LA HABANA.- Temprano en la mañana, luego del minucioso recuento realizado por un guardia de prisiones y después del magro desayuno a base de un brebaje caliente y un trozo de pan con olor a viejo, los reclusos se alistan para salir trabajar.

Todo es ajetreo en la cárcel de máxima seguridad conocida como Combinado del Este en las afueras de La Habana. Un conjunto de tres edificios de cuatro pisos utilizados como penitenciaría con un pequeño hospital anexo, un campo de béisbol, pista de atletismo y varias canchas de cemento donde se juega voleibol o baloncesto.

La prisión, según un recluta que hace guardia en el perímetro, fue concebida para 3.000 reos y está considerada la mayor cárcel de Cuba. "Aunque siempre hay 400 o 500 reclusos por encima de su capacidad original. Casi todos trabajan en dependencias que tiene el propio Combinado, como panadería, cocina, enfermería, carpintería, taller de mecánica y otros chinchales que ha montado el MININT (Ministerio del Interior) para aprovechar la mano de obra barata de los presos".

Manuel, un mulato que roza los dos metros y alguna vez fue considerado una promesa del baloncesto cubano, tiene en las prisiones su segunda casa. Por delitos que van desde el ‘carterismo’ [robo de billeteras], hasta masturbarse en la vía pública, en unas nueve ocasiones, ha estado detrás las rejas. "Mis sanciones siempre son de un año a dos. Pero siempre salgo a mitad de condena o cuando llevo cumplido un tercio de la misma, porque trabajo como un animal y eso me sirve de estímulo pa'salir del tanque antes de cumplir la sanción", asegura en una llamada telefónica, desde el Combinado del Este.

Manuel conoce el mapa penitenciario de Cuba como pocos. “Entre reclusorios y prisiones de máxima seguridad he pasado por quince dependencias, entre ellas Taco-Taco, en Pinar del Río; Agüica, en Matanzas; Canaleta, en Ciego de Ávila y Boniato, en Santiago de Cuba. En todas las provincias hay de ocho a nueve cárceles o granjas de trabajo para presos. En los últimos 30 años, además de trabajar en la construcción de obras sociales, dependencias militares o señalizar las calles, a los presos comunes también nos utilizan en la elaboración de muebles de calidad para la exportación y el turismo, el corte de caña, la siembra de vianda y la limpieza del marabú que luego se destina a la confección de carbón vegetal y el Gobierno exporta a Estados Unidos y otros países".

Se calcula que en la Isla existen alrededor de 200 prisiones. Cuba es la sexta nación del planeta con reclusos per cápita. Hace cinco años, el régimen verde olivo reconoció que la población penal rondaba los 57.000 reclusos, aunque la disidencia interna afirma que la cifra puede superar los 70.000.

Las cárceles cubanas son rigurosas. El maltrato corporal y los abusos de guardias penitenciarios resultan habituales. Los suicidios, mutilaciones y enajenaciones dentro de las prisiones forman parte de una estadística secreta que las autoridades del MININT manejan con pinzas. Compañías internacionales de prestigio, como la sueca Ikea, ha sido acusada de complicidad con el castrismo, por utilizar trabajo esclavo de los presos cubanos.

En la década de 1980, Liván estuvo cinco años preso por intento de salida ilegal del país. En su peregrinaje por centros penitenciarios, laboró en un almacén de transporte del MININT en la barriada de Lawton, a 30 minutos del centro de La Habana. "El MININT es el principal beneficiado de la mano de obra barata de los presos. Sin apenas protección, en el Taller Uno, trabajé en una línea de montaje de autos con carrocerías plásticas y motores alemanes VW, también en una tapicería donde se barnizaban muebles finos. Años después supe que eran de Ikea. Nunca me pagaron un centavo".

Mildrey estuvo siete años en la cárcel para mujeres conocida como Manto Negro, al oeste de la capital, acusada de prostitución y proxenetismo con menores de edad. "Allí hay una factoría donde confeccionan ‘pitusas’ (jeans) y zapatos que después venden en las tiendas por divisas. Yo trabajaba en la máquina que ponía la tela o el cuero con el nombre de la marca. Nunca supe si esas marcas autorizaban al Gobierno o eran fabricaciones piratas".

Miles de reclusos trabajan en la construcción y producción de alimentos. "Otros en oficios que nadie quiere hacer, limpiando calles, abriendo fosas o cortando marabú", dice Evelio, quien cumple una sanción de dos años, fregando ómnibus urbanos.

Negocios militares como PROVARI (Empresa de Producciones Varias) están a la cabeza en explotación laboral y mano de obra cautiva. Tres años atrás, durante su participación en la XXXIII Feria Internacional de La Habana, PROVARI resaltaba sus planes vinculados con el carbón vegetal, aerosoles y artículos desechables. "Perteneciente al sistema empresarial del Ministerio del Interior, la entidad también promueve negocios para la producción de botas de PVC, altamente demandadas en la hotelería", publicaba Radio Cadena Agramonte el 20 de noviembre de 2015.

En esa información, Lázaro Aguilera, especialista comercial de PROVARI, declaraba que "el empresariado extranjero ha tenido especial interés en los proyectos, iniciados en 2009, de producción de carbón de marabú, cien por ciento natural y de gran calidad". Igualmente se conocía que otras de las líneas necesitadas de inversión foránea, para modernizar sus tecnologías, eran las relacionadas con los aerosoles, comercializados en la red de tiendas minoristas, bien como ambientadores, limpia carburadores, aflojadores, repelentes, e insecticidas contra garrapatas y piojos.

En 2015, PROVARI tenía 17 unidades empresariales diseminadas por toda la Isla y se enfocaba principalmente en el mercado cubano. "Además de contribuir a la creación de empleo en la población penal, sus 120 renglones responden a los programas de carbón vegetal, desarme de vehículos y producciones varias, entre las que se destacan materiales para la construcción, pinturas, textiles, recipientes plásticos, colchones de espuma y mobiliario de madera y metal".

Para Saúl, ex recluso, “lo más preocupante es que se trabaja sin ropa adecuada para elaborar sustancias químicas. Los presos no tienen muchas opciones ni un representante legal con quien quejarse y demandar al Gobierno”. Y aclara que la mayoría de los reclusos laboran de manera voluntaria, porque “es una forma de coger un aire, comer mejor y escapar de los abusos de los guardias dentro de las prisiones cerradas”.

Manuel confiesa que “trabaja más de doce horas diarias en un taller de mecánica donde se reparan autos de oficiales del MININT y las FAR (fuerzas armadas). Nos pagan una miseria, de 200 a 300 pesos al mes (de 10 a 15 dólares) y de ese dinero nos descuentan el aseo, las colchas y sábanas que nos dan. El único estímulo es que nos dan pase un fin de semana al mes y la alimentación es mejor. Pero nos sacan las tiras del pellejo”.

Hasta después de cumplir su sanción, un preso común en Cuba tiene limitaciones para acceder a buenos trabajos y permanecen bajo un control de la oficina del jefe de sector de la Policía de la zona donde viven porque los consideran presuntos delincuentes.

Según un funcionario de prisiones ahora jubilado, “la reincidencia en las cárceles cubanas es altísima. Más del 30% de los reclusos regresan a la prisión. Si el trabajo de reeducación es malo, la posterior reinserción en la sociedad es peor. Haber estado preso en Cuba te marca de por vida”.

Los que más sufren las duras condiciones de las cárceles en la Isla son los negros y mestizos. De acuerdo con las estadísticas oficiales, el 88% de la población penal pertenecen a esas razas, suelen cometer los delitos más reprobables y siempre terminan regresando a la prisión. Como es el caso del mulato Manuel.

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