El dictador de turno en Cuba, Miguel Díaz Canel debería releer la biografía de Fidel Castro del escritor Norberto Fuentes para entender lo que le puede pasar en este nuevo toque de tambores de guerra entre Rusia y Estados Unidos.

Nadie como Fuentes consigue relatar el vacío en el que dejaron los soviéticos a Fidel Castro en 1962 cuando decidieron negociar la crisis de los misiles con el gobierno de Kennedy y dejar al aspirante a guapetón del Caribe fuera de la mesa.

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Norberto describe a Fidel solo, parado en las arenas de una playa del este de La Habana, contemplando todas las trincheras, casamatas y defensas costeras que se entregó a construir en aquellos convulsos días.

En su frenesí por jugar al estadista mundial no fue capaz de percatarse de que solo era una ficha de cambio en el escenario de las grandes potencias. Ni un solo cohete le dejaron de recuerdo, se lo llevaron todo y a cambio, le entregaron una promesa de no invasión, que Fidel prefirió no creer.

El escenario actual y la amenaza de Vladimir Putin de enviar tropas rusas a Venezuela y Cuba parece más un argumento de desespero que una realidad estratégica. Rusia no es lo que fue la Unión Soviética, no tiene la capacidad económica ni militar de la potencia comunista y no se puede dar el lujo de mover brigadas de combate allende los mares cuando tiene un escenario militar real a punto de reventar en sus fronteras.

Quizás Moscú podría hacer una movida menor y en vez de tropas, mandar algunos armamentos de tercera generación a ambos países, pero sería también un riesgo para el control ruso sobre estos equipos. En especial en Venezuela, donde la corrupción y el desorden pudieran desembocar en cualquier momento en un conato político o social y las armas nuevas quedarían a merced de cualquier bando, incluido el Cartel de los Soles.

En el caos de Cuba, el régimen no se ha pronunciado por el momento, y no creo que se deba a una estrategia o a una intención calculada. De seguro, Diaz Canel está esperando a que Raúl Castro regrese de su retiro en Santiago de Cuba y le diga qué tiene que hacer.

Pero Raúl Castro sabe bien que su régimen depende más de una apertura con Estados Unidos que de una promesa a largo plazo con su antiguo aliado ruso.

Regresar a la línea de la guerra fría y evocar el juego de poder de 1962 no puede traer ninguna ventaja a la depauperada economía del régimen y al reducido ejército cubano que más que un enemigo extranjero ahora se enfrenta al descontento interno, una oposición generalizada contra la que armas de tercera generación, no resuelven nada. Más que cohetes nucleares, el régimen cubano necesita porras y esposas desechables.

También cabe la posibilidad de que por lo tempestuoso del anuncio, los regímenes de Venezuela y Cuba no hayan sido advertidos de la naturaleza de la amenaza que los incluye. Esto volvería a dejarlos como fichas desechables en un juego de países del primer nivel, una figura de títeres que con mucho esfuerzo ha intentado borrar el régimen cubano en los últimos 60 años.

Es evidente también que ahora mismo no existe la capacidad de movilización popular que el régimen cubano disfrutaba en 1962 y que al llamamiento a las trincheras solo acudirán unos cuantos y de mala gana, obligados en su mayoría.

Y que el “Juego de Tronos” a que se encuentran entregados en el ejercicio de sucesión, ha dejado descabezado el rol de líder supremo del régimen con el que se pueda negociar.

Cuba necesita ahora mismo dólares, petróleo, comida y turistas. no cohetes, y mucho menos si, como en 1962, los cohetes vienen con sus dotaciones rusas; que no dejan a los cubanos ni siquiera tocar un botón.

En medio de esta crisis, cuando Raúl Castro viaje de su cuasi retiro en Santiago de Cuba a la Habana debe hacer una escala en el litoral norte de la capital, donde aún se pueden ver los restos de aquellas trincheras, de aquel aquelarre que montaron y que no les condujo a nada. También debe recordar que al final se vieron obligados a viajar a Moscú a perdonar a Nikita y abrazarlo a cambio de más petróleo, un néctar negro que Putin ya no les puede rebajar ni garantizar.

Ante de amagar con desenterrar el hacha de la guerra, Raúl Castro debe releer el dictum del libro de Calos Marx “El 18 brumario de Luis Bonaparte”, donde el filósofo alemán nos asegura que la historia siempre se repite dos veces, una en tragedia, la otra en comedia. Esta sin dudas será la farsa mayor de su paupérrimo legado.

Eso sí, Raúl se tiene que pronunciar y no hay forma de salir dignamente de este rollo en que lo han metido los rusos, justo cuando todo el buró político cubano ensaya en coro el cántico de “Biden comeback”.

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