia del hambre, fusilamientos, presidio político, muerte a la separación e independencia de poderes, injerencia en gobiernos del área, desestabilización en toda la región, y éxodos masivos en los que han perdido la vida miles de ciudadanos, y que no dejan de enviar inevitables y sensibles (en total cifras millonarias) remesas a sus familiares, de las cuales se beneficia el castrismo.

Mariela Castro, hija de Raúl Castro y principal artífice de la imposición de la ideología de género y la Agenda 2030 en Cuba, envió un cínico mensaje este fin de año a los cubanos, donde les pide que “sigan resistiendo” en el 2022 para «avanzar» a lo que ella califica como el «proyecto sui géneris de transición socialista». Se trata del nuevo antifaz o travestismo con que se presenta la dictadura en tiempos de la Nueva Izquierda global.

Ante todo esto es imposible dejar de preguntarse cuánto más durará la triste situación de los cubanos. ¿Hasta cuándo el contubernio y la demagogia a nivel internacional, los falsos discursos de apoyo a la libertad, los silencios convenientes para con las multinacionales de España y otros países que negocian sin el menor reparo con el régimen, dándole la espalda al pueblo? ¿Ante la frustración, la miseria y la indefensión de los cubanos, y ante los ojos de todo el mundo, hasta cuándo seguirá arrasando, con total impunidad, la más antigua tiranía del Hemisferio?

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