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LA HABANA.- De lejos parecen fantasmas. Luego de que el camión descarga los desechos de una industria de alimentos en el vertedero de la Calle 100, al sureste de La Habana, como una tribu de cazadores decenas de hombres con pinta de zombis, hurgan entre la inmundicia, intentando reciclar cualquier cosa que el Estado certificó de inservible.

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Pasada las siete de la noche van llegando los 'buzos' al vertedero. Así se les conoce en el argot popular. También les llaman 'leones'. Son hombres o mujeres que huyen de la pobreza en las provincias orientales y viven de lo que se cae del camión. Uno de ellos dice llamarse Jústiz y vive en el círculo vicioso del alcohol. Su alimentación consiste en un poco de arroz congrí y dos croquetas de 'averigua' (a base de harina de trigo sazonada).

Tiene la piel amarillenta típica, los brazos delgados y el rostro hinchado. Necesita con urgencia un baño con agua y jabón. Cuando habla, le sale el aliento del último trago de ron peleón, una combinación de alcohol doméstico filtrado con carbón industrial. El trago habitual de los pobres entre los más pobres en Cuba.

Con una camisa sucia de mangas largas, pantalón repleto de parches y el pelo largo que pide a gritos un barbero, Jústiz explica por qué hurgar entre la basura y el desperdicio puede ser un buen negocio.

"Quizás la gente no lo sepa, pero la basura es tremendo negocio en los países capitalistas. Hay tipos que se hacen millonarios. El gobierno no sabe el bisne que se está perdiendo", cuenta, mientras con un guante improvisado introduce su mano entre vísceras de cerdos que llegan del matadero.

"Aquí a veces vienen pollos completos y trozos de lomos enteros de puerco. También computadoras que funcionan y un montón de cosas que luego uno vende y le saca plata. Pero tienes que cuidarte de la policía, que a cada rato hace rondas y nos multa. Por lo demás, es un negocio que da para vivir", afirma Jústiz.

Cada buzo tiene repartida su zona. A ratos hay peleas. "Cojones, ya te he dicho que el área de los desechos electrónicos es mía, la tuya es la de textiles", grita un negro delgado a un señor encorvado con una carretilla.

Esta tropa de personas que comen caliente una vez al día, residen en covachas armadas en una noche en cualquier sitio de las afueras de la capital. Por lo general no tienen permiso para vivir en la ciudad. Son emigrantes ilegales en su propia patria. El decreto 217, vigente desde 1997, les permite a las autoridades expulsarlos de La Habana.

Pero una y otra vez regresan. Aunque no hay estadísticas, según Carlos, sociólogo, la mitad de los dos millones de residentes en La Habana nacieron en otras provincias. "Tal vez el número sea superior. A los que viven sin papeles ni libreta de racionamiento, unos cuantos miles en la capital, se les dificulta conseguir un empleo de manera legal. La mayoría trabaja por la izquierda en negocios privados, sobre todo como bicitaxistas, recolectando materias primas, en la construcción o recogiendo basura en contenedores en las calles y vertederos como el de la Calle 100".

La realidad

Aunque las autoridades, que el 16 de noviembre celebraron el 498 aniversario de La Habana y preparan festejos para su 500 cumpleaños, intentan promocionar la ciudad como un modelo funcional, la realidad dista bastante de la propaganda.

En la geografía habanera existen trozos de postales turísticas diseñadas para selfies y fotos de extranjeros despistados. Por estos días, la zona antigua de La Habana, remozada gracias al trabajo del historiador de la ciudad Eusebio Leal, es puro ajetreo. Una exposición de arte cuelga a la entrada del Museo de Armas. Con premura pintan de amarillo subido de tono una edificación a punto de inaugurarse, cercana a la bahía.

En El Templete, donde miles de habaneros en la noche del 15 al 16 de noviembre dieron tres vueltas a una ceiba recién plantada, depositaron monedas y pidieron en silencios sus deseos, fue ampliado y remozado.

Justo frente al Parque Central, destaca el bello hotel Manzana Kempiski. Al Capitolio, con su cúpula dorada, le dan los toques finales que lo convertirán en sede del Parlamento Nacional. El antiguo Teatro García Lorca fue rescatado de la desidia. Al Paseo del Prado le lavaron la cara. En la Habana Vieja se construyen tres hoteles y se reparan casonas que amenaban con derrumbarse. Reparaciones puntuales, destinadas a hacerse con el dinero de los turistas.

A pocos metros de esta postal habanera se localiza la otra Habana. La de la gente haciendo colas o sentada en las esquinas mirando el tiempo pasar. De las mujeres tendiendo ropa en los balcones o baldeando en las aceras. De los hombres discutiendo de pelota o jugando dominó. De los jóvenes pateando un balón de fútbol o escuchando reguetón.

Estos barrios céntricos de la capital son cuna de la prostitución y del mercado negro. Vendedores de cualquier cosa, cartománticos y pícaros de ocasión. Sitios donde viven alquilados infinidad de orientales que sobreviven hurgando en la basura, vendiendo hortalizas y frutas en una carretilla o pedaleando doce horas en bicitaxis artesanales.

Un refrán local dice que La Habana es El Vedado, Habana Vieja o Miramar, el resto son áreas verdes. Bueno, no tanto. A pesar del descuido estatal, existen repartos hermosos como Fontanar, Casino Deportivo y Víbora Park. Y avenidas vistosas como Santa Catalina, cuyos flamboyanes en la primavera regalan flores rojas y anaranjadas.

La Habana, por arquitectura y trazado urbanístico, estuvo entre las tres mejores ciudades de América. Probablemente solo Buenos Aires o Río de Janeiro le hacían competencia.

Servicio caótico y deficiente

Lourdes, maestra jubilada, recuerda que "aquella Habana era una tacita de oro. Había barrios pobres, pero funcionaba el abastecimiento de agua y la recogida de la basura. Y la gente se preocupaba por pintar las fachadas de sus casas. Solo había dos barrios insalubres, Las Yaguas y Llega y Pon, ahora hay más de setenta".

La Habana actual tiene un servicio de transporte urbano caótico. Deficiente distribución del agua. Cientos de edificios ruinosos que por milagro de la física se resisten a desplomarse. Miles de familias con tres generaciones diferentes viven hacinados en precarias viviendas.

Son insuficientes los baños públicos y las papeleras en calles y parques. Muchos habaneros tiran los desechos en la vía pública y orinan en cualquier recodo. El servicio de limpieza callejera prácticamente ha desaparecido. Y la mayoría de las construcciones erigidas por la revolución de Fidel Castro son un premio al mal gusto y la vulgaridad.

Pero lo peor son las decenas de asentamientos ilegales o 'favelas' que han ido surgiendo en los alrededores de La Habana y el ejército de personas que sobreviven hurgando en la basura. Como Jústiz, el buzo del vertedero de la Calle 100.

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