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LA HABANA.- Natalia, 88 años y cuatro décadas como pedagoga, todavía recuerda los pormenores que antecedían al inicio de un nuevo curso escolar en Cuba.

“Fui maestra antes y después de la revolución. Me gradué en la Escuela Normal de Maestros de La Habana, en San Joaquín y Amenidad, [municipio] Cerro. Impartí clases en varias escuelas públicas habaneras. Entonces, el magisterio contaba con profesores de calibre. Como todo en la vida, lo principal era tener vocación. En 1961 fui maestra de alfabetizadores, después volví a las aulas y terminé la carrera de pedagogía. Es cierto que la educación se masificó, pero también se politizó la enseñanza. Tenías que promover de grado al ciento por ciento de los alumnos simplemente por interés del Gobierno. Eso trajo consigo el fraude académico a gran escala. Aquellas aguas trajeron estos lodos. Ahora nadie quiere ser maestro. Ya no es un orgullo para la sociedad ser educador. Un plomero o un carretillero que vende frutas y vegetales gana cinco veces más que un profesor de [escuela] primaria o secundaria”.

Después de tres años pintando uñas, vendiendo ropas traídas por “mulas” desde Panamá o México y viendo culebrones brasileños toda la madrugada, Yazmín, 25 años, graduada de técnico medio en comunicaciones, apremiada por sus progenitores, para que tuviera un futuro laboral, pasó un curso exprés de magisterio y diez meses después comenzó a dar clases en una escuela primara del municipio Diez de Octubre, en el sur de La Habana.

“Ganaba un salario de 463 pesos. Si cumplía algunos requisitos podía llegar a 500 pesos (equivalente a 21 dólares) que ni siquiera me alcanzaba para arreglarme el pelo. A eso súmale que tenía que soportar a decenas de muchachos majaderos, mal educados e indisciplinados. Y con padres que cuando regañabas a su hijo, te ofendían o agredían. Y un buen día decidí que no valía la pena tanto sacrificio por tan poco dinero. Ahora trabajo de mesera en una paladar [restaurante privado], me pagan 10 chavitos (cuc) diarios, más la propina. Trabajo un día sí y otro no y al final de mes gano entre 150 y 250 cuc. En este país, la peor profesión es el magisterio”.

Maestro es un vocablo devaluado en Cuba. La ministra de Educación, Ena Elsa Velázquez hace su mayor esfuerzo. Recorre escuelas en todas las provincias, habla sobre numerosas iniciativas estatales e intenta darle un vuelco de calidad a la enseñanza primaria, secundaria y preuniversitaria.

Todos los años, a la carrera maquillan con una mano de pintura barata cientos de escuelas de los diferentes niveles de enseñanza existentes en la Isla. Pero el optimismo de la ministra no es suficiente. La autocracia verde olivo no quiere hablar del problema mayor que provoca el bajón cualitativo en la enseñanza cubana: los bajos salarios.

El sueldo de un militar es el doble del de un maestro. Además, recibe beneficios alimenticios del Estado y en sus vacaciones pueden rentar a precios razonables cabañas en centros turísticos exclusivos de las Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior. Los maestros no. Pregúntenle a René, quien optó por el magisterio para evadir el Servicio Militar, sobre las penurias materiales que sufren los maestros y conocerá de primera mano alguno de sus múltiples problemas.

Escuchémoslo. “La principal dificultad, sin duda, es el bajo salario. Con 500 pesos no se vive en Cuba. Ese dinero se va en comprar vegetales en el agro. Pero no es el único inconveniente. La base material de estudio está desfasada, igual que los laboratorios y salas de computación. Las computadoras son viejísimas y la mayoría están rotas, como los televisores instalados durante la ofensiva a la educación que propulsó Fidel. En las escuelas, desde la primaria al preuniversitario, no hay internet, solo en las universidades. Internet no es un lujo en la educación. Es una herramienta fundamental”, apunta René y añade:

“A la poca calificación de la mayoría de los maestros, se debe añadir la “chusmería” y malos modales de un sector importante de los alumnos. La enseñanza se ha degradado hasta el punto que no pocos profesores cobran por dar repasos a sus propios alumnos. El fraude académico es habitual. Las condiciones de vida de los educadores de provincia que son trasladados a la capital para suplir la escasez de maestros son penosas. Viven en albergues que parecen solares y no es extraño verlos pidiendo favores. Algunos padres les recargan el teléfono o les llevan comida. Hoy el magisterio en Cuba roza la indigencia, por eso lo dejé”, dice René, reconvertido en taxista particular.

Según la ministra Ena Elsa Velázquez, para el curso escolar 2018-2019, el déficit de maestros ronda los 10.000. Solo Guantánamo, Granma, Santiago de Cuba, Las Tunas y Pinar del Río tienen una situación más favorable.

Desde mediados de los años 90, con la agudización del Período Especial, la enseñanza en Cuba ha retrocedido cualitativamente. Siempre, en cada nuevo curso, faltan maestros. En 2017 el déficit fue aún mayor: 16.000.

En los últimos 18 años han cerrado 1.803 escuelas, de acuerdo con cifras oficiales. Y los gastos en Educación, que representaban el 14,1% del PIB en 2008, cayeron al 9% el año pasado, señala Carmelo Mesa-Lago, prestigioso economista cubano residente en Estados Unidos.

“Este desastre en materia educacional ya está impactando en la formación de las futuras generaciones de profesionales, quienes no estarán a la altura de los nuevos tiempos”, considera Natalia, la maestra jubilada de 88 años.

A Cuba le va quedando el menudo. Un porcentaje notable de los mejores intelectuales, no labora en sus profesiones o prefiere emigrar. Y lo que es peor, los encargados de formar a las nuevas generaciones, o no tienen la calidad requerida, o desertan de sus puestos en la educación en busca de mejores salarios. Sin buenos maestros no puede haber país.

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