MIAMI.- Era el año 1957 y José Antonio Echeverría estaba en la casa de mi abuelo paterno, Mario Rafael Delgado Comas, en el Vedado, que tenía una consulta especializada en vías digestivas. Mi abuelo había sido el tesorero de la Joven Cuba –liderada por Antonio Guiteras Holmes– y su casa, posteriormente, se convirtió en un centro de reunión visitado por Echeverría y otros jóvenes en la clandestinidad, cuando aún no estaba “quemada” [descubierta] ni había sido delatada por los llamados 33-33, o chivatos.

Los jóvenes estaban en el portal de la casa de mi abuelo, en la calle 4, entre 15 y 17, y cuando entraban al despacho a Echeverría se les cayó una pistola calibre 45, que a su vez soltó el cargador, del cual salieron dispersas las balas.

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Así lo cuenta mi padre, que desde su inocencia infantil se agachó a recoger aquellas balas como si fueran de juguete y a esconderlas en sus bolsillos. “Muchacho, deja eso”, le dijeron. De ese modo recuerda a ‘Manzanita’, como un joven amigo de mi abuelo que siempre hablaba en voz baja y miraba hacia atrás, como si le debiera algo a su sombra.

En mi casa conservo un tesoro que pude traer a Miami y que ha estado en la familia por muchos años: una taza ribeteada en oro con el escudo de Cuba, que pertenecía al Palacio Presidencial y mi abuelo Mario se llevó en los años 50 como una especie de souvenir tras un evento en ese lugar.

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Abuelo Mario Delgado Comas, 1963.
Abuelo Mario Delgado Comas, 1963.

Un objeto que podría parecer tan simple guarda para mí un enorme valor. En esa pequeña taza de café veo un capítulo de la Historia de Cuba que debería ser más conocido por los jóvenes: el de José Antonio Echeverría.

Revisitar la Historia de Cuba ahora, de este lado del mar, confirma esa pasión que siempre tuve por el pasado de mi isla. Aun cuando vivía en un sistema que quería contar su propia versión, encontré en buenos amigos de la tercera edad pequeños trozos de una memoria silenciada o poco abordada en los libros y discursos oficiales.

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Una caja de balas que pertenecía a mi abuelo, regalo del doctor Ricardo Machín.
Una caja de balas que pertenecía a mi abuelo, regalo del doctor Ricardo Machín.

En particular la vida de José Antonio Echeverría (Cárdenas, Matanzas, 1932) siempre me ha inspirado, en tanto refleja ese ímpetu juvenil que defiende la justicia a toda costa. Recuerdo que cuando estudiaba en el Preuniversitario Raúl Cepero Bonilla, de la Víbora, intenté hacer un documental sobre el pasado de ese centro, antiguo colegio Champagnat, de los Hermanos Maristas. Así descubrí que ‘Manzanita’ había cursado estudios en un colegio de ese tipo.

José Antonio Echeverría es uno de los primeros nombres que están en mi historia personal de Cuba, la que el adoctrinamiento no me pudo arrebatar, la que me fui construyendo con los años y la que llevo a todas partes, como una patria portátil. Profundo martiano, defensor de la Constitución de 1940, admirador de la gesta de Julio Antonio Mella, no solo levantó su voz en Cuba, sino que fue a luchar por la restauración de la democracia en Costa Rica, amenazada por Somoza.

José Antonio entregó su vida y nos dejó marcas indelebles. Nació en una dictadura (Gerardo Machado), murió en otra (Fulgencio Batista), y le siguió otra más larga (Fidel Castro). Solo vivió 24 años, pero bastaron para que su impronta sirviera de ejemplo en la actualidad. Y digo actualidad con la certeza de que sus acciones son inspiradoras para el joven de hoy, el estudiante de hoy, para mí. La lucha de los años 50 no solo se centra en Castro, un dictador que siguió la línea del comunismo y retorció los caminos soñados por jóvenes como Echeverría.

La prisión, las golpizas y las amenazas no detuvieron al estudiante de Arquitectura. Era joven, quería comerse el mundo, buscaba la democracia, pero la muerte se le atravesó en el camino. Era un líder. Le nacía naturalmente, su instinto rebelde era vocación, no veía otros derroteros su juventud. Y supo llevar al movimiento estudiantil de entonces ese ímpetu que se desbordaba en cada discurso, en cada plan de acción y, siempre, sobre todas las cosas, en cada sueño de libertad.

Aún recuerdo cómo lo presentaban en Cuba mis profesores de Historia, los libros que permitía el régimen, los medios. José Antonio era, según su versión, un joven revolucionario que apoyaba a Fidel. Como han hecho con José Martí, Félix Varela y otras voces brillantes que ha parido la isla de Cuba, tergiversaron su historia, dejando una figura que, por la manera en que lo presentan, se parece a otros mártires, se queda en una simple herramienta del régimen para uso político y propagandístico. Pero José Antonio fue mucho más.

Apenas mencionaban en Cuba, por ejemplo, la filiación católica de ‘Manzanita’, esa fe profunda que le llevó a comulgar hasta el propio día de su muerte. Vale resaltar también su brillo como líder –fue elegido varias veces por mayoría para presidir la Federación Estudiantil Universitaria– algo que quizás al ego de Castro no le agradaba.

Desde enero de 1957, Manzanita, al frente del Directorio Revolucionario, comenzó a preparar varias acciones para acabar con el dictador Fulgencio Batista. José Antonio estuvo al frente del grupo que tomó la emisora Radio Reloj –con la intención de dar a conocer la noticia de la muerte del tirano–, mientras que otro grupo se dirigió al Palacio Presidencial –lugar donde ajusticiarían a Batista–. Como si hubiese elegido su epitafio de lucha, Manzanita fijó para el 13 de marzo, Día del Arquitecto Cubano, el asalto al Palacio Presidencial. La fecha, que se conmemoraba desde 1933, tomó un giro más simbólico con la muerte de este estudiante de Arquitectura.

El plan se frustró, ese tiro de gracia al tirano Batista que Echeverría anunció en la radio no llegó a concretarse, pero la sangre dejó una señal indeleble de rebeldía ante la dictadura. Al salir de la emisora, como había planeado, se dirigía a la Universidad de La Habana para tomar el lugar cuando un auto de la policía lo interceptó. Murió como los héroes, a pecho abierto, sin rendirse, disparando de vuelta hasta que el cuerpo –que no la mente– cayó vencido.

¿Qué habría sido de Cuba si el plan hubiera funcionado? Quizás la dinastía de los Castro no hubiera sumido a la isla en un calvario de seis décadas. La Cuba del siglo XXI necesita un José Antonio Echeverría.

Bibliografía y fuentes

- Videos, testimonios, textos de J. A. Echeverría.

- Fernández León, Julio. José Antonio Echeverría: vigencia y presencia: ante el cincuenta aniversario de su holocausto. Miami, Ediciones Universal, 2007.

- Berdayes García, Hilda Natalia. Papeles del Presidente. Documentos y discursos de José Antonio Echeverría Bianchi. La Habana, Casa Editora Abril, 2006.

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